Durante mucho tiempo, minería y agricultura parecieron pertenecer a mundos diferentes y en algunos ámbitos, antagónicos. La primera, asociada a la montaña, los minerales, la energía y la industria; la segunda, a los valles y al llano, al suelo, el agua, las plantas y los alimentos. Sin embargo, al analizar los recursos necesarios para la producción agroalimentaria, se advierte que ambas actividades tienen más vínculos de los que habitualmente se reconocen.
Como ingeniera agrónoma y docente-investigadora del Departamento de Ingeniería Agrícola de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Cuyo, he dedicado buena parte de mi actividad académico y científica al estudio de la nutrición vegetal y la fertilización en ajo, tomate para industria, vid, entre otros. Desde esa experiencia, el renovado interés por la minería mendocina me invita a a reflexionar sobre su relación con una actividad esencial para nuestra provincia: la producción de agroalimentos.
El potasio es uno de los ejemplos más evidentes. Se trata de un nutriente esencial para las plantas, que interviene en la regulación hídrica, la activación enzimática, la fotosíntesis y la respuesta frente al estrés. Mendoza posee en Malargüe recursos de sales de potasio cuyo eventual aprovechamiento merece ser evaluado por su posible contribución al abastecimiento de materias primas para fertilizantes agrícolas.
La dependencia de las importaciones refuerza la importancia estratégica de este recurso. Según datos de CIAFA y Fertilizar AC, en 2024 Argentina importó aproximadamente 59.000 toneladas de fertilizantes potásicos, frente a un consumo agropecuario cercano a las 61.000 toneladas. En 2025 el consumo ascendió a 64.038 toneladas y las importaciones registradas para el sector fueron de 48.169 toneladas.
Estas cifras reflejan la escasa participación de la producción nacional en el abastecimiento de potasio para la agricultura argentina. En este contexto, el aprovechamiento de los recursos de potasio de Mendoza podría contribuir a la sustitución de importaciones y fortalecer la oferta nacional de estos productos.
Una nutrición vegetal equilibrada es fundamental para mejorar la eficiencia de los sistemas productivos. Para ello es necesario integrar el conocimiento agronómico y el manejo de los recursos, considerando las particularidades de cada agroecosistema.
Esta búsqueda de eficiencia también pone de relieve el aporte de los minerales a la producción agrícola. Además del nitrógeno, el fósforo y el potasio, las plantas necesitan otros elementos, como calcio, magnesio, azufre, hierro, zinc, cobre y manganeso. Muchos de estos nutrientes se incorporan mediante fertilizantes y enmiendas elaborados total o parcialmente a partir de materias primas minerales.
El yeso agrícola (sulfato de calcio) permite corregir los suelos sódicos y salinos- sódicos favoreciendo la infiltración y el lavado de las sales. El cobre, un micronutriente esencial para las plantas, también se utiliza en tratamientos fitosanitarios a base de sulfato de cobre y sus derivados, como el caldo bordelés. En Brasil también se investiga y utiliza la aplicación directa de determinadas rocas finamente molidas para aportar nutrientes y mejorar propiedades del suelo, según su composición y las condiciones agronómicas.
La actividad agrícola requiere una infraestructura tecnológica en la que los recursos minerales están presentes de múltiples formas: desde la maquinaria, las bombas y los sistemas de riego hasta los equipos de procesamiento y los materiales utilizados para conservar y transportar alimentos.
En Mendoza, la vitivinicultura ofrece un ejemplo cercano de esta relación. La nutrición de las vides, las labores en el viñedo y el funcionamiento de las bodegas requieren de insumos, equipos e instalaciones vinculados directa o indirectamente con la minería, incluidas las botellas que llegan al consumidor.
Estos vínculos no eliminan las tensiones entre ambas actividades que podrían competir por recursos, especialmente el agua, la mano de obra y el territorio. Por eso, la discusión debería superar la aparente contradicción entre minería y agricultura, y concentrarse en cómo pueden coexistir y contribuir al desarrollo provincial con responsabilidad ambiental.
La actividad minera requiere estudios técnicos rigurosos, evaluaciones ambientales independientes, monitoreo permanente, transparencia y controles efectivos. No todos los yacimientos son explotables ni todos los proyectos resultan ambiental, económica y socialmente viables. Su evaluación debe considerar las características de cada yacimiento, su localización, la tecnología empleada y sus impactos potenciales.
Nuestra provincia cuenta con universidades, organismos científicos, consultoras y profesionales capacitados para aportar conocimientos y evidencias científicas. La solidez de sus contribuciones requiere rigor técnico, transparencia e independencia.
Mendoza afronta el desafío de producir alimentos, agregar valor, diversificar su matriz productiva, generar empleo, cuidar sus recursos hídricos y adaptarse al cambio climático. Alcanzar estos objetivos exige conocimiento científico, tecnología, energía, infraestructura y recursos minerales. La producción agropecuaria de la provincia depende, en gran medida, de insumos y materiales de origen mineral presentes en numerosas cadenas productivas. El desafío es convertir esa complementariedad en una oportunidad concreta de desarrollo, con rigor científico, responsabilidad ambiental y beneficios para el conjunto de la sociedad mendocina.