3 de marzo de 2013 - 23:09

Una paz impuesta a la fuerza

El reloj no marca aún las cinco de la mañana cuando la favela de Cajú, en la zona portuaria de Río de Janeiro, está repleta de policías de la tropa de élite, vestidos de negro y fuertemente armados: son los responsables de “imponer la paz” en las barriadas recuperadas del poder del narcotráfico.

En la oscuridad y en grupos de ocho, los efectivos del Batallón de Operaciones Especiales (BOPE) van revisando cada calle, cada rincón, con una agilidad y sincronía asombrosa que termina en una coreografía de sus armas que suben y bajan, sin descuidar nunca la guardia.

“El primer paso es la imposición de la paz”, explica el mayor Iván Blaz, jefe de comunicaciones del BOPE.

Aún no sale el sol y una casa parece sospechosa. Dos oficiales tocan la puerta. “Vivo aquí con mi esposa, esta casa es herencia de mi papá, aquí no hay nada”, responde un muchacho de unos 30 años con voz nerviosa. Los policías piden para entrar y el hombre ofrece alguna resistencia.

“Déjalos entrar por el amor de Dios, no tenemos nada que ocultar”, grita angustiada una mujer desde adentro. Pero los policías no hallaron nada en la vivienda.

La dinámica de estas ocupaciones es similar: la Marina hace una primera entrada en vehículos blindados para abrir el paso a cientos de policías. Solo en Cajú, clave por su cercanía al aeropuerto internacional  trabajaron 1.300 policías, apoyados por 17 blindados y dos helicópteros.

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