"Cuidado, hay un francotirador en el cerro", grita un policía. Una breve detonación y la bala se incrusta en su bunker, cerca de la escuela del pueblo. En las montañas de Colombia, la guerra de nervios se encuentra en pleno auge, mientras en Cuba se negocia la paz. Ubicado en el departamento de Cauca, en el suroeste de Colombia, el pueblo de Toribío, rodeado por la cordillera de los Andes, es un terreno ideal para los fusiles de las FARC.
Tras casi medio siglo de conflicto armado, las conversaciones instaladas en Noruega y que prosiguen desde ayer en La Habana no convencen a la población de la zona, blanco frecuente de los hostigamientos. "Cuando oyen los disparos, los niños se ponen a gritar, a llorar, y se esconden bajo la cama", refiere Sandra Muñoz, una comerciante de 38 años cuyo padre murió el año pasado por la explosión de un autobús. "Ese proceso de paz no cambió nada. Es una guerra psicológica siempre. Incluso cuando no pasa nada, tenemos el temor de que ocurriera algo", dice.
Con unos 9.200 guerrilleros, las FARC, surgidas hace 48 años de una rebelión campesina, defienden encarnizadamente este corredor, estratégico para la salida de las drogas, rodeado de cultivos de marihuana y coca en las montañas adyacentes.
La estación de policía, ubicada en pleno centro de Toribío, es el principal objetivo de los guerrilleros, para desesperación de sus habitantes.
En julio pasado, tras una fuerte ofensiva de las FARC sobre Toribío, la comunidad indígena desalojó a los militares de la zona en demanda de que sus territorios sean respetados como áreas fuera del conflicto. Sin embargo, los militares regresaron poco después.