21 de octubre de 2018 - 00:00

Mucho más que una nueva derecha - Por Gonzalo Fiore Viani

La derecha busca interpelar a un actor político que parecía patrimonio del siglo 20: el trabajador.

Cuando Marine Le Pen y Matteo Salvini se reunieron en la sede del sindicato obrero UGL estuvo claro para todos que se trató no sólo de la consolidación de una sociedad política que pretende liderar a Europa por la próxima década, sino también del intento de dotar de contenido ideológico a un movimiento.

Se trata de la nueva ultra derecha nacionalista que viene arrasando electoralmente en varios países del viejo continente, y también del mundo, de carácter antiglobalista, que rechaza de plano la diversidad cultural y tiene como principal sujeto al trabajador, a quien consideran abandonado a su suerte por las demás corrientes políticas.

Si bien existen ciertos puntos en común, tanto con el fascismo italiano como el gaullismo francés, o los nacionalismos de los años 20 y 30 surgidos tras la crisis económica provocada por el crack del 29,  este fenómeno tiene características propias que lo hacen algo totalmente nuevo, y que solo puede ser explicado a partir del rechazo a la profundización del proceso de globalización de las últimas décadas. Líderes como Sebastian Kurz, Viktor Orban, Salvini o Le Pen comparten el rechazo a lo que consideran “las élites” que impulsan la  globalización que “destruye las culturas nacionales”, a la Unión Europea y a los políticos tradicionales, de quienes dicen han traicionado a sus pueblos para defender “intereses ocultos”.

En lo económico se consideran proteccionistas: creen que se debe controlar al capital, asegurar los derechos laborales y recortar en todos los campos, excepto en lo social; se declaran “enemigos de las finanzas”, como ha dicho Le Pen en 2017, y en su discurso hay un fuerte desprecio por la troika, el euro como moneda única y todo lo que tiene que ver con la integración regional y la Unión Europea.

En lo social son muy conservadores, cayendo en expresiones homofóbicas o misóginas, en contraposición a liberales como Macron, que ha hecho de las cuestiones de género una bandera de su presidencia y se viene enfrentando con Salvini por la problemática de los refugiados.

Figuras

Vladimir Putin, desde Rusia, ha sido considerado por muchos como una especie de padrino del movimiento, con el que no solo comparte un estilo de liderazgo autocrático y afinidades ideológicas en lo que concierne a lo económico y a su idea de lo que debería ser Europa, sino también su oposición tanto al matrimonio igualitario como a los derechos de las diversidades sexuales. En los últimos meses se ha mostrado muy cercano al canciller de Austria, el joven de 31 años Sebastian Kurz, ha intercambiado elogios con el mandatario húngaro Viktor Orban y con el primer ministro italiano Giuseppe Conte, del partido antiestablishment 5 Stelle, además de su asociación de larga data con el Frente Nacional francés.

Emmanuel Macron, con Angela Merkel en retirada y también complicada por el avance de la extrema derecha alemana, se ha considerado a sí mismo enemigo de este tipo de liderazgos, mostrándose como la cara de una Europa unida, tolerante, diversa y a su vez, amiga de los mercados y los capitales internacionales.

Lo cierto es que mientras el progresismo parece hablarle solo a las minorías, incorporando un discurso que tiene más que ver con la clase media urbana, sobre educada –y mayoritariamente blanca–, Salvini, Le Pen, Orban, Kurz, o –fuera de Europa– Donald Trump, buscan interpelar a un actor político que parecía patrimonio del siglo 20: el trabajador, específicamente, desempleado muchas veces debido a que su ámbito laboral se trasladó a algún país con mano de obra más barata.

Por lo pronto, Europa se encuentra como Odiseo, entre Escila y Caribidis: sin salida clara, debatiéndose entre los defensores a ultranza de la globalización y los que pretenden negar cualquier atisbo de diversidad.

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