En la Argentina, hablar de biodiversidad suele remitir de forma inmediata a selvas, bosques o glaciares. Sin embargo, existe un ecosistema indispensable como son los pastizales que cubre casi la mitad de la superficie nacional y que, habitualmente, pasa desapercibido a simple vista.
"A simple vista, un pastizal puede parecer apenas una extensión de pasto. Detrás de ese paisaje hay un ecosistema en el que predominan los pastos y otras plantas herbáceas, y donde conviven numerosas especies. También cumple funciones fundamentales: provee alimento y forraje, ayuda a regular el agua, conserva los suelos y almacena carbono", explica Manuel Jaramillo, director general de la Fundación Vida Silvestre.
Un ecosistema que sostiene la producción y el territorio
La presencia de los pastizales abarca diversas regiones geográficas del país, desde las Pampas hasta los Campos y Malezales, el Espinal y el Chaco Húmedo. Se trata de un entramado natural heterogéneo que actúa como soporte clave de la economía agraria y de las comunidades locales.
"En Argentina, hablar de pastizales es también hablar de territorio. Estos ambientes ocupan cerca de la mitad de nuestro país y sostienen una parte importante de la producción de alimentos, especialmente a través de la ganadería", señala Jaramillo.
Dentro de esta vasta geografía, la región pampeana ocupa un rol central, concentrando cerca del 60% de estos ecosistemas en el país. No obstante, ha sido uno de los paisajes más modificados por la acción humana.
"A lo largo de las últimas décadas, este paisaje cambió profundamente: alrededor del 80% de los pastizales pampeanos fue transformado para actividades agrícolas y ganaderas, mientras que solo una pequeña proporción se encuentra bajo alguna categoría de protección", advierte el especialista.
Regulación hídrica y mitigación del impacto ambiental
La importancia ambiental de estos ecosistemas trasciende la conservación de la flora y la fauna. En regiones específicas como la Pampa Deprimida y los Bajos Submeridionales, la vegetación natural y la estructura de los suelos cumplen un rol indispensable frente a los eventos climáticos extremos.
"¿Por qué debería importarnos? Porque lo que sucede en los pastizales también nos afecta directamente. En la Pampa Deprimida y los Bajos Submeridionales, por ejemplo, estos ambientes cumplen un papel importante en la regulación del agua: sus suelos y su vegetación pueden absorber excedentes y ayudar a amortiguar inundaciones. Cuando se degradan o se transforman, los territorios pueden volverse más vulnerables frente a eventos de lluvias intensas", destaca el titular de la Fundación Vida Silvestre.
Asimismo, la convivencia entre la actividad productiva y la preservación ecológica constituye el eje central de las estrategias actuales de manejo sustentable.
"También son fundamentales para la producción. Los pastizales naturales forman parte de la historia de la ganadería argentina y siguen sosteniendo buena parte de esta actividad. Por eso, el desafío es compatibilizar la producción con la conservación de estos ambientes. Desde Fundación Vida Silvestre trabajamos junto con productores, comunidades, universidades y otros actores para promover buenas prácticas ganaderas y formas de producción que cuiden los pastizales", enfatiza Jaramillo.
Alteración del paisaje y retroceso de especies emblemáticas
La pérdida de superficie natural se ha acelerado sensiblemente en las últimas décadas como consecuencia de la expansión de las fronteras productivas, la intensificación de las labores agrícolas y manejos del suelo poco adecuados.
"En las últimas décadas, Argentina perdió más de 3 millones de hectáreas de pastizales naturales, principalmente como consecuencia de cambios en el uso del suelo, la intensificación productiva y manejos inadecuados. Y menos del 4% de los pastizales pampeanos cuenta con protección formal", señala Jaramillo.
Detrás de este indicador cuantitativo se oculta una problemática directa sobre el equilibrio biológico de las especies autóctonas.
"Son números difíciles de imaginar. Detrás de ellos hay algo concreto: paisajes que se transforman, especies que pierden su hábitat y procesos naturales que dejan de funcionar de la misma manera. El venado de las pampas permite dimensionar lo que significa esa transformación. Es una especie emblemática de nuestras llanuras y sus poblaciones quedaron reducidas a determinados sectores del país. En la provincia de Buenos Aires, el Parque Nacional Campos del Tuyú protege uno de los últimos remanentes de pastizales pampeanos y constituye un refugio para esta especie", detalla.
En ese sentido, la protección de la fauna nativa no puede analizarse de forma aislada a la de su entorno geográfico.
"Proteger al venado implica también conservar el ambiente que necesita para alimentarse, reproducirse y desplazarse. Y ese mismo ambiente sostiene a muchas otras especies y procesos que no siempre vemos. Quizás ahí esté una de las claves para entender el valor de los pastizales: detrás de un paisaje que puede parecer simple hay un ecosistema del que dependen especies, producción y comunidades", reflexiona el referente ambiental.
Un marco global para repensar la conservación local
El contexto internacional ofrece una oportunidad clave para revalorizar estos espacios y reconfigurar la gestión territorial. Las Naciones Unidas establecieron el 2026 como el Año Internacional de los Pastizales y los Pastores, una iniciativa liderada por la FAO para visibilizar el valor estratégico de estos ecosistemas y de las poblaciones que habitan en ellos.
"En 2026 tenemos una oportunidad para poner estos paisajes en el centro de la conversación. Las Naciones Unidas declararon este año como el Año Internacional de los Pastizales y los Pastores, una iniciativa coordinada por la FAO para destacar la importancia de estos territorios y de las comunidades que dependen de ellos. Para Argentina, esta conversación tiene un significado particular. Los pastizales están profundamente ligados a nuestra producción, nuestra historia y nuestros territorios. También sostienen procesos naturales que impactan directamente en la vida de las personas", subraya Jaramillo.
El cambio de enfoque respecto al manejo del suelo representa el punto de partida para garantizar la sostenibilidad ambiental y socioeconómica en el largo plazo.
"Tal vez el primer paso sea sencillo: aprender a mirarlos. Porque cuando dejamos de ver solamente un campo y empezamos a reconocer un ecosistema, cambia también la pregunta. Ya no se trata solamente de cuánto territorio ocupa un pastizal, sino de qué vida, qué recursos y qué futuro estamos protegiendo cuando decidimos conservarlo", concluye el director de la Fundación Vida Silvestre.