2 de octubre de 2015 - 00:00

Partición en mini-Estados ¿es solución?

Tras cuatro años de una devastadora guerra civil sin visos de solución, algunos actores involucrados en el terreno y observadores externos han llegado a la conclusión de que el destino de Siria será partirse siguiendo las líneas sectarias o regionales, y en el mejor de los escenarios posibles, mantenerse endeblemente unida a través de un Estado menos centralizado.

Una verdadera secesión acarrearía más desastres, como limpiezas étnicas o sectarias, o enfrentamientos por cada metro de frontera. Pero la catástrofe siria es de tal envergadura que muchos se preguntan si la disparidad de esos grupos podrá volver a tener un sentimiento de unidad nacional.

Esa dinámica sectaria quedó en evidencia la semana pasada, con la tregua apoyada por la ONU en la región clave de Zabadani, cerca de la frontera con el Líbano, un acuerdo al parecer destinado a trasladar a miles de combatientes chiitas y sunnitas de una región a otra.

En total, la mitad de los 23 millones de habitantes que tenía Siria en la preguerra fueron desplazados de sus hogares, y murieron 250.000 personas en el conflicto, lo que desató una oleada de refugiados que inundó los países vecinos y ahora llegó a Europa.

El gobierno, dominado por la secta alauita del presidente Bashar al-Assad, controla Damasco y la costa del Mediterráneo, incluyendo todas las ciudades y corredores que conectan a ambas. Los kurdos hacen sus propios negocios en el nordeste.

Las milicias de Estado Islámico (EI) controlan gran parte del corazón sunnita en el este. Otros rebeldes sunnitas controlan reductos en el norte y el sur. Los drusos siguen siendo leales, pero en su región sureña ya se habla de autonomía.

“Lo que hay es una partición de hecho que nadie quiere reconocer formalmente”, dice desde un sitiado suburbio de Damasco un activista opositor que usa el seudónimo de Ahmad Shami para proteger su identidad.

Tanto en la región como en los foros internacionales, el debate se centra en el futuro de Al-Assad, con qué reemplazar su gobierno, y si debería permitírsele ocupar algún rol de transición para lavar su imagen. Pero a medida que ese Estado tan profundamente autoritario se fue desintegrando y se multiplicaron las migraciones masivas, los odios sectarios se avivaron tanto que es imposible ignorar la cuestión de fondo.

“Luego de la destrucción y las matanzas es difícil que el pueblo sirio logre coexistir dentro de un Estado central”, dijo Mustafa Osso, líder de la minoría kurda y vicepresidente de la Coalición Nacional Siria (CNS), el principal grupo opositor apoyado por Occidente. Osso propone una federalización, y no una partición completa.

La idea de dividir el país en varios grupos no es nueva: hace un siglo, los colonos franceses y británicos desguazaron gran parte de Medio Oriente, despojos de guerra tomados al Imperio Otomano.

Pero tras un siglo de agitación global, la comunidad internacional le teme a cualquier cambio y se siente mayormente inclinada a tratar de mantener las fronteras tal como están.

“Si bien fueron los colonizadores los que trazaron las fronteras de muchos nuevos Estados independientes de la posguerra, tanto en África como en Medio Oriente y en Asia, hay una fuerte tendencia internacional a respetar esas fronteras”, dice Kenneth Schultz, profesor de ciencias políticas de la Universidad Stanford.

Los sirios también parecen compartir esa reticencia. Dividir implica una enorme complicación: las ciudades clave, como Aleppo y Damasco, son demasiado mixtas como para que se arregle con un simple divorcio.

Dividir esas zonas mixtas podría abrirle la puerta a nuevos horrores.

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