Chrach Peou pasó tres décadas guardando dinero para concretar una idea que parecía difícil de explicar como una vivienda convencional. El obrero de la construcción camboyano no quería únicamente una casa: soñaba con vivir dentro de algo que pareciera un avión privado, pese a que él mismo jamás se había subido a uno.
En 2023, después de invertir los USD 20.000 que había conseguido ahorrar, mostró el resultado cerca de Siem Reap, la ciudad conocida mundialmente por su cercanía con los templos de Angkor Wat.
La casa está seis metros sobre un arrozal
La construcción está hecha principalmente en hormigón y se sostiene sobre pilares a unos seis metros de altura, lo que refuerza todavía más la impresión de estar observando un avión suspendido sobre el terreno.
Peou incorporó alas, cola, motores simulados y tren de aterrizaje, además de una estructura alargada inspirada en los jets privados que veía por internet.
Adentro, sin embargo, funciona como una vivienda. Tiene dos dormitorios y dos baños, además de sectores donde la familia puede comer y desarrollar una vida cotidiana.
Su propietario, que entonces tenía 43 años y era padre de tres hijos, tardó aproximadamente un año en terminar el proyecto.
Diseñó todo mirando videos porque nunca había volado
El detalle más paradójico de la historia es que Peou no utilizó la experiencia de haber viajado en avión para diseñar su casa.
Nunca había volado. Para entender formas, proporciones y características de los jets privados, pasó horas mirando videos e imágenes disponibles en internet.
A partir de ese material diseñó una interpretación propia que pudiera realizar utilizando conocimientos de construcción.
Su interés venía desde la infancia. Según contó a AFP, siempre había soñado con aviones y se sentía feliz de haber podido materializar finalmente aquella idea.
La vivienda terminó convirtiéndose también en una atracción
La casa no tardó en llamar la atención de personas que circulaban por la región. Peou comenzó a permitir que visitantes subieran, recorrieran el lugar y se sacaran fotografías, cobrando aproximadamente entre 50 centavos y un dólar según fueran residentes locales o turistas extranjeros.
Eso convirtió parcialmente la vivienda en una pequeña atracción, aunque el dinero invertido estaba muy lejos de ser pensado inicialmente como un emprendimiento turístico.
Su verdadero sueño, de hecho, quedó pendiente incluso después de terminarla: quería subirse algún día a un avión real.