Dostoievski planteó una pregunta peligrosa hace más de 150 años: ¿qué ocurre cuando un hombre llega a la convicción de que las normas morales comunes fueron escritas para la gente común, y que él no es uno de ellos?
Una vez que un líder se convence de su indispensabilidad histórica, las instituciones creadas para limitarlo dejan de parecer protectoras. Se convierten en obstáculos. Los jueces interfieren. Los legisladores retrasan. Los periodistas atacan. Los asesores contradicen. Las elecciones amenazan con interrumpir una misión histórica.
Dostoievski planteó una pregunta peligrosa hace más de 150 años: ¿qué ocurre cuando un hombre llega a la convicción de que las normas morales comunes fueron escritas para la gente común, y que él no es uno de ellos?
En Crimen y castigo, Rodión Raskolnikov divide a la humanidad en personas comunes y extraordinarias. Las primeras deben obedecer las leyes y convenciones morales. Los individuos extraordinarios —las grandes figuras capaces de cambiar la historia— pueden, en ocasiones, atribuirse el derecho a ir más allá.
Napoleón se convierte en su ejemplo.
Raskolnikov comienza entonces a preguntarse:
¿Y si yo fuera uno de ellos?
Su asesinato de la prestamista es más que un crimen por dinero. Es un experimento de identidad. Raskolnikov crea una imagen de sí mismo y luego intenta convertirse en ella.
Pero ¿qué ocurre cuando ese mismo experimento tiene lugar no en un apartamento de San Petersburgo, sino en el interior de un palacio?
El poder rara vez comienza con la convicción de que uno es un tirano. Puede comenzar con algo mucho más corriente:
Soy capaz.
El éxito refuerza esa imagen: Soy extraordinariamente capaz.
La victoria añade otra capa: Entiendo lo que los demás no pueden entender.
Después: La gente me necesita. Mi país me necesita.
Finalmente: solo yo puedo salvarlo.
La transformación puede ser tan gradual que quien la experimenta nunca advierta lo ocurrido.
La imagen se convierte en identidad. La identidad se convierte en superioridad. La superioridad se convierte en derecho. El derecho se convierte en exención.
Una vez que un líder se convence de su indispensabilidad histórica, las instituciones creadas para limitarlo dejan de parecer protectoras. Se convierten en obstáculos. Los jueces interfieren. Los legisladores retrasan. Los periodistas atacan. Los asesores contradicen. Las elecciones amenazan con interrumpir una misión histórica.
La oposición también cambia de significado. Primero es desacuerdo. Luego obstrucción. Después deslealtad. Finalmente, tal vez, traición.
El ego necesita además espejos. Los poderosos disponen de ellos a una escala extraordinaria: multitudes que corean sus nombres, colaboradores que elogian su criterio, aliados que repiten su discurso. El peligro no consiste simplemente en creer los elogios, sino en dejar de escuchar cualquier otra cosa.
Entonces puede desaparecer también la frontera entre yo y mi país. Criticar al líder equivale a criticar a la nación. Proteger su posición puede presentarse como proteger al país.
Pero el poder también puede revelar el carácter de otra manera.
En 1821, después de proclamar la independencia del Perú, José de San Martín asumió el mando político y militar con el título de Protector. Concentraba una autoridad extraordinaria.
Podría haber intentado conservarla.
No lo hizo.
Cuando se instaló el Congreso Constituyente en 1822, San Martín renunció al Protectorado y dejó el poder político en manos de los representantes de la nación.
Parecía comprender algo que muchos hombres poderosos descubren demasiado tarde: haber sido necesario en un momento de la historia no concede el derecho a serlo para siempre.
Raskolnikov se pregunta si es lo suficientemente extraordinario para que las limitaciones habituales no se le apliquen.
La decisión de San Martín sugiere otra pregunta:
¿Puedo poseer un poder extraordinario sin necesidad de que ese poder me diga quién soy?
Quizá una de las mayores pruebas de identidad no sea nuestra capacidad para adquirir poder, sino nuestra capacidad para renunciar a él.
Por eso las instituciones importan. Un tribunal independiente dice: Puedes equivocarte. Una prensa libre: Tu versión de la realidad no es la única. La oposición: El país no te pertenece. Las elecciones: Tu autoridad es temporal.
La democracia no es solamente un mecanismo para elegir gobernantes. Es también una estructura destinada a impedir que la imagen que una persona tiene de sí misma se convierta en una realidad obligatoria para los demás.
Raskolnikov quiso demostrar que era extraordinario cruzando un límite.
San Martín pareció comprender algo diferente: a veces el verdadero poder consiste en reconocer el límite y, llegado el momento, apartarse.
Ningún presidente es la nación. Ningún general es el destino. Ningún líder es indispensable.
Quizá la persona verdaderamente extraordinaria sea aquella que puede poseer el poder sin convertirse en el poder; recibir admiración sin necesitarla; liderar sin confundir el liderazgo con su identidad.
Y, cuando llegue el momento, ser capaz de dar un paso al costado.
(*) El autor es médico cardiólogo y escritor mendocino, residente en Estados Unidos desde 1987.