Si somos la ciega y absoluta casualidad, ¿qué pensar de la dignidad inherente a la persona humana? ¿Qué decir de sus derechos humanos básicos y de sus libertades fundamentales? ¡Qué dignidad inalienable puede tener lo que no es, sino materia? ¡Qué derechos y libertades inmanentes para lo que es un simple animal?
Rodeamos de cuidados una escultura se Miguel Ángel, un cuadro de Velázquez, un ánfora griega, ¿pero qué dignidad tienen? Atendemos animales porque son hermosos, fieles,útiles y valen dinero, ¿pero qué derechos y libertades inviolables les reconocemos? Ninguno. En caso de peste o de que nos molesten, aún por simple deporte, los matamos sin escrúpulos. Pues ¿qué dignidad, ni derecho ni libertades tendríamos si no fuéramos más que materia vivificada al azar? Visto así, el ser más perfecto, el hombre, sería paradójicamente el más desgraciado de todos los animales. Y sabemos de nuestra limitación, de la finitud, los problemas, sufrimientos, enfermedades y como fin, vejez y muerte. Y resulta que los hombres, pura materia y ante la indiferencia del universo, destinados a la muerte, a la nada, al no-ser como cualquier animal.
Su mayor perfección sólo les servirá para vivir en la angustia y en la desesperación y les convertirá "en un ser absurdo, en una pasión inútil, un proyecto imposible, una aventura condenada al fracaso". Por el contrario, si Dios existe, existe el espíritu y el hombre, además de ser un animal en cuanto a su cuerpo, es también un espíritu puro, sustancialmente unidos. Cada persona es única e irrepetible, fin de toda la creación, tiene un alma espiritual creada por Dios individualmente de la nada. Se explica nuestra interioridad, autoconciencia y libertad, las geniales creaciones de los hombres en las ciencias, la filosofía, las artes, así como la bondad, la entrega generosa, el amor el perdón, el heroísmo y la santidad de santos héroes y tantos anónimos.
Dostoievski, tiene una frase terminante: "Si no hay Dios todo está permitido". El mundo ha perdido a Cristo, por eso el Occidente muere. A la pregunta de qué nos pasa, la respuesta es que la humanidad se aleja de Dios, prescinde de Él y actúa como si no existiera. Se olvida de mirar al cielo. La humanidad camina sin rumbo, sin horizontes, sin esperanza, padece el desconcierto, la angustia, el vacío. No aspira más que a vivir aquí abajo, solo anhela los bienes materiales insuficientes y huidizos y se le hace imposible vivir. La solución es comenzar a mirar hacia arriba, a suspirar por lo espiritual, por el amor, por la esperanza, por la fraternidad, por la paz.
Toynbee diagnosticaba: "Para una Paz permanente y verdadera, una revolución religiosa es una condición sine qua non".
Aprovechemos esta Semana Santa para meditar.
