Enviado Especial. Washington llega a la elección con un clima sombrío. Se nota en las conversaciones y en lo poco que se habla de festejos. Los funcionarios republicanos con los que uno se cruza parecen tener asumido que el martes viene un mal resultado, y lo único que discuten es de qué tamaño va a ser.
Para el lector argentino conviene aclarar qué se vota. Trump sigue en la Casa Blanca hasta enero de 2029, gane quien gane. Lo que se renueva es toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado, y de eso depende cuánto margen le queda para gobernar en los dos años que le restan. Un Congreso opositor puede investigar a su gobierno y trabarle las leyes.
Que el oficialismo pierda en estas elecciones es lo habitual en Estados Unidos. Le pasó a Obama en 2010 y al propio Trump en 2018. Esta vez, además, Trump llega en su peor momento desde que volvió al poder, y la razón se entiende parado frente a cualquier surtidor. Desde que empezó la guerra con Irán la nafta se disparó, y el costo de vida volvió a ser la principal preocupación de la gente. Trump ganó en 2024 prometiendo bajar los precios, y hoy una parte de sus propios votantes siente que esa promesa quedó en el camino.
Ese malhumor ya se ve en las urnas: más de 50 millones de personas votaron por adelantado. La Cámara de Representantes está prácticamente perdida para los republicanos, así que la pelea de verdad se da en el Senado. Los demócratas necesitan dar vuelta cuatro bancas, casi todas en estados donde Trump ganó cómodo. Las encuestas los favorecen, pero los republicanos conservan chances reales de retener la cámara, porque en varias de esas carreras la diferencia es mínima y cualquier error de las encuestadoras cambia el resultado.
Trump hizo campaña en las últimas semanas como quien siente que se le escapa la elección. Salió a defender bancas que hace un año parecían seguras y llegó a prometer algo difícil de tomar en serio: 5.000 dólares para cada adulto del país si los republicanos retienen las dos cámaras. Lo llama "eldividendo Trump". Costaría unos 1,2 billones de dólares y tendría que aprobarlo el Congreso. Tampoco ayuda que en este mandato ya haya anunciado otros cheques que nunca pagó. Es la oferta de un presidente desesperado.
Para la Argentina, el resultado tiene consecuencias directas. La relación con Washington se apoya hoy, sobre todo, en la amistad personal entre Trump y Milei, y ese esquema funciona mientras Trump pueda decidir casi solo. Con la oposición al frente de las comisiones, cada gesto hacia Buenos Aires va a pasar por más filtros. El swap que el Tesoro le abrió a la Argentina el año pasado fue de las medidas que más cuestionaron los demócratas, y es lógico que vuelvan sobre el tema si ganan. Por eso la Casa Rosada debería mirar sobre todo el Senado, que es la cámara que confirma embajadores y aprueba tratados.
La amistad entre los dos presidentes va a seguir. Lo que cambia es cuánto vale. Apostar todo a un vínculo personal tiene fecha de vencimiento, y en Estados Unidos el calendario electoral la pone cada dos años.