Rachmaninov, el enigmático pianista surgido de la Casa Usher - Por Fabián Galdi
Este gran referente de la cultura musical rusa, de manos gigantes y 1,98 m de altura, se asemejó a un personaje propio de la pluma de Poe,
Rachmaninov, el enigmático pianista surgido de la Casa Usher - Por Fabián Galdi
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Todas las Rusia que hay en Rusia se despliegan como las capas de una cebolla, en un movimiento continuo. Un territorio signado por acontecimientos revulsivos que lo convirtieron en una referencia clave en cada época. La conjunción de ese cruce entre historias de zares imperiales, revolucionarios provenientes del proletariado, combatientes en sendas guerras mundiales del siglo pasado y protagonistas de un guerra fría que fue decantando - casi cincuenta años después - en el desmembramiento del bloque del Este. Desde allí en más, la sucesión de hechos determinantes: la perestroika, la glásnot, Gorbachov, los capitales esparcidos por el mundo, los conflictos regionales hasta la aparición de Vladimir Putin como emperador sin corona pero propietario indiscutido de la suma del poder. Todos los todo que hay en un todo, valga la expresión.
Serguei Rachmaninov es un producto de esa amalgama de tensiones internas, propias del tiempo que le tocó vivir. Un artista que, cual si fuera una metáfora de su lugar de origen, transitó por etapas cuya alternancia parecía regida por el efecto de las marejadas de invierno. De la irrupción al desencanto, de la angustia al resurgimiento, de la depresión a la resurrección y del estado inerte al reconcimiento masivo fueron las fases que transitó en sus setenta años de vida (1873-1943).
Tal como si se mimetizara con Roderick Usher, el memorable personaje que supo crear la genialidad de Edgar Allan Poe, las asimetrías proporcionales del aspecto físico tiñeron su existencia del implacable juicio de la mirada del otro.
Por un lado, al dueño de la misteriosa casa se lo pinta como afectado por un trastorno mental grave que lo oprime y que se manifiesta en síntomas tales como: una agitación nerviosa excesiva, una tez de tipo cadavérica y una expresión similar - tal como describe el escritor estadounidense - a la de "un borracho perdido o un incorregible fumador de opio", todo englobado en una premonición de tipo personal que lo hacía aborrecer de una decantación en el efecto del terror.
Por el otro, el pianista - considerado por los especialistas como un ícono de la era romántica - sobresalía por el tamaño desmesurado de sus manos, al punto de que éstas podían abarcar 30 centímetros entre el dedo meñique y el pulgar, además de su estatura de 1,98 m. Unas características que lo colocaban en un lugar incómodo ante los comentarios de todo tipo generados en el ambiente artístico del momento. No pocos biógrafos consideran que ésta alta exposición pública conspiró contra él mismo cuando la crítica literalmente destrozó sus primeras composiciones orquestales, a las cuales calificó despectiva y socarronamente.
A la trayectoria de Rachmaninov no le faltó cercanía con talentos extremos de la creación musical. Fue alumno del húngaro Frank Liszt, por ejemplo, y ya en pleno desarrollo de su carrera encontró un apoyo fundamental en Pietr Tchaikovsky, a quien le dedicó su "Trio elegiaque". Se le destacaba, inclusive, una facilidad asombrosa para tocar composiciones de alta complejidad y con sólo haberlas escuchado una vez.
Ya el primer indicio de sus enigmáticas creaciones se dio con el Preludio en Do sostenido menor (1892), perteneciente a sus Cinco canciones de fantasía Opus 3. La pieza comienza con una melodía de carácter lúgubre y se la conoció popularmente como "El incendio de Moscú", "El día del juicio final" o "Las campanas de Moscú". Curiosamente, el propio autor terminó rechazando a esta creación porque otras de su autoría no tuvieron la misma repercusión debido a su complejidad. Entre éstas se hallan los Estudios para piano Opus 39, de los cuales el nro. 6 - el más difícil - fue inspirado en "Caperucita y el lobo", en una divulgación que produjo más de una sorpresa en la crítica.
Su golpe más duro, quizá también por lo inesperado, ocurrió tras el estreno de su Sinfonía nro. 1 (1897), cuando ésta fue recibida con frialdad y resultó desautorizada por los críticos más prestigiosos en las cercanías de fin del siglo XIX. Su psiquis le jugó en contra y fue tal su grado depresivo que decidió dejar de componer sin fecha de regreso. Aceptó, finalmente, el consejo de sus más cercanos - entre ellos su compañera, Natalia -para iniciar un tratamiento psicológico a partir de la auto hipnosis y así fue recuperando la confianza en sí mismo. Tal fue el impacto positivo, que terminó componiendo el Concierto nro.2 para piano y orquesta, el cual fue dedicado a su psicólogo, Nikolai Dahl.
Tras esa recomposición de su salud mental, fue elegido director del Teatro Bolshoi pero dos años después de asumir presentó la renuncia en 1906 por cuestiones políticas. Desde allí, su periplo abarcó Italia y finalizó en Estados Unidos, donde volvió a caer en un pozo depresivo profundo y motivado por la nostalgia. Recuperado y estable emocionalmente, una vez más, consolidó la línea que lo había llevado a crear el Concierto nro. 2 al arreglar y presentar el Concierto nro. 3 para piano y orquesta; éstas dos obras sinfónicas son las más reconocidas de su etapa creativa y entre las interpretaciones que se califican como "definitivas" se halla la del virtuoso Vladimir Horowitz, quien además era su amigo personal.
Debido a los desbordes con su cuidado personal, no pudo resolver su adicción al cigarrillo; un cáncer de pulmón le produjo la muerte en 1943, en suelo estadounidense. Allí, en esa misma tierra, Rachmaninov había compuesto la sinfonía coral "Las campanas", en 1913, basada en una poesía de Poe. Toda una premonición para quien - metafóricamente- bien pudo haberse criado sin saberlo en aquella fantasmagórica vivienda que pasó a la eternidad hecha obra literaria como "La caída de la casa Usher".