13 de junio de 2026 - 07:00

Gonzalo Peñalva: "Nuestros costos subieron más del 60%, pero los precios están planchados"

El dueño de The Sportsman analiza los cambios en el consumo, el impacto de las importaciones, los costos y los desafíos del sector textil en Argentina.

Con más de un siglo de trayectoria familiar, Gonzalo Peñalva, referente de The Sportsman, analiza cómo la combinación de precios, costos crecientes y menor consumo redefine el negocio del vestir masculino. En esta entrevista del ciclo Valor Agregado repasa la historia de la empresa y los desafíos que enfrenta hoy el retail argentino.

—Sos la tercera generación de una familia vinculada al rubro textil en Mendoza y San Juan...

—La historia empieza con mi abuelo, que llegó a la Argentina en 1919, después de la Primera Guerra Mundial. Era oriundo de La Rioja, España, y se instaló primero en San Juan junto a un hermano. Allí formó una sociedad con otro compatriota y abrieron el primer local en la esquina donde hoy está la Catedral.

Ese negocio funcionó hasta 1992. En 1926 mi abuelo se trasladó a Mendoza y abrió un segundo local sobre calle San Martín. Más adelante, en 1940, compró la esquina que durante décadas fue un símbolo del comercio mendocino. Estuvimos allí hasta 2006. Después, por cuestiones societarias y necesidades de capital, vendimos la propiedad y comenzamos una nueva etapa buscando otras ubicaciones.

—¿Qué rol tuvo tu padre en el crecimiento de la empresa?

—Mi padre era contador, egresado de la UNCuyo, y tuvo una mirada muy moderna para la época. Transformó un comercio familiar en una empresa. Incorporó herramientas de gestión, estadísticas y planificación. Además, fue un visionario en materia de publicidad.

Trabajó junto a Yoyo Giúdice, un personaje muy conocido en Mendoza, y lograron posicionar la marca con campañas enormes en diarios, radio y televisión. En aquellos años había dos canales y no existía el control remoto. Las publicidades tenían una presencia muy fuerte y ayudaron a convertir a The Sportsman en una marca muy reconocida.

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—¿Cómo cambió el modo de vestir del hombre mendocino a lo largo de estas décadas?

—Cambió muchísimo. En la época de mi abuelo, prácticamente todos usaban traje. Se iba a la cancha con traje y sombrero. Las opciones eran muy limitadas: camisas blancas, pocos colores y muy pocas variantes.

Con la generación de mi padre, comenzaron a aparecer las marcas. Incorporó firmas como McGregor y después Pierre Cardin, incluso con locales exclusivos en Mendoza y San Juan. Ahí el negocio se volvió mucho más complejo porque ya había que trabajar con colores, texturas, camperas, sweaters y distintos estilos.

Hoy la complejidad es enorme. Trabajamos con varias marcas y cada temporada implica tomar cientos de decisiones. Hacer la compra de mercadería es una ruleta. Hay que elegir modelos, colores, talles y cantidades. Es una apuesta permanente.

—¿Por qué la compra de mercadería es una "ruleta"?

—Porque realmente lo es. Tomemos el caso de las camisas. Tenés decenas de modelos distintos y después ocho talles por cada uno. Hay que decidir qué va a funcionar y qué no. Y eso multiplicalo por todas las categorías y todas las marcas.

Por más experiencia que tengas, es imposible acertar siempre. Por eso existen las liquidaciones. Son la forma de dar salida a todo aquello que no tuvo la respuesta esperada.

—¿Qué tan difícil es vender indumentaria masculina hoy?

—Muchísimo. La realidad es que Argentina viene perdiendo consumo desde hace años. Nosotros vendemos menos unidades que antes y el mercado se fue achicando. Además, el hombre en general le dedica muy poco tiempo a la ropa.

Es muy distinto a lo que ocurre con la mujer. Muchas veces son ellas las que terminan comprando para sus parejas o impulsándolos a renovar el guardarropa. Hay un segmento de hombres interesados en la moda, pero también hay muchos que compran únicamente por necesidad. Si necesitan un abrigo porque llegó el frío, compran un abrigo. Si no lo necesitan, no entran al local.

—¿Cómo impactó la apertura de las importaciones en el sector?

—Fue muy fuerte, especialmente en los últimos dos años. Estoy a favor de una economía más abierta porque ayuda a mejorar precios y generar competencia. Pero creo que el proceso tendría que haber sido más gradual. La industria argentina necesitaba tiempo para adaptarse, acceder a financiamiento, incorporar tecnología y reducir costos. La apertura fue muy rápida y eso dejó a muchas fábricas en una situación complicada.

—¿Creés que hubo un proceso más rápido de destrucción que de construcción?

—Sí, totalmente. Hay industrias muy buenas, con fábricas modernas y cientos de empleados, que de repente tuvieron que competir contra productos importados sin una transición previa. Los comerciantes encontramos maneras de adaptarnos porque podemos cambiar proveedores o incorporar nuevas alternativas. Pero para quien tiene una fábrica y una estructura industrial grande, el desafío es mucho más complejo.

—Existe el mito de que la ropa china es de mala calidad, ¿sigue siendo válido?

—No. Creo que es una percepción que quedó del pasado. China mejoró muchísimo en calidad, como ocurrió con los autos. Hoy se fabrica de todo: productos básicos, intermedios y excelentes. Muchas marcas internacionales producen en Oriente con estándares altísimos. Incluso, hay prendas que en Argentina directamente no se pueden fabricar porque falta maquinaria o tecnología.

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