14 de marzo de 2013 - 00:55

De outsider a jefe de la Iglesia

Era el día de la primavera. El joven Jorge Bergoglio iba de festejos con su noviecita. Pero algo lo llevó a pasar por su parroquia porteña de San José de Flores. Sentía deseos de confesarse. Las palabras del sacerdote -cuyo nombre nunca reveló- lo sacudieron. Le despertaron la vocación religiosa que llevaba dentro. Salió de allí convencido de que quería ser sacerdote.

Pero no se lo dijo a nadie. El único síntoma fue que al poco tiempo rompió con su novia. Fiel a su estilo reservado esperó unos años para anunciar su decisión a su familia. Su padre lo celebró. Su madre, en cambio, se enojó. Pero no se amilanó. Fue duro para él: ella no quiso ir a verlo durante los primeros años de seminario hasta que, finalmente, aceptó su decisión. Una decisión que -quien podría imaginarlo- lo llevaría muchos años después a ser el primer Papa argentino y latinoamericano para sorpresa de los argentinos y de los católicos de todo el mundo.

Pero acaso la experiencia más fuerte de su juventud -que le marcó el límite humano- fue una grave enfermedad que lo codeó con la muerte. Hubo varios días de incertidumbre porque los médicos no acertaban con el diagnóstico. Al fin, detectaron una infección pulmonar que requirió un tratamiento con sondas que le provocaba dolores terribles.

Las palabras de circunstancia para confortarlo no lo convencían. Hasta que una monja que sorpresivamente lo consiguió lo logró con una frase simple y directa: “Con tu dolor, estás imitando a Jesús". Desde entonces, Jorge Bergoglio vive con un solo pulmón, lo que lo obliga a administrar sus esfuerzos, si bien nunca fue una severa restricción.

Recuperado, ingresó finalmente al seminario. Optó por los jesuitas porque le atraía su perfil de gran formación y cierto vanguardismo.

Con apenas 37 años, se convirtió en superior de los jesuitas en la Argentina.

A comienzos de los ’90 el entonces arzobispo de Buenos Aires, cardenal Antonio Quarracino, lo señaló para que fuera uno de sus obispos auxiliares. Comienza así su meteórica carrera que lo llevó de ser un completo outsider de la Iglesia a ser elegido vicario general de la arquidiócesis y finalmente el sucesor de Quarracino tras su muerte.

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