14 de marzo de 2013 - 00:52

¿Por qué el nombre Francisco I?

“¿Quo nomine vis vocari?” (“¿Con qué nombre quieres ser llamado?”). Eso le preguntó el cardenal Giovanni Battista Re al argentino Jorge Mario Bergoglio. El nuevo Pontífice respondió “vocabor Franciscus” (Me llamaré Francisco).

El nombre adoptado por el sucesor de Benedicto XVI no sólo significa una preferencia, también pude ser una “indicación” de cómo será su pontificado. Sin duda, el nombre de Francisco refleja la influencia de los jesuitas en su vida personal y religiosa de Bergoglio, un jesuita austero que lleva una vida discreta y cultiva el bajo perfil.

Aunque no se formó bajo la orden de los franciscanos, Bergoglio eligió el nombre de Francisco de Asís, el hijo de un rico comerciante que decidió servir a Dios y vivir bajo la más estricta pobreza y observancia de los Evangelios. La opción por los pobres era la única para este santo italiano y parece que serán los preferidos por el argentino durante su pontificado.

En la lista de los nombres de los Pontífices faltaban hasta ahora, precisamente, Francisco, José, Santiago, Andrés y Lucas, entre otros.

Une elección que es similar a aquella del primer Papa, San Pedro, cuyo nombre de bautismo era Simón.

La costumbre de cambiar el nombre, explicó la radio del Vaticano, se adoptó a partir del año 1.000 para recordar que la elección para el sillón de Pedro es como un segundo nacimiento. El nombre más utilizado entonces es Juan, elegido por primera vez en 523 por San Juan I, Papa y mártir.

El alemán Joseph Ratzinger eligió como nombre Benedicto XVI en memoria de Benedicto XV, “un valiente y auténtico profeta de la paz ante el drama de la Primera Guerra Mundial”, según confesó el 27 de abril de 2005. Albino Luciani, que sólo gobernó la Iglesia durante 33 días, eligió llamarse Juan Pablo I en honor de sus predecesores Juan XXIII y Pablo VI, a los que admiraba.

Karol Wojtyla adoptó los dos nombres -la segunda vez que un Papa tomaba un nombre doble- en homenaje a Juan Pablo I, a Juan XXIII y a Pablo VI. Esa admiración por sus tres predecesores llevó a Juan Pablo II a ser enterrado bajo tierra, como Pablo VI, en el mismo lugar donde estuvo sepultado Juan XXIII y frente al sarcófago del “Papa de la sonrisa”, como se conoció a Luciani.

Hasta ahora, el nombre más repetido ha sido Juan. El último que lo usó fue el cardenal italiano Angelo Roncalli, que decidió llamarse Juan XXIII (1958-1963). Le siguen Benedicto XVI, tomado por el alemán Joseph Ratzinger (2005-2013), Gregorio XVI (el italiano Bartolomé Alberto Capellari, 1831-1846); Benedicto XV (Giacomo della Chiesa, 1914-1922); Clemente XIV (Giovanni Ganganelli, 1769-1774), León XIII (Vincenzo Gioacchino Pecci, 1878-1903), Inocencio XIII (Michelangelo Conti, 1721-1724) y Pío XII (Eugenio Pacelli, 1939-1958).

No importa su nacionalidad ni procedencia, los Papas -parece claro- no se llamarán Pedro. Ninguno de sus 265 sucesores se atrevió a ponerse el nombre del apóstol.

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