En el distrito de Urgench, Uzbekistán, la basura urbana se transforma diariamente en un recurso productivo. Dilorom Boboniyazova implementó una técnica de reciclaje artesanal que convierte bolsas de plástico desechadas en piezas decorativas duraderas, ofreciendo una alternativa sustentable ante la contaminación en su comunidad.
Lo que comenzó como una búsqueda doméstica dio paso a un proyecto colectivo con impacto socioeconómico. Vecinos y familiares pasaron de tirar bolsas a juntarlas para la producción, lo que permitió escalar la recolección de materia prima sin costos de insumos.
El origen familiar y la ciencia detrás del polímero
El impulso inicial no surgió de un plan de negocios, sino de un gesto personal. Tras regalarle un ramo natural a su madre por su cumpleaños y ver su tristeza cuando las flores se marchitaron, Dilorom buscó una solución permanente. Primero probó con papel, pero al notar su rápido deterioro, investigó en internet sobre las propiedades de los polímeros y plásticos reciclados.
Mediante técnicas de modelado, descubrió que la resistencia del plástico (su principal problema ambiental) era la clave para crear piezas inalterables que no requieren agua ni contaminan el suelo. De este modo, la durabilidad del residuo se convirtió en la ventaja funcional del producto.
Capacitación empresarial y trabajo desde el hogar
Para transformar la artesanía en una empresa sostenible, la emprendedora participó en capacitaciones del Programa de Apoyo al Emprendimiento Femenino (WESP), impulsado por el PNUD. Este proceso le brindó herramientas en gestión comercial, liderazgo y organización productiva.
Hoy, más de 60 mujeres trabajan desde sus hogares confeccionando las flores y generando sus propios ingresos en una zona con escasas opciones laborales. El proyecto fomenta la autonomía económica, fortalece la autoconfianza e integra la acción ambiental con la inclusión social.