El presidente Donald Trump empezó el lunes como ha empezado muchas otras mañanas presidenciales: desatando un feroz ataque en Twitter contra los críticos que sugirieron que su equipo de campaña se coludió con los rusos en el 2016.
El presidente Donald Trump empezó el lunes como ha empezado muchas otras mañanas presidenciales: desatando un feroz ataque en Twitter contra los críticos que sugirieron que su equipo de campaña se coludió con los rusos en el 2016.
Para la tarde, James B. Comey, el director de la FBI, había demolido, sistemáticamente, sus argumentos en una notable bajada pública al presidente en turno.
Hasta un aliado cercano de Trump, el representante republicano por California, Devin Nunes, el presidente del Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes, reconoció, al final de las comparecencias del día, que “una nube gris” de sospecha pende ahora sobre la Casa Blanca.
Lo más probable es que la declaración de Comey y la del almirante Michael S. Rogers, su contraparte en el Departamento de Seguridad Nacional, enerve y distraiga al gobierno de Trump durante semanas, si no es que más tiempo, y eclipse las buenas noticias, como el impresionante debut del juez Neil M. Gorsuch, su nominado a la Corte Suprema, el lunes, el primer día de las comparecencias para su confirmación. Sin embargo, es la obsesión y la ferocidad de la resistencia de Trump contra los alegatos rusos, a menudo sin hechos ni tacto, lo que está haciendo que una situación incierta sea peor.
Los aliados de Trump han empezado a preguntarse si su necesidad de expresión personal, con frecuencia en los medios sociales, excederá a su instinto de sobrevivencia, con resultados desastrosos, tanto para el presidente como para el partido, cuyo destino ahora está estrechamente ligado al suyo.
“Los tuits nos dificultan muchísimo más mientras tratamos de armar un caso en contra de estos filtradores”, dijo el representante republicano por Nueva York, Peter T. King, quien es parte del Comité de Inteligencia. “Siempre tenemos que estar respondiendo preguntas sobre los tuits; nos pone a la defensiva todo el tiempo cuando podríamos estar armando el caso para el presidente”.
Y la fijación de Trump en estar peleando está minando su credibilidad en un momento en el que necesita alternar la acción ejecutiva de yo lo hago solo, con la acción congresal de colaboración, para las ambiciosas legislaciones de la atención de la salud, el presupuesto y la infraestructura. “No siempre me gusta lo que está diciendo el presidente”, le dijo el mes pasado el líder de la mayoría en el Senado, Mitch McConnell, a The Washington Examiner. “Yo sí pienso que él, frecuentemente, al meterse en otros asuntos, desvía la atención (de) las mismísimas cosas sustanciales que ya estamos logrando”.
Con una encuesta de opinión de Gallup, que se dio a conocer el lunes, se encontró que Trump tiene un abismal 37 por ciento de aprobación; otras encuestas recientes colocan su popularidad en los cuarentaitantos puntos, pero incluso ese nivel está entre los más bajos que se hayan registrado alguna vez para un presidente en el inicio de su primer mandato.