Ha sido una sorpresa pero reconozcamos que en la última elección -cuando se escogió a Benedicto XVI- estuvo entre los primeros.
Ha sido una sorpresa pero reconozcamos que en la última elección -cuando se escogió a Benedicto XVI- estuvo entre los primeros.
Lo primero que hay que tener en cuenta es que la elección de Bergoglio es una señal inesperada, porque implica una salida de Europa y de los circuitos más o menos esperables para estos casos.
Se hablaba de un cardenal norteamericano, lo que enviaba un tipo de mensaje al mundo. También de un brasileño que, aunque interesante, era muy conservador. Bergoglio es de un país pequeño, de poca significación para la Iglesia, aunque se piense lo contrario. Pero lo importante de él es que se sale de alguien de la Curia Romana, del aparato de poder del Vaticano, aunque es un hombre que conoce largamente las leyes del juego, los pros y las contras.
Francisco I es un hombre consagrado al trabajo con la gente, que no se ocupa de los grandes temas y que rompe con la línea de los Papas anteriores Juan Pablo II y Benedicto XVI. Es una señal de que se pone en primer lugar al pueblo cristiano porque Bergoglio es un hombre de ideas avanzadas como lo fue en su momento Juan XXIII.
En cuanto a la elección del nombre Francisco, hay que tomar en cuenta tres elementos. Primero, que no se había usado nunca y eso es una ruptura, lo que da lugar a algo nuevo. En segundo lugar, que hace alusión a San Francisco de Asís. Después de Jesús de Nazareth es el testimonio cristiano más original, de un cristianismo radical y puro. Y si bien Bergoglio es jesuita, estos no ha sido los mejores amigos de los franciscanos. Podría haber elegido llamarse Ignacio, por lo que la elección constituye un gesto admirable porque tiende a un acercamiento.
Me gustó mucho la primera oración en San Pedro, porque, antes de bendecir a otros, pidió para sí la bendición del pueblo.