El 7 de septiembre de 1996, el colectivo avanzaba hacia Chajarí, Entre Ríos, cuando ocurrió el accidente que cambió para siempre la historia de la música tropical argentina. Viajaban 18 personas. Siete murieron. Una de ellas era Gilda.
Este 7 de septiembre se cumplen 30 años del trágico accidente en el que falleció Gilda, quien tenía 34 años y estaba en el pico de su popularidad.
El 7 de septiembre de 1996, el colectivo avanzaba hacia Chajarí, Entre Ríos, cuando ocurrió el accidente que cambió para siempre la historia de la música tropical argentina. Viajaban 18 personas. Siete murieron. Una de ellas era Gilda.
Treinta años después, Daniel De la Cruz, Ricardo Fuentes y Mario Riquelme todavía pueden reconstruir aquellos segundos con precisión. Los tres sobrevivieron y, con sus recuerdos, permiten volver sobre una tragedia que terminó convirtiéndose también en el punto de partida del mito de la cantante.
“Venía durmiendo y escucho el golpe terrible. Escucho los fierros, cómo se retuercen y después un silencio que de repente se interrumpe por gritos desgarradores y llantos. Fue terrible. Me desperté y no entendía qué pasaba”, recordaba con Clarín Daniel De la Cruz, trompetista de la banda y actualmente músico de Damas Gratis.
El colectivo había quedado atravesado sobre la ruta, con la parte delantera completamente destruida. “Parecía un acordeón”, describe Ricardo Fuentes, uno de los asistentes de la banda.
Pero los recuerdos de los sobrevivientes no se limitan a la tragedia. También reconstruyen a Miriam Alejandra Bianchi, la mujer que conocieron durante años de giras y que arriba del escenario se convirtió en Gilda.
Las jornadas eran agotadoras. “Solíamos salir los jueves y regresar los martes. A veces estábamos entre cuatro y cinco días a la semana conviviendo en la ruta. Pasábamos más tiempo juntos que con nuestras familias”, cuenta Fuentes, que actualmente vive en Bernal y trabaja en la Municipalidad.
En esos viajes compartían mate, jugaban al truco, comían juntos y festejaban cumpleaños, Navidad y Año Nuevo. Gilda también cocinaba. Para sus músicos, era una compañera más. “Abajo del escenario éramos todos iguales”, coinciden.
La cantante, sin embargo, tenía una personalidad fuerte y una particular disciplina para el trabajo. Mario Riquelme recuerda una gira en la que habían comprado dos damajuanas de vino para beber durante el viaje. Gilda sintió el olor, preguntó qué era y ordenó tirarlas. El micro tuvo que detenerse y las damajuanas terminaron en la banquina.
También era exigente consigo misma. Había llegado a hacer 34 bailes en tres noches y, aun después de esas jornadas, le costaba abandonar los escenarios. “No subía a la camioneta o al colectivo hasta el último autógrafo”, recuerdan.
Su relación con el público era central. “Para ella era primero la gente, y después el resto. Aunque hubiera 20 personas, Gilda tocaba para esas 20 personas”, dice Riquelme.
En aquellos años, además, había comenzado a construir una imagen diferente dentro de la movida tropical. Gilda era maestra jardinera, hija de un empleado público y de una profesora de piano, y había llegado a la música pocos años antes de su muerte.
De la Cruz recuerda una conversación durante una de las giras. Gilda le había dicho: “A mí no me gustaría pasar de moda”.
El temor no se cumplió. Sus canciones atravesaron generaciones y hoy acumulan cientos de millones de reproducciones.
Para quienes la conocieron antes de convertirse en mito, esa permanencia tiene una explicación menos extraordinaria. “Miriam era una mamá que llevaba a sus hijos al colegio, limpiaba y planchaba”, recuerdan. También era una mujer que discutía cuando algo no le gustaba, que podía ser estricta y que sabía defender sus decisiones.
Su mensaje hacia las mujeres también estaba presente en los shows. Antes de cantar “Te cerraré la puerta“, advertía: “Esto, chicas, no hay que dejarse hacer nunca”. Y antes de “No me arrepiento de este amor“, insistía: “Chicas, nunca, nunca se arrepientan de ese amor”.