—Yo vivía en Godoy Cruz, pero toda mi infancia casi me la pasaba en la calle Agustín Álvarez, Quinta Sección, donde estaba la casa de mis abuelos paternos, italianos. Y justamente por ahí existía una escuela artística donde funcionaban los Niños Cantores de Mendoza. Estaba en Agustín Álvarez 250. Mi abuela pasaba por ahí todos los días. Y un día llegó y le dijo a mi mamá: “Gloria, lo’ incribí’ al Alecandro en lo Nino Cantore”. Yo había entrado muy chico a la escuela Don Bosco, a los 5 años, y ya cantaba en el coro de la escuela. Y de ahí no dejé más hasta los 14, hasta el último momento en que me pude sostener con el cambio de voz. Ese era mi lugar en el mundo.
—¿Cómo fue el aprendizaje?
—Era un mundo que desconocía. Pero cuando entro en los Niños Cantores de Mendoza, descubro que había un mundo sonoro alucinante. Era el año 1967 y el coro se preparaba para el viaje a Europa que haría que allí lo compararan con los Niños Cantores de Viena. Y yo estaba en ese mismo coro, con el que hicimos un viaje a Chile antes de Europa. No pude hacer el otro viaje porque era muy chiquito. Pero ya me estaba formando en un lugar donde estaba Víctor Volpe como el director, pero también Susana Antón, una gran profesora de música y compositora enseñaba música y técnica de canto. Juanita Guevara estaba también y estaba Alfredo Dono.
—Estabas en una élite.
—Claro. Y yo desde que entré me sentí como pez en el agua. Iba a la escuela como un niño normal, pero a la tarde, todos los días, ¿eh?, había ensayo yo no me perdía ni uno. No había racionalizado lo importante que era la música en mí ni me había dado cuenta del todo de que estaba hecho para eso, aunque vinieran después casos que me lo mostraban, como el hecho de que cuando luego ingresé en un grupo parroquial, lo primero que hice fue armar un coro.
—No fuiste a Europa, pero años después, en 1971, te subiste a un micro con el coro en la plaza Indendencia y llegaste a Japón. ¿Qué significó ese viaje para vos?
—Esa es la historia que cuenta tu libro De Mendoza a Tokio. Salimos de Mendoza, y fuimos cantando en Chile, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, en todos los países hasta llegar a Estados Unidos. Vivimos las mil y unas y terminamos llegando a cantar en el país más lejano posible. Fue un viaje decisivo, que me marcó para siempre. Aprendimos de música, porque no sólo viajamos con Víctor Volpe y Alfredo Dono, sino que también iba el gran pianista Emilio Dublanc, Yo me sentaba en el micro al lado de él en el viaje y hablaba de música: ya iba aprendiendo. Si Víctor Volpe me inspiró para siempre, él también lo hizo: de hecho, se ha armado hace poco una fundación a nombre de Dublanc en la que hice un gran aporte de datos y objetos. No había manera de que yo no me vinculara para siempre con la música.
Alejandro Scarpetta en 1972 cuando, como integrante del Coro de Niños Cantores de Mendoza, viajó a Japón. Esa historia está reflejada en el libro De Mendoza a Tokio, de Fernando G. Toledo.
—¿Y eso cómo se dio?
—Termino la carrera de Niños Cantores de Mendoza, me cambia la voz y entro en un grupo parroquial. ¿Qué se me ocurrió? Armar el coro de la parroquia. Yo había empezado a estudiar guitarra con una profesora y acompañaba las canciones tradicionales de la iglesia. Y se fue dando. No te puedo explicar en qué momento, pero agarramos el long play de la Misa criolla y le sacamos la letra y la música. No sabíamos ni que podíamos comprar la partitura. Era ese nivel de profesionalismo. Estoy hablando del año 72. Ahí empecé.
El primer coro de Alejandro Scarpetta
—¿Y fue el primer coro que dirigiste?
—En realidad fue a través de una música famosísima, la profesora Beatriz Llin de Piottante. Ella iba a misa al Corazón de María los domingos. Y vio que a la iglesia empezaba a ir más gente. Se llenaba. ¿Cuál era la razón? Que nosotros cantábamos a coro. Esta señora un día me buscó y me invitó a armar el Coro de la Parroquia Corazón de María. Creo que se llamaba Voces de Cristo, para variar. Y ese entonces fue el primer coro que dirigí. Yo tenía 16 o 17 años. Nos presentamos en un salón de té del Círculo de Suboficiales de Ejército. Hice números de la Misa criolla. Yo tocaba la guitarra, era el solista y movía las manos para que cantaran los demás. Por eso, hace más de 52 años que dirijo coros.
Alejandro Scarpetta: músico, director coral y creador de Cantapueblo. | Ramiro Gómez / Los Andes
—¿Y de ahí seguiste la carrera de Música?
—Ese fue otro tema. Mi papá se resistía, quería una carrera “en serio”. Así que tuve que mentir que estaba estudiando Ingeniería en la UTN, mientras en realidad asistía a la Escuela de Música, informalmente. Hasta que mi viejo me empezó a preguntar por los exámenes y se descubrió todo. ¡Se armó un quilombo! Me fui de mi casa una semana, y me cubrió mi nona. Así que para estudiar algo me metí en Historia, en Filosofía y Letras. Pero seguí con música. Hasta que un día me convocó de nuevo Beatriz Llin de Piottante: ella era la pianista y yo tenía que cantar como solista en Radio Nacional. Así que los invité a mis viejos, me escucharon y ahí se convencieron de que lo mío era la música. Pero seguía el tema de tener un título, lo querían tanto ellos como yo. Así que lo más cercano que encontré fue Musicoterapia, que se estudiaba en Buenos Aires. Y para allá me fui.
—¿Y allá qué pasó?
—Me fui a vivir a Glew, en el sur del Gran Buenos Aires. Era marzo del 76. ¿Qué hice apenas llegué? Fui a la iglesia del lugar y armé un coro. Yo estaba muy comprometido con la labor de la iglesia. Íbamos a los barrios vulnerables a colaborar. También cantaba para ellos con mi guitarrita y con el grupo coral que formé. Hasta que pasó un año después del golpe militar y desde el Arzobispado en Buenos Aires nos convocaron a los referentes de las parroquias. Nos dijeron: "Señores, por un tiempo los grupos parroquiales se van a quedar en silencio, en sus casas. No vamos a ir más a los barrios". Yo volví, fui a la iglesia y dije: "Señores, me retiro. Nos traicionaron". Me retiré de la iglesia. Estudié un año más Musicoterapia en la Universidad del Salvador y, aunque era muy buena, me volví para Mendoza.
Alejandro Scarpetta: músico, director coral y creador de Cantapueblo. | Ramiro Gómez / Los Andes
—¿Volviste a estudiar música?
—Música y también teatro, porque había hecho algo de eso en Buenos Aires y me había encantado. Yo quería formarme integralmente, teníamos que ser artistas completos. Me costó y en un momento tuve que dejarlo: eran ámbitos cerrados y me decían que tenía que estudiar o una cosa o la otra. Me quedé en música.
Nascencia y la creación de Cantapueblo
—¿No hubo interés en algún momento de ser cantante solista o integrar algún grupo?
—Sí. Al volver participé de la formación del grupo Nascencia, junto a Daniel Talquenca. Yo, hasta ese momento, no tenía casi relación con la música cuyana, pero eso fue lo que hizo clic. Lo que hicimos con el grupo fue muy importante. Nos empezaron a llamar de todos lados y ahí me di cuenta de que necesitaba seguir profesionalizándome, así que ingresé finalmente de manera oficial a la Escuela de Música, a principios de los 80.
—También dirigías coros…
—Claro. Yo llegué y volví a hacer eso. Empecé a dar un taller musical en la escuela Scalabrini Ortiz del barrio La Gloria. Mientras, Ana María Caroli, quien escribía las partituras para Nascencia, junto con Daniel Talquenca, fundaron el Coro de la Casa del Maestro. Al tiempo decidieron dejarlo y me lo encargaron a mí. Mientras, en el colegio estaba de vicedirectora la esposa de Carlos de la Rosa, aspirante por entonces a intendente de Godoy Cruz. Ella un día me dijo: “Alejandro, qué buen trabajo estás haciendo. Vos tendrías que hacer algo en política”. Yo tengo una tendencia peronista natural por mi madre, que nació casi en una unidad básica. Eso ya estaba, estaba en el ambiente, pero nada más. Después de ese comentario, conozco a Carlos y a León Repetur. Luego, De la Rosa gana la elección a intendente y me convocan a dirigir el teatro Plaza. Me tocó reabrirlo. El área de Cultura empezó a crecer, así que se estimularon grupos de canto en los barrios. Y a fines de los 80, se me ocurrió convocar a esos grupos y hacer la muestra anual en el Plaza. El teatro Plaza estaba que explotaba. Entró ese día el intendente y quedó impactado. Nos instó a seguir estimulando ese trabajo y con León hicimos un festival de coros, al que le pusimos Cantapueblo, y desde el 15 de septiembre de 1989 armamos una grilla de tres noches en el Plaza. Fue el principio de un festival de coros que sigue vigente.
Alejandro Scarpetta, junto a Inés Cuello de Ramírez, Ariel Ramírez y León Repetur, en el teatro Plaza.
—Luego trajiste coros de todo el mundo y grandes artistas. Hubo momentos históricos, como los coros multitudinarios en el Frank Romero Day o el Estadio…
—Mi sueño era que más y más gente cantara. Soñaba con ver multitudes cantando. El festival fue creciendo. Junto con León Repetur empezamos a producir eventos más grandes. Yo me tuve que ir de Godoy Cruz por un intendente que hizo las cosas mal, Rubén Montemayor. Pero seguimos haciendo este festival y creció con visitas de coros de todo el mundo y presentaciones multitudinarias. Una vez hicimos, por ejemplo, un cierre en el Frank Romero Day, un domingo en que jugaban Boca y River y era el día de la madre. Estaba lleno. En 1995 vino León Gieco e hicimos el primer el cierre en el Estadio Malvinas. Después vinieron Víctor Heredia, Litto Nebbia, los Opus 4… Un año hicimos todo con mendocinos: Jorge Sosa, el Pocho Sosa, la Juanita Vera. Cantapueblo tuvo muchas sedes para los cierres y hubo más nombres: Jairo, Lito Vitale, Juan Carlos Baglietto, Hamlet Lima Quintana. Eso se ha mantenido en el tiempo, con dificultades, con algunos años en que prácticamente no se puede volver a hacer y se hace una cosita chiquita, pero sigue vivo. Este año haremos un festival con 25 coros. En el mundo coral, Mendoza es "donde se hace Cantapueblo".
Alejandro Scarpetta (de camisa blanca y jeans) junto a León Gieco y grupos corales, en el cierre de uno de los festivales Cantapueblo.
—También tu experiencia te llevó a dirigir algunas fiestas de la Vendimia…
—Sí, y eso fue gracias a un equipo que formamos con Gloria Bratschi. Somos como un monstruo de dos cabezas. Hicimos dos vendimias centrales en los 90, muchas vendimias departamentales. Después yo también dirigí fiestas de la Bendición de los Frutos: una de ellas fue con una masa coral de 500 voces en el Prado Gaucho.
Un coro multitudinario en el cierre del Cantapueblo del año 2000, en el Estadio Malvinas Argentinas.
—Volviendo la vista atrás, esa nona que te inscribió en los Niños Cantores te cambió la vida para siempre…
—La verdad que sí. La música coral fue todo para mí. Haber integrado ese coro, haber hecho ese viaje por toda América y llegar a Japón, lo que cuenta el libro, me cambió todo. Me marcó. Yo he conocido el mundo gracias a la música. Conozco 40 países y no por ir de vacaciones, sino porque fui a un simposio, a un festival de coros, a cantar. He viajado cantando. Eso es algo único.
—Y has influido en otros…
—No lo sé. Sí sé que he dirigido más de 30 coros en mi vida, y la mayoría de esos los he fundado yo.
—Un organismo coral tiene un valor simbólico, ¿no? ¿Qué ha representado el poder del coro para momentos difíciles de la Argentina?
—El coro históricamente ha sido un resguardo para las almas de la gente. Con mejores o peores momentos del país y el mundo, el coro siempre ha sido contención para mucha gente, porque canta, pero además siente que tiene un lugar de pertenencia, un lugar donde se siente identificado, un lugar donde es reconocido, un lugar donde lo abrazan otras personas que ni conocen y a veces ni saben el nombre. El coro no son voces sueltas: es mucho más que la suma de las partes.
Alejandro Scarpetta: músico, director coral y creador de Cantapueblo. | Ramiro Gómez / Los Andes
Ping pong con Alejandro Scarpetta
¿Tenés hermanos? Soy el mayor. Después sigue Silvana (que se nos fue hace unos añitos) y Gustavo.
¿Hijos? Dos: Maximiliano y Florencia.
¿Estás solo o en pareja? Estoy en pareja con Laura Soto.
¿Cuál es tu lugar en el mundo? Hoy mi lugar en el mundo es donde vivo con ella, San Martín.
Sos músico, pero ¿qué música te gusta escuchar? Hay una canción que es importante para mi vida: Ese amigo del alma, de Lito Vitale.
Hobby: Sólo la música. Si estoy con tiempo libre me pongo a hacer un arreglo, a componer, a tocar. Nada más que eso.
¿Qué es Argentina para vos? Conozco muchos países y alguna vez algunos me obnubilaron. Pero no hay nada como el clima cultural de Argentina. Argentina es el lugar al que siempre podés volver.
León Repetur, Alejandro Scarpetta (ambos, creadores y propulsores de Cantapueblo), Jairo y el recordado director de coros Marcelo Silberleib, en el cierre de un Cantapueblo en el Estadio Polimeni.
Alejandro Scarpetta: una vida dedicada al canto coral
Alejandro Scarpetta (Mendoza, 4 de abril de 1958) cuenta con una extensa trayectoria en la dirección coral y la gestión cultural. Su formación musical incluye estudios en la Escuela Superior de Música de la UNCuyo y perfeccionamiento con destacados maestros. Entre 1966 y 1972 integró el Coro de Niños Cantores de Mendoza, realizando giras por América y Japón y el viaje histórico que relata la novela “De Mendoza a Tokio”. Posteriormente, se desempeñó como director del Coro Casa del Maestro de Mendoza entre 1984 y 1987.
En los años 80 y 90 participó en las Vendimias Departamentales de Luján de Cuyo y Godoy Cruz, además de asumir la dirección musical y asistencia general en las Vendimias Centrales de 1990 y 1996. En 1989 creó Cantapueblo, consolidándolo como La Fiesta Coral de América con presencia internacional, y fundó la Organización Federada Argentina de Actividades Corales.
Su labor continuó con la creación y dirección del Coro de la Legislatura de Mendoza desde 2006 hasta 2025, y del Coral Pareditas desde 2018. Asimismo, fue director y asesor musical en ediciones de la Bendición de los Frutos. Lleva medio siglo dirigiendo coros. Actualmente está al frente de Coral Pareditas y hace cinco meses fundó otro coro: Canto Coral Argentino.