11 de mayo de 2015 - 00:00

Laurie Anderson en Buenos Aires: el lenguaje de la sutileza

La multifacética Laurie Anderson, una de las más famosas y creativas artistas de Norteamérica, pasó por Buenos Aires el pasado viernes brindando un inmejorable concierto en el Teatro Ópera.

En un austero escenario con una cincuentena de velas en el suelo, un sofá, un sintetizador, un violín eléctrico y una proyección de fondo donde podía leerse el subtítulo de sus textos en letra blanca sobre gris sin ningún otro acompañamiento, el pasado viernes la artista norteamericana de performance audiovisual Laurie Anderson, vestida de riguroso negro, brindó una clase magistral de narración oral y sutileza hipnótica en el Teatro Ópera de Buenos Aires.

“The Language of the Future”, tal el nombre del espectáculo, conjuga aspectos tecnológicos con la narración oral, que en cierto modo es una de las formas más antiguas de arte y de transmisión de experiencia.

De esa manera, a través de un registro minimalista tanto en su tono de voz como en la instrumentación de las piezas, la artista (pareja del músico Lou Reed desde 1992 hasta su fallecimiento) recorrió con modos zen y humor sutil pero recurrente una colección de breves historias que retrataron la cultura contemporánea (y la aborigen, la oriental, la amish o la animal) con un registro poético que cautivó a su audiencia desde el comienzo hasta la última nota sostenida de su violín eléctrico, que fue seguida por varios segundos de silencio hasta que estallaron los aplausos finales.

Anderson, una de las artistas más reconocidas de la actualidad, ha tenido una multifacética carrera a través de diferentes disciplinas artísticas, entre las que se destacan sus roles como compositora, cantante, dibujante, poeta, fotógrafa y cineasta, manteniendo siempre una actitud innovadora en el uso de la tecnología aplicada a las artes visuales y sonoras.

Así saltó a la popularidad en 1981 con su pieza “O Superman”, la cual sorpresivamente, más allá de su orientación avant-garde, consiguió la cima de los charts de música popular británicos, dando forma desde entonces a una búsqueda que deslumbra a partir de una austeridad de elementos a la hora de la interpretación.

Recientemente el Museo de Arte Contemporáneo de Lyon, Francia, produjo una retrospectiva itinerante de su obra que contiene instalaciones, audios, instrumentos y videos y que abarca la carrera de Anderson desde los setenta hasta la actualidad.

Algunos de sus álbums más reconocidos son “Big Science” (1982), “Strange Angels” (1989), “The Ugly One with the Jewels” (1995) y la banda de sonido de un documental de sus presentaciones en vivo a comienzos de los ochenta, “Home of the Brave” (1986).

En el espectáculo del viernes la artista narró episodios que podían ir desde  sus experiencias en una tribu Tsotsi del sur de México hasta el fabuloso relato de su estadía junto una familia amish (sentados durante días a la mesa de la cocina) o el año que pasó como cajera de MacDonalds (“La única vez en mi vida en que pude darle a la gente exactamente lo que me pedía”), mezclando anécdotas de tradición zen con monólogos autobiográficos (una sutil y entretenida performance cercana al stand-up) que retrataron con ironía y autocrítica la sociedad de consumo.

Así, tal como sucedió en los últimos años con Caetano Veloso o Bob Dylan y otros artistas de su talla que pasaron por nuestro país, Laurie Anderson volvió a demostrar que un buen espectáculo no necesita de deslumbrantes puestas en escena desbordadas de artificios atrapantes y discursos demagogos para con la audiencia: basta con una idea y una intención sincera para que el público sienta que el tiempo compartido valió la pena.

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