Israel acaba de pasar las primeras elecciones generales desde el desencadenamiento de la “primavera árabe” dos años atrás. Por primera vez, los israelíes fueron a votar sin uno de los condicionantes que acompañó al Estado de Israel desde su creación: el considerarse “la única democracia en Oriente Medio”, un país rodeado de dictaduras, regímenes de fuerza y Estados sumidos en guerras civiles.
En este sentido, puede decirse que Israel es ahora un país más asimilado e inmerso en su entorno, más involucrado y enraizado en los procesos de cambio -y conflictos existenciales- que están conmoviendo a Oriente Medio. Otra novedad: ésta fue la primera elección en la que Israel tiene a su lado a un Estado palestino que, aunque con borrosas fronteras y escaso control territorial, adquiere reconocimiento internacional y podría suponer un avance en la concreción del mandato de Naciones Unidas de 1947, de partición del territorio entre israelíes y palestinos según el principio de “dos pueblos, dos Estados”.
Y una tercera: fue también la primera elección después de la “rebelión de las tiendas”, las protestas sociales que hace un año y medio movilizaron a cientos de miles de israelíes descontentos con la política socioeconómica del gobierno derechista de Benjamín Netanyahu.
La lectura de los resultados electorales de este 22 de enero no debería prescindir de ese registro. La victoria pírrica de Netanyahu apenas si logra disimular la reorientación de las preferencias, con una recomposición del equilibrio entre los dos hemisferios de la sociedad israelí -históricamente representados por el Laborismo y el Likud- pero ahora conteniendo las nuevas configuraciones socioculturales y clivajes políticos que aglutinan y dividen a los israelíes y que quedaron reflejados en los perfiles de una nueva generación de líderes políticos: Yair Lapid, Shelly Yacimovich, Naftali Bennett, Tzipi Livni.
Netanyahu y sus aliados de la extrema derecha ganaron, pero fueron los principales derrotados. Jugaron a fondo la lógica de fortaleza asediada y buscaron refrendar en las urnas el giro que tuvo el Gobierno a partir de la alianza del Likud e Yisrael Beitenu, del ex canciller Avigdor Lieberman y sus socios menores, traccionados por los imperativos de la doctrina de la seguridad nacional y el ultra-nacionalismo religioso en un contexto de guerra asimétrica permanente. La sociedad israelí dijo: “Ya no más” de insistir por esa vía.
Los reflejos reactivos y defensivos de la política israelí, frente a los estímulos desestabilizadores de su entorno, obedecen a una lógica, aunque su racionalidad sea controversial. Es la lógica de la afirmación de la excepcionalidad -una anomalía histórica de carácter originalmente transitorio- como principio de existencia, su naturalización y cristalización como principio fundante y organizador del Estado judío, destinado a convivir y subsistir rodeado de enemigos, amenazado por un entorno hostil. La disuasión militar y la colonización territorial son, en esta mentalidad, una necesidad inherente a la existencia misma del Estado.
La paradoja es que blindándose en esta autoafirmación de la excepcionalidad, el liderazgo político israelí, representado por Netanyahu y Lieberman, condujo a lo que el escritor Amoz Oz calificó con crudeza como “el gobierno más antisionista que tuvo Israel”. El premio Nobel lo explica en razón de que la obstinada negativa a la existencia de un Estado palestino supondría “la creencia en que los judíos pueden gobernar a una mayoría árabe durante mucho tiempo, pero ningún Estado de apartheid en el mundo se perpetuó sin colapsar a los pocos años”. Según esta perspectiva, las consecuencias de esta política serían suicidas para Israel: en lugar de un Estado binacional, un solo Estado, pero de mayoría árabe.
Al adelantar estas elecciones, Netanyahu y sus aliados creyeron que podrían revalidar la política de asentamientos y colonización territorial en Cisjordania para tornarla irreversible y blanquear sin eufemismos su rechazo a la creación de un Estado palestino. Ya no sólo por tratarse de “la única democracia en Oriente Medio”, rodeada de enemigos y calamidades.
Hay quienes piensan que Israel será de aquí a poco el único Estado-nacional en una región crecientemente caótica, poblada de proto-Estados, Estados fallidos, entidades político-militares de facto, milicias armadas, fuerzas transnacionales y territorios en los que potencias medias con intereses sobre sus vecindades -Irán, Turquía, Egipto- jugarán su propio juego. El fantasma más temido no es tanto un enemigo poderoso como la anarquía regional y la diseminación de la violencia. Está más en Damasco que en Teherán.
En palabras del ex canciller Shlomo Ben Ami, el statu quo poscolonial en Oriente Medio se cae a pedazos, lo cual supone asumir que los Estados del siglo veinte acaso no sean las mismas construcciones políticas del siglo veintiuno.
En ese escenario, la alternancia democrática entre fuerzas políticas con diferencias ideológicas notorias y la preocupación por cooperar con el vecino, pueden resultar cuestiones cada vez más superfluas, no “existenciales”. Sin embargo, aquellas cosas que hicieron de Israel una realidad y una utopía diferentes -el pluralismo y la alternancia como factores insustituibles de la democracia y el carácter laico de Estado judío- aunque desdibujadas en los últimos años, siguen vivos, a la luz de los resultados electorales de esta semana.
El péndulo bandeado a la derecha vuelve ahora al centro y obligará a Netanyahu a redoblar su capacidad negociadora -ésa que no tuvo con los palestinos- para sostener una nueva coalición de gobierno más moderada. Habrá que ver si alcanza para torcer el rumbo del nacionalismo extremista y retomar un camino comprometido con un proceso de paz y construcción regional que se atreva a reducir las brechas internas y externas y dibujar nuevos mapas. O participar, al menos, en el diseño de estos.