El Aconcagua me enseñó a caminar hacia arriba. Me crie en Polvaredas (Las Heras) con mis abuelos y desde chico la cordillera fui mi patio y mi escuela. Después vinieron el Everest en 1999, y el logro ser el primer argentino en la cara norte del Tibet, sin oxígeno ni porteadores y las siete cumbres de los continentes. Pero, cada vez que vuelvo al Aconcagua siento que regreso a casa.
Lo he subido cincuenta y dos veces, por cuatro rutas distintas: la normal o Norte, el Glaciar de los Polacos, el flanco Sur y la ruta Reinhold Messner. Ninguna ascensión se parece a la anterior, la montaña cambia, y uno cambia con ella. La cara Sur, con sus 2.700 m de hielo y roca, sigue siendo la más exigente que conozco cerca de casa.
Por eso me permito una reflexión sobre nuestro Parque provincial. Es un orgullo y un motor de trabajo de muchas familias mendocinas, que necesita que lo cuidemos: mejor informa al que llega, prevención seria y respeto por un ambiente frágil. La montaña no se conquista; se visita con humildad.
A los que empiezan les repito lo de siempre: buena información y buena instrucción. Acérquense a un club, a un guía. El Aconcagua sabe esperar, pero no perdona la improvisación.
* Heber Orona. Escalador de montañas.