En 2017, Maggie Johnson tenía 14 años cuando una tarea de la escuela la llevó al patio de su familia, en el valle de Shenandoah, Virginia. Debía desarrollar un proyecto para su clase de Agricultura y decidió construir un estanque. Nueve años después, el pozo que comenzó cavando a mano sigue allí y está lleno de vida.
La historia fue documentada en 2026 por la National Wildlife Federation a partir del relato y las fotografías de Steven David Johnson, padre de Maggie.
Antes de la transformación, el sector era básicamente un terreno cubierto por césped irregular donde predominaba el sonido de los grillos.
Primero investigó y después empezó a cavar a mano
Maggie no comenzó simplemente haciendo un agujero. Primero investigó diseños y características de estanques y después marcó en el suelo un círculo de aproximadamente 12 pies de ancho, unos 3,6 metros.
La excavación empezó durante el otoño boreal de 2017. Su familia fue involucrándose progresivamente y ayudó a acondicionar los bordes con tierra, piedras y vegetación.
Para la primavera de 2018, el estanque ya estaba lleno de agua. Y los primeros habitantes no tardaron demasiado en encontrarlo: los sapos americanos llegaron por sus propios medios apenas semanas después.
Las plantas fueron tan importantes como el agua
Con el paso del tiempo, la familia entendió que un cuerpo de agua por sí solo no era suficiente para crear un ambiente diverso.
Alrededor del estanque plantaron especies nativas como buttonbush, Joe-Pye weed y pickerelweed, capaces de ofrecer alimento, refugio y superficies donde distintos animales pueden desplazarse o reproducirse. Más tarde agregaron nenúfares blancos dentro del agua.
La transformación comenzó a hacerse audible. En las noches actuales se escuchan ranas arborícolas grises y ranas verdes, mientras insectos, anfibios y polinizadores utilizan diferentes partes del jardín.
El predio terminó incluso reconocido dentro del programa Certified Wildlife Habitat de la National Wildlife Federation, que contempla disponibilidad de agua, alimento, refugio y sitios donde las especies puedan criar.
A los 23 años todavía sigue observando lo que empezó en la escuela
Maggie tiene actualmente 23 años y continúa visitando y observando el estanque que comenzó siendo adolescente.
El resultado tampoco apareció por completo sin intervención. Durante los años siguientes hubo que incorporar plantas, mantener el entorno y proteger determinados sectores para conservar las condiciones que habían atraído a la fauna.