Durante años, en Argentina se repite casi como un axioma que vivir en un país desarrollado es, en todos los sentidos, vivir mejor. Mejores salarios, mayor estabilidad, servicios públicos eficientes y seguridad aparecen como argumentos indiscutibles. Sin embargo, esa idea suele simplificar una experiencia mucho más compleja, especialmente cuando se la observa desde la vida cotidiana y no solo desde los indicadores económicos.
Hace más de diez años llegué a Bélgica con una beca de investigación. Mi objetivo no era solo avanzar profesionalmente: quería usar tecnología europea para estudiar una enfermedad endémica en Argentina y devolver, de algún modo, lo que la universidad pública había invertido en mí. Bélgica, pequeña y organizada, con su fragmentación lingüística y cultural, me enseñó que eficiencia no siempre significa cercanía ni pertenencia.
En Bélgica comprendí cuánto valen las redes de Cuyo: un mate compartido, la charla con vecinos o un simple un viaje relámpago a la montaña a contemplar la inmensidad de los Andes. Vivir mejor no siempre significa mudarse al extranjero; a veces significa estar donde uno puede ser, donde los vínculos importan y la identidad no necesita traducción.
* Florencia Linero. Mendocina. Bióloga. Vive en Bélgica.