Como en las películas de Fellini, grupos de seminaristas corren entonando “Aleluya”, otros tocan la guitarra, otros cargan una enorme cruz entre la muchedumbre: “perdón, perdón, queremos rezar”.
Como en las películas de Fellini, grupos de seminaristas corren entonando “Aleluya”, otros tocan la guitarra, otros cargan una enorme cruz entre la muchedumbre: “perdón, perdón, queremos rezar”.
Monjas con sus hábitos largos pasean comiendo conos de helado y filas de jóvenes boys scouts, con sus uniformes y pantalones cortos, se dirigen hacia las iglesias del casco histórico, abiertas para la gran ocasión.
Las calles cortadas, los atascos alrededor del centro han obligado a las autoridades de la capital a preparar un dispositivo especial con 5.000 agentes encargados, entre otras cosas, de dirigir el tráfico de peatones, muchos de ellos con pañuelos amarillos y blancos, los colores del Vaticano.
“Vine a Roma para recordar a un hombre que no tenía miedo”, confiesa el colombiano Octavio al hablar de Juan Pablo II. El flujo de personas alrededor de la avenida de la Conciliación, de donde se accede a la inmensa plaza de San Pedro, muchas con cubiertas y alfombrillas, es incesante.
“Voy a dormir por aquí”, contó el italiano Mario, quien espera pasar la noche al aire libre para poder instalarse en las primeras filas.
Banderas de Polonia, de Argentina, de Brasil, circulan entre la muchedumbre, mientras dos tapices gigantes con las imágenes de los futuros santos han sido ya colgados en la fachada de la basílica de San Pedro.
Uno de los grupos más folclóricos es el de los 33 seminaristas del instituto Redentoris Mater de Macerata, en el sur de Italia, que acampa prácticamente frente a la puerta de la oficina de prensa de la Santa Sede, a un paso de la plaza de San Pedro.
Extendieron mantas por el suelo, sandwiches en la mano, comieron como en un picnic y luego sacaron dos guitarras para cantar en varios idiomas: desde la latinoamericana “La Bamba”, hasta la italiana “Volare” o la más clásica “O Sole mío”, mientras la gente los aplaudía con entusiasmo.
“Vinimos a celebrar a Juan Pablo II, que puso la primera piedra de nuestro seminario, y a pedirle que nos ayude a evangelizar”, contó Joel Levi, de Costa Rica.