5 de enero de 2020 - 00:00

Los tambores de la guerra que suenan demasiado fuerte

Para la Casa Blanca, Qasem Soleimani era el demonio. "Un hombre muy malo", según la definición del propio presidente Donald Trump.

Al eliminar a uno de los exponentes más poderosos y populares del régimen islámico iraní, Estados Unidos se sacó de encima al principal estratega contra sus intereses en  Oriente Medio y otros puntos del mundo. Pero lejos de haber tomado esa medida para evitar una guerra, según las declaraciones de Trump, este hecho sin dudas atiza aún más las tensiones entre norteamericanos e iraníes a extremos cada vez más peligrosos.

 

Nadie con conocimientos básicos sobre la dinámica de conflictos en Oriente Medio (y en particular sobre el comportamiento del gobierno de Teherán) puede suponer que el bombazo contra uno de sus jerarcas implica ponerle el cascabel al gato.

Si la intención de Estados Unidos fue disuadir al régimen islámico respecto a sus planes militares en el Golfo Pérsico y otros puntos calientes de la región, la realidad es que desde el 2 de enero el mundo está más en peligro que antes de un conflicto de derivaciones inciertas.

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La operación militar norteamericana que terminó con la vida de Soleimani es otro eslabón, quizás el más delicado, de una larga serie de incidentes en el área del Golfo y que tienen como principal manifestación los ataques a buques cargueros y oleoductos.

Pero Estados Unidos también señala a Irán como responsable de desestabilizar a países vecinos, como Irak o Yemen, a través de la intervención directa de efectivos militares o el apoyo a milicias aliadas. Esa era, para Washington, la misión central del malogrado jefe de la fuerza de elite iraní conocida como Quds.

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Tablero riesgoso

Desde que la invasión norteamericana acabó con la monolítica estructura de poder diseñada por la dictadura de Saddam Hussein, el complejo entramado político de Irak desde 2003 tiene como resultado un delicado y endeble equilibrio interno, agravado por la guerra contra el Estado Islámico y la lucha de distintas fracciones armadas dentro de su territorio. Ese es el principal tablero donde dirimen su fuerza Washington y Teherán.   

La consecuencia de esa situación es la polarización y la inestabilidad que debe soportar la sociedad iraquí, cuyos ciudadanos hace muchas décadas no pueden encontrar la paz o, al menos, un estilo de vida más o menos parecido a un país normal. En ese marco, distintos analistas no ven probable, sin embargo, que Estados Unidos e Irán elijan al territorio de Irak como un escenario de guerra total entre sus propias fuerzas militares.

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Podría ocurrir, en cambio, una intensificación de las operaciones de milicias armadas proiraníes, pero no sólo en Irak, sino también en otros países del área como Yemen, Líbano, Siria y las aguas del Golfo Pérsico. Sin descartar, desde luego, un creciente riesgo de atentados en Occidente.

Encrucijada argentina 

De manera fortuita, al mismo tiempo que recrudeció la tensión entre Estados Unidos e Irán, en Argentina se reactivó el debate sobre el caso Nisman a partir de un documental de Netflix (El fiscal, la presidenta y el espía). Las ambigüedades o, más bien, contradicciones sobre el tema del presidente Alberto Fernández, rodeado de una estructura política que en el pasado mostró simpatías con el régimen de Irán, han puesto en la mira de Washington los movimientos de la Casa Rosada.

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Mientras gobernó Mauricio Macri, Trump tenía en Argentina a un aliado en la región. Ahora eso está en duda.

En un clima de desconfianza y cuando el gobierno argentino más necesita de los buenos oficios del magnate de la Casa Blanca para resolver cuestiones acuciantes, cualquier paso en falso puede ser letal. En ese marco, los responsables de la política externa deben mostrar todo su profesionalismo. Y eso es motivo de grandes dudas.

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