El auge global por consumir pistacho oculta un severo costo ecológico que alarma a la comunidad científica. Detrás de esta semilla, que se convirtió en el ingrediente estrella de helados y pastas dulces, se esconde un consumo desproporcionado de recursos hídricos en regiones que ya sufren sequías extremas.
La demanda de esta popular semilla superó los 1,4 millones de toneladas en 2024, consolidando su producción industrializada. Aunque su impacto en emisiones de dióxido de carbono es moderado (produce 2,5 kilos de CO2 por kilogramo, una cifra equivalente a la del cultivo de palta), el verdadero peligro de su expansión radica en el agua de riego que demanda su desarrollo en zonas áridas.
¿Por qué el cultivo del pistacho hunde el suelo y agota el agua?
La planta del pistacho requiere veranos cálidos y un invierno frío para florecer. Por este motivo, se cultiva mayormente en áreas muy secas de California e Irán, donde el agua superficial es escasa. Para compensar la falta de lluvias, los productores riegan las plantaciones extrayendo agua de acuíferos subterráneos, un recurso limitado que se agota velozmente.
Para producir apenas un kilo de pistachos listos para el consumo se necesitan más de 7.600 litros de agua de riego. En la escala de alimentos más dependientes del agua, esta cifra ubica al fruto seco solo por debajo de la carne de vaca y de cordero. No obstante, a diferencia de la ganadería, el cultivo del pistacho vacía reservas subterráneas profundas, lo que provoca que el suelo de lugares como el valle de San Joaquin, en California, comience a hundirse y dañe la infraestructura local.
En Irán la crisis no es menor. Los agricultores locales deben perforar pozos de cientos de metros de profundidad para hallar agua. Sin embargo, el recurso que consiguen es de baja calidad y con niveles extremos de salinidad. Con el aumento global de las temperaturas, la demanda de riego de los árboles crecerá y amenazará con secar por completo estas fuentes de agua críticas.
¿Cómo se puede consumir pistacho de forma más sostenible?
Los investigadores de la Universidad de Lancaster, Thomas Davies y Tom Higgs, cuestionan si la producción actual podrá resistir las variables condiciones climáticas del futuro. Plantean alternativas complejas, como el uso de portainjertos más resistentes a las sequías o mudar las plantaciones a regiones con mayor disponibilidad de agua. Sin embargo, la relocalización es un proceso lento, ya que los árboles tardan varios años en aclimatarse y alcanzar una producción que sea comercialmente viable para los productores.
Frente a este escenario de escasez de agua e infraestructura dañada, la solución más inmediata recae sobre los consumidores. Para aliviar la presión sobre los suelos áridos, los especialistas aconsejan modificar la percepción que se tiene de esta semilla. En lugar de consumirla habitualmente como un snack diario, proponen volver a catalogarla como una delicadeza exclusiva y limitar su ingesta de manera frecuente.