Mantenerse de pie parece una tarea sencilla, pero el cuerpo está haciendo correcciones constantemente. Tobillos, rodillas, pelvis y tronco modifican su posición casi imperceptiblemente para impedir que el centro de masa se aleje demasiado de la base de apoyo. Ante eso, los especialistas realizaron un estudio para conocer la respuesta en la pérdida del equilibrio con la edad.
Con los años, perder fuerza muscular, visión o sensibilidad corporal puede afectar ese mecanismo. Sin embargo, una investigación de la Universidad de Nebraska en Omaha encontró otro cambio menos evidente: el problema también podría estar en la capacidad del cuerpo para modificar la manera en que sus distintas regiones cooperan cuando las condiciones cambian.
El equilibrio depende de una red que trabaja incluso cuando estamos quietos
Permanecer inmóvil necesita mucho más que tener músculos suficientemente fuertes.
La visión aporta información del entorno; el sistema vestibular interviene en la percepción del equilibrio; la propiocepción permite reconocer dónde se encuentran las diferentes partes del cuerpo; y músculos y cerebro utilizan toda esa información para producir pequeños ajustes.
Por eso, aunque una persona parezca completamente quieta, su cuerpo está corrigiendo continuamente la postura.
El envejecimiento puede reducir la eficiencia de varios de estos componentes. Lo que plantea el nuevo trabajo es que también importa cómo se relacionan entre sí y, especialmente, qué tan rápido pueden cambiar esa organización cuando aparece un nuevo desafío.
Qué encontraron al estudiar el equilibrio de 96 personas
Los investigadores trabajaron con 96 participantes divididos en dos grupos:
- 48 adultos jóvenes, con una edad promedio de 26 años.
- 48 adultos mayores, con una edad promedio de 63,4 años.
Cada participante llevó 21 marcadores reflectantes distribuidos sobre el cuerpo. Un sistema de captura tridimensional registró sus movimientos para analizar no solamente cuánto se balanceaban, sino cómo se coordinaban diferentes regiones corporales.
Las pruebas aumentaron progresivamente la dificultad
Primero debían permanecer de pie sobre una superficie estable. Después realizaron la prueba sobre una tabla oscilante y, en algunas condiciones, tuvieron que completar simultáneamente una tarea de seguimiento visual.
De esta manera, los investigadores pudieron observar qué sucedía cuando al desafío de mantener el equilibrio se agregaban inestabilidad y demanda cognitiva.
La diferencia apareció cuando el suelo comenzó a moverse
El resultado más llamativo no consistió simplemente en que los participantes mayores se movieran más.
En los jóvenes, la red de coordinación corporal modificaba su organización a medida que la tarea se volvía más complicada. Las relaciones entre diferentes segmentos cambiaban para responder a las nuevas condiciones.
Entre los adultos mayores apareció otro patrón
Su red corporal se mostró, en términos generales, más conectada y compacta, pero menos flexible a la hora de reorganizarse.
Tener más partes del cuerpo actuando conjuntamente podría parecer una ventaja. Sin embargo, una coordinación eficiente no necesariamente significa involucrar a todos los segmentos de la misma manera, sino poder seleccionar y modificar la estrategia según lo que esté ocurriendo.
Tobillos y piernas revelaron una de las diferencias más importantes
El pie, el tobillo y la parte inferior de la pierna son fundamentales para producir muchas de las pequeñas correcciones que permiten recuperar la estabilidad. En los participantes mayores, estos segmentos mostraron una asociación menos eficaz con el movimiento del centro de masa que en los jóvenes.
El organismo parecía recurrir así a una cooperación más extensa entre distintas regiones, pero al mismo tiempo menos selectiva.
Qué significa el hallazgo para prevenir las caídas
Las caídas representan un problema particularmente importante durante el envejecimiento. Según la Organización Mundial de la Salud, los mayores de 60 años constituyen el grupo que registra el mayor número de caídas mortales.
Aun así, los investigadores no demostraron que el patrón de coordinación observado provoque directamente una caída.
El trabajo incluyó una cantidad limitada de participantes, estudió a personas relativamente sanas y comparó los grupos en un momento determinado. Tampoco siguió a los voluntarios posteriormente para comprobar quiénes sufrían caídas.