Paulo Londra atraviesa un momento de mayor serenidad. A los 28 años, después de una etapa marcada por el conflicto legal con sus antiguos socios discográficos, el rapero cordobés parece haber encontrado otra manera de relacionarse con su carrera: sin renunciar a la ambición artística, pero con menos presión y una idea más clara de lo que quiere preservar.
“Estoy en un momento muy emocional, muy alegre. Estoy muy confiado, muy tranquilo”, dijo al comienzo de una entrevista con Clarín.
Ese estado de ánimo encuentra una correspondencia en "entre CIELOS", su nuevo álbum de estudio, compuesto por diez canciones y atravesado por una sonoridad más festiva, con influencias de los años 2000. “ Me siento como un cielo despejado y siento que la música para mí simboliza eso”, explica. En esta nueva etapa, Londra se muestra dispuesto a explorar otros sonidos, pero también a disfrutar de una carrera que, después de los años de incertidumbre, vuelve a estar bajo su control.
El volver a la música de Paulo Londra
Hubo un tiempo en que Paulo Londra pasó de convertirse en una de las figuras centrales de la música urbana latinoamericana, gracias a canciones como "Adán y Eva", "Tal vez" y "Nena maldición", a quedar atrapado en una disputa contractual con sus antiguos socios del sello Big Ligas, el productor Ovy on the Drums y el empresario Kristo.
El conflicto limitó su posibilidad de publicar música nueva y lo mantuvo alejado de los lanzamientos hasta 2022, cuando regresó con "Plan A". El tema alcanzó el segundo puesto del ranking global de Spotify pocas horas después de su estreno y acumula 266 millones de reproducciones. Ese mismo año publicó " Back to the Game", su segundo álbum de estudio, con colaboraciones de artistas como Ed Sheeran, Duki, Feid, Lit Killah, Timbaland y Travis Barker.
De aquel período conserva un recuerdo que excede cualquier cifra o posición en los rankings. Fue el día en que le confirmaron que podía volver a hacer música. Al salir del juzgado, encontró a su padre en el estacionamiento. “Dijimos 'ya está', nos dimos un abrazo en el estacionamiento que no me lo voy a olvidar más, qué lindo”, recuerda con una sonrisa.
La disputa también tuvo una dimensión familiar. Durante tres años, su padre participó de llamadas con abogados e intentó seguir en inglés los detalles de un conflicto que parecía interminable. En plena pandemia, las conversaciones entre ambos podían extenderse hasta la una de la mañana. Londra recuerda el desgaste de aquellos días y el esfuerzo de quien lo acompañó durante la espera. “Verlo a él indignado me mataba, me mataba, pero seguía”, cuenta.
Cuatro años después de recuperar el control de su carrera, el músico reconoce que algunas de las exigencias del oficio siguen resultándole difíciles. Los horarios, los viajes y los días lejos de Córdoba, su ciudad natal, son parte de una dinámica que no siempre disfruta y que también aparece en "Me asfixia LA CIUDAD". Sin embargo, hoy intenta atravesarla de otra manera. “Lo tomo para concentrarme en esto que amo, que es la música. Pero desde un lugar más tranquilo, con mi equipo estamos disfrutando más el proceso”, explica.
Sus hijas, su prioridad
La paternidad es uno de los cambios más importantes en la vida de Londra. Isabella y Francisca, sus hijas con su expareja Rocío Moreno, y Justina, nacida en marzo de este año y fruto de su relación con Martina Quetglas, modificaron su manera de entender el amor, las responsabilidades y el éxito.
El cantante atravesó duros conflictos legales para poder seguir con su carrera. Foto: Gentileza.
Gentileza
Cuando organiza una gira o coordina compromisos con su equipo, hay una pregunta que aparece antes que las demás: “¿por cuánto tiempo nos vamos?”. A partir de esa respuesta, intenta ordenar el resto de sus actividades para no perderse la vida cotidiana de sus hijas. Volver a casa, acompañarlas y verlas crecer forman parte de una escala de prioridades que hoy convive con su vocación musical.
En la educación de las niñas también busca recuperar algunas de las enseñanzas que recibió de sus padres. De su madre, ama de casa, destaca el amor incondicional y la fe. La recuerda como una mujer que siempre “despierta con una sonrisa que te alegra el día”. De su padre, que trabajó como gendarme, aprendió el valor del esfuerzo y la importancia de encontrar sus propios caminos. “Hicieron un buen equipo, siempre me dejaron volar alto”, dice.
La relación con su padre también estuvo marcada por una forma exigente de acompañarlo. Cuando quería aprender un truco con la patineta, por ejemplo, no encontraba el camino despejado: tenía que insistir y buscar la manera de sorprenderlo. Esa dinámica, que le enseñó a confiar en sus propias capacidades, es una de las experiencias que intenta trasladar a la crianza de sus hijas, aunque reconoce que con ellas le resulta más difícil mantener la misma distancia.
“Nosotros como adultos tenemos un montón de miedos que imponemos a los chicos y no está bueno. Hay que dejarlos volar”, reflexiona. La frase sintetiza una tensión propia de la paternidad: proteger a los hijos sin impedirles que descubran el mundo por sí mismos.
Para describir el vínculo con las niñas, recurre a una imagen sencilla. El amor, dice, “se parece a un equipo”, en el que, si alguna está “con la flechita para abajo”, él tiene que intentar “poner la flechita para arriba”. También desea que encuentren una relación con la espiritualidad que las acompañe a lo largo de la vida. “encuentren el amor puro de Dios”, expresa, y agrega: “la fe en él evoluciona a medida que las veo crecer a ellas. Ahí está Dios”.