Siento que opinar de un Papa, ya de por sí es un acto de soberbia. Más aún opinar de quien hasta hace unos días era el curita Bergoglio, a quien pude conocer mediante otro curita querido para los jesuitas mendocinos, como era el Padre Brusa, mi primer profesor de lectura en el Colegio San Luis Gonzaga, donde fui un pupilo (salía de allí una vez cada dos semanas), fui un niño feliz y aprendí con alegría.
Por lo tanto, no puedo ser objetivo, aunque lo intentaré.
Vivimos con la ansiedad de que ciertas cosas acaben para ver el comienzo de otras pero, pese a las apariencias, la vida es una continuidad permanente, en la que a veces ocurren sucesos excepcionales, como en este caso un Papa latinoamericano; pero deja de ser un hecho excepcional, si entendemos que América Latina resulta hoy para el mundo un mapa particular, donde hay caminos que hacen posible transformar el desánimo en esperanza, la indiferencia en compromiso, y la superficialidad en conciencia. Caminos cuyo motivo y sustento es el ser humano.
La fe es un don que el Papa Francisco deberá volver practicable, en una Iglesia con la cual a veces su propia doctrina no parece estar de acuerdo. Siendo jesuita, no será sumiso. Con ese punto de partida, puede dejar atrás las cuestiones feudales para avanzar bajo el lema ignaciano ("En todo, amar, y servir"), y poner en práctica la reforma pedida por el Concilio Vaticano II. La Iglesia debe y puede ser el espejo capaz de reflejar la luz de Cristo, no creerse ella la luz misma ni los sacerdotes sus dueños omnipotentes porque eso ensució al espejo y ahora hay que limpiarlo.
Ya de por sí, el nombre elegido por Bergoglio, Francisco, es un nombre cuya referencia deja un doble mensaje: por un lado, el interés por los pobres (pobres en todo sentido: desamparados, excluidos, desilusionados); por otro lado, el interés por evangelizar (mediante una iglesia cercana a la realidad contemporánea, atenta a los conflictos sociales, promotora de justicia para las víctimas de su ausencia). El Papa Francisco tiene la posibilidad, y la obligación, de sacar la Iglesia a la calle.
La esperanza es básicamente un fenómeno moral. Entonces, ¿por qué no entregarnos a ella, claro está, con los ojos bien abiertos, y de manera responsablemente activa? No es casual que el Papa haya dicho (con la irónica riqueza metafórica que caracterizaba a Bergoglio): "Me fueron a buscar al fin del mundo". Entonces los creyentes deberán hacer mucho más que sólo rezar por él, porque en el fondo cada uno es una iglesia en sí mismo.