"No hay un lugar en el mundo tan seguro como para esconderse de uno mismo". Se lo dedicaron a Diego en un libro, en Nápoles, en 1990. Diego es Maradona. Y hoy cumple 66 años. Hace seis que ya no está y seguimos hablando de él en presente. Cada 30 de octubre, el mundo lo cuenta y lo extraña.
Diego, ese con el que Fernando Signorini, su histórico preparador físico, iría a todos lados. Maradona, ese con el que no iría a ninguna parte. El de las incongruencias. "Es tan especial y tan única su figura que, cuando nos tienta ponernos en moralistas de sus desacuerdos, que desafiaban mucho, hay algo que no se puede expresar desde la razón. En general, uno intenta estar frío para poder contar algo de manera correcta y con Diego eso es muy difícil", dice el periodista Ezequiel Fernández Moores.
Lejos de las canchas, Diego Maradona también construía su propio personaje: espontáneo, provocador y dueño de una personalidad que nunca pasaba inadvertida.
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Mito en construcción permanente
Desde el 25 de noviembre de 2020, cada texto pretende extraer nuevas lecturas sobre sus hazañas y arrebatos. Su muerte alteró esa condición de mito en permanente construcción. Por primera vez, ya no habría una nueva aparición, una nueva frase o una nueva contradicción. El personaje, sin embargo, acababa de entrar en otra dimensión.
"Lo difícil siempre con Diego es no ser reiterativo, no caer en lo obvio, no caer en el endiosamiento. No es justo recordar al Maradona que nos conviene, el que nos gusta", confiesa el periodista Daniel Arcucci, a propósito de ese ídolo imperfecto.
El Diego de los entrenamientos, cuando el talento todavía necesitaba del trabajo cotidiano para transformarse en una leyenda del fútbol mundial.
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En Superdios, Gabriela Saidon aborda otra dimensión de Maradona: su transformación en una suerte de santo laico. Una santidad extraña, construida en vida, entre devociones, excesos y milagros futbolísticos. Porque Diego también fue eso: un hombre al que millones de personas le atribuyeron poderes que ningún hombre puede tener.
La palabra construcción parece una antítesis de Diego. "Maradona también fue victimario en su proceso de excesos y adicciones", repite Fernández Moores. Y otra vez aparece el Diego que despierta devociones y críticas. Todos los Diegos en un Diego. "Hay, por lo menos, ocho o nueve Maradonas. ¡Es la suma de todo eso en un solo hombre! ¡Un genio! ¡Una maravilla! Fiorito y Dubai. Barro y siete estrellas. Canillas de oro y letrina. Maradona es el producto de todo eso... Y además, por las dudas que me haya olvidado de decírselo, el mejor jugador de fútbol argentino y el mejor de todas las épocas", lo retrató Ernesto Cherquis Bialo.
Todo Diego es político
Quizás por eso su figura no admite una lectura única. En "Todo Diego es político", un compendio de diez ensayos escritos por mujeres, aparece una definición que ayuda a comprender esa persistencia: "Un mito no es lo opuesto a una verdad. Un mito es lo que vehicula, forja y funda una verdad". Diego es mucho más que un futbolista: es una expresión simbólica de la identidad, la memoria y las aspiraciones de los sectores populares. Incluso después de su muerte, su figura sigue representando una forma de resistencia cultural.
Diego Maradona también fue celebración, desparpajo y libertad. Un personaje imposible de encasillar, incluso cuando ya había conquistado la cima del fútbol.
"Había algo en él de rebelión ante la obediencia debida en el fútbol, a la que están sometidos hoy la mayoría de los jugadores. Las exigencias que hay hoy en el fútbol hacen que ya casi no se esperen desobediencias como las que inició Diego", completa Fernández Moores.
La lucha de clases no se expresa únicamente en huelgas, conflictos laborales, partidos políticos o disputas económicas. También se manifiesta en la cultura, los símbolos y las representaciones. Maradona fue parte de esa disputa: un hombre que llegó a la cima del mundo y nunca dejó de llevar consigo su origen. Su figura representó la posibilidad de desafiar un orden que parecía reservado para otros.
Sentimiento de una gambeta que desafió al mundo
"Cuando el corazón de Maradona se detuvo, las calles de Buenos Aires enmudecieron. En el silencio latía un sentimiento colectivo difícil de explicar. Se iba el crack que se elevó desde el barro a la cima. El jugador tocado por 'la mano de Dios' que licuaba la sangre de San Genaro. El amigo de Fidel que vestía abrigos de piel. El hombre que desafió a los poderosos sin renegar de su origen. El adicto que reconoció sus errores porque 'la pelota no se mancha'. El fantasma de sí mismo que nunca se rendía", escribió el periodista y escritor Alejandro Duchini en "Mi Diego. Crónica sentimental de una gambeta que desafió al mundo".
Antonio Gómez Villar, profesor de Filosofía en la Universitat de Barcelona, propone en "Maradona, un mito plebeyo" una idea: Maradona conserva algo que el mundo contemporáneo tiende a perder, "la capacidad de creer, emocionarse, identificarse y construir mitos colectivos".
Maradona también fue celebración, desparpajo y libertad. Un personaje imposible de encasillar, incluso cuando ya había conquistado la cima del fútbol.
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Ahí está una de las claves de su permanencia. Maradona escapa a lo racional. No hace falta justificar sus contradicciones ni absolver sus errores para comprender por qué sigue convocando una emoción colectiva. Su figura funciona como un dique de contención frente a un mundo que parece empeñado en explicarlo todo, medirlo y convertirlo en mercancía. Todavía hay millones de personas que encuentran en él algo propio: una historia de origen, una rebeldía, una forma de orgullo.
Diego pasó por Nápoles, Barcelona, Sevilla, México, Dubái. Conoció la gloria, desafió a los poderosos e hizo felices a millones. También cargó con sus fantasmas, sus excesos y sus pecados. No consiguió escapar de sí mismo. Y nosotros, seis años después, tampoco conseguimos escapar de Maradona. El mito sobrevivió al hombre, aunque nunca pudo esconderse de él.