7 de septiembre de 2013 - 01:11

Del G-20 al G-0: crisis de liderazgo y guerra en Siria

Estamos presenciando la peligrosa ausencia de un sistema colectivo de seguridad. La cumbre que acaba de terminar fue una exposición frondosa de desacuerdos.

Ni el G-7 de las grandes economías, o el G-20 ampliado con los emergentes, ni siquiera un G-2 armado entre los colosos norteamericano y chino. Lo que parece aletear detrás del ruido cacofónico de los discursos, es un G-Cero, un orden global sin un liderazgo concreto y organizador. Podría ser hasta una buena idea, visto desde una perspectiva más bien estrecha.

Sin embargo, no todo es lo que aparenta ni esa carencia implica de modo lineal la autonomía que se podría suponer. El economista Nouriel Roubini, quien, junto al politólogo Ian Bremmer, desarrolló esta tesis del G-0 hace un puñado de años, advirtió que ausencias, por ejemplo, de acuerdos de alto nivel sobre cuestiones como un sistema colectivo de seguridad que se centre en la economía, y no en el poder militar, “no es sólo irresponsable sino peligrosa”. Es lo que estamos viendo.

La cumbre del Grupo de los 20 que acaba de culminar en San Petersburgo fue una exposición frondosa de desacuerdos en un presente que, en cambio, requeriría de cierta calibración para que las cosas no acaben en la anarquía. Siria, debido a los últimos acontecimientos, terminó siendo el eje superlativo del encuentro, pero la controversia sobre el país árabe y el eventual ataque de EEUU no es lo único que debería verse en torno a este foro.

Desde la cita de Londres de 2009, que reaccionó a la crisis global iniciada un año antes con un programa de estímulos de la economía, nada nuevo ha sucedido y el planeta se ha partido ni siquiera en partes iguales con una de las concentraciones de la riqueza mayores de la historia.

Esa inequidad que cada tanto se hace evidente con la irrupción de muchedumbres furiosas de indignados o sangrientas rebeliones, es una bomba de relojería que nadie desactiva, menos sus arquitectos, ilusionados con la destrucción de las conquistas sociales de la posguerra. Entre tanto, se multiplican los conflictos; las guerras comerciales; el proteccionismo; el ultranacionalismo y su consecuencia de democracias de pobre grosor institucional.

Esa ausencia de coordinación superestructural tiene efectos diversos, entre ellos el surgimiento de liderazgos alternativos, acotados pero inevitables que se afirman en esos vértices deshabitados. La presencia de Rusia, por ejemplo, se ha hecho más influyente en el espacio en el que bascula entre Europa y Asia y es uno de los principales muros sobre los que se estrellan las intenciones bélicas de EEUU para avanzar sobre Siria.

Esto sucede pese a que el poder militar y económico ruso, aliado histórico del gobierno de Bashar Al Assad, es infinitamente menor que el norteamericano. Ha sido posible ver estos días la estampa de un Vladimir Putin casi sonriente con el dedo alzado sobre las narices de su colega Barack Obama, impotente para ejercer las diferencias y atrapado en una soledad histórica con su plan de guerra. Pero lo cierto es que no sólo los rusos aspiran a que no haya tal ofensiva. La cumbre negó un consenso en el documento final sobre esta crisis y también quitó aire a una coalición que rodeara a la Casa Blanca detrás de su objetivo.

Lo que le sucede a Obama es que de un instante al otro se le desbarató el orden al que suponía más inmutable en la región. No esta la democracia tutelada en Egipto y no alcanza la presencia en El Cairo de una dictadura confidente de EEUU. Irán, que era sencillo aislarlo en alianza con la constelación árabe y los socios del Norte mundial gracias al autoritarismo pedante y camorrero de su anterior gobierno, mutó a una propuesta más sofisticada y de discurso tolerante con la asunción de un presidente por el que nadie apostaba que ganaría.

La dictadura siria, a la que se dejó las manos libres por más de dos años en la seguridad de que no caería ni triunfaría, devino, por esas transformaciones, en un factor de renovado valor geopolítico. Lo abrupto de estos cambios explicaría el manejo diplomático tosco del denunciado ataque químico del 21 de agosto. Al margen de la controversia sobre ese hecho que Moscú atribuye a los rebeldes y EEUU a la dictadura, lo cierto es que Obama no ofreció pruebas indudables que permitieran sellar una alianza internacional y aseguraran respaldo local para legitimar el ataque. El portazo del G-20 fue aún más allá. Reveló un desinterés nada disimulado de sus antiguos aliados por defender el lugar hegemónico de EEUU.

En esas circunstancias, los tropiezos son difíciles de evitar. Ante ese vacío la cancillería norteamericana intentó mostrar iniciativa exhibiendo una mínima cosecha de aliados militares, que incluyó a los minúsculos Kosovo y Albania. Otra lista que difundió la Casa Blanca, de naciones que demandan una “respuesta fuerte” sobre Damasco, también pareció responder a las urgencias. Incluyó a Gran Bretaña, cuyo Parlamento vetó cualquier acción guerrera, y colocó junto a Turquía o Francia, claramente a favor del bombardeo, a Italia, Surcorea o España, que piden una salida política al estilo de la que clama el Vaticano.

Obama enfrenta, además, el desafío para obtener el voto del Congreso, incierto por la resistencia a la operación militar que exhibe la oposición republicana que domina la Cámara de Diputados. Esa dificultad también cruza a los demócratas y se notó en el apretado voto 10 a 7 en la comisión de Exteriores del Senado, donde es el oficialismo la primera minoría. Sucede que en dos décadas se vio un rechazo público tan agudo a una guerra y eso ata las manos de los legisladores.

El presidente norteamericano está atrapado: pierde si avanza y pierde si no lo hace. En Rusia eludió una respuesta concluyente a un periodista sobre si atacaría aún sin respaldo legislativo. Lo hará seguramente para esquivar el daño político de no hacerlo. Pero abrirá una acción que no se sabe si podrá tener un rumbo controlado y metas específicas.

Putin advirtió ayer en Rusia que ayudará a Damasco si sufre una acción militar exterior. No dio detalles pero alimentó temores de una pasmosa deriva. En todo el escenario será clave la intemperie política en que se está alistando esta ofensiva. La idea original de un golpe limitado de un par de días sobre blancos convencionales sirios y sin derrocar al gobierno, parece poco ahora si Washington pretende mostrar que aún tiene músculos. Vale alarmarse. Otra guerra puede estar por comenzar en los moldes de las de Irak o Afganistán.

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