Hay recuerdos que sobreviven porque fueron extraordinarios y otros, acaso más persistentes, porque fueron cotidianos. Una familia numerosa reunida alrededor de una celebración, una banda de primos inventando sus propias aventuras, la escuela, una tarde cualquiera. Martina Fúnes vuelve sobre ese archivo íntimo en "El barco pirata. Treinta crónicas mendocinas" (Edifyl, 2026), un libro que encuentra en la memoria de la infancia y la adolescencia una manera de contar también una época.
El resultado es una antología que nos remite a los años 80 y 90, compuesto por 30 crónicas (de las cuales, 26 fueron publicadas en Los Andes entre 2023 y 2024).
El libro, publicado en agosto de 2026 por la Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo (Edifyl), será presentado por la autora junto al periodista y docente universitario Luis Abrego el próximo viernes 9 de octubre a las 19, en el Centro Cultural Julio Le Parc, en el marco de la Feria del Libro de Mendoza. La entrada será libre y gratuita.
Un segundo libro de crónicas, en la Feria del Libro de Mendoza
Fúnes ya había transitado el territorio de la memoria en "Un hilo invisible", publicado en 2022 por Jagüel. Pero para su segundo libro quiso plantear una diferencia sustancial. “Mi idea era hacer un libro que tuviese un hilo conductor como otro producto diferente de las columnas. Que no fuese una reunión de columnas (como sí fue el primero)”, nos explica.
La distinción también está en la naturaleza de los textos. “Mis textos (los que publicaron los diarios) tienen características en algunos casos más narrativos y en otros más reflexivos”, señala. Las columnas, cuenta, solían partir de efemérides: “Me basaba normalmente para las reflexivas en efemérides, por ejemplo para el día del amigo, la amistad, la primavera, el día del trabajo. Y en esas se combinaban a veces algo de narración pero también reflexión”.
Para "El barco pirata", en cambio, la búsqueda fue otra. “Busqué un hilo conductor narrativo y seleccioné relatos de mi infancia y adolescencia bien narrativos y los organicé en las estaciones del año”, explica.
Así, el libro se estructura como un ciclo. Tiene cuatro portadas interiores, una por cada estación, y el recorrido comienza en el verano, atraviesa el otoño y el invierno y concluye en la primavera. No se trata, sin embargo, de la reconstrucción de un único año. “Lo que sucede ahí adentro no transcurre en un año sino en varios, pero se organiza en estaciones del año. En algunos casos hay una continuidad cronológica que respeté en la organización interna de los relatos”, precisa Fúnes.
La estructura permite que la memoria opere con una lógica distinta de la cronología estricta. Los recuerdos aparecen asociados a una determinada atmósfera, a una época del año, a un estado de ánimo o a una experiencia que, aunque haya ocurrido décadas atrás, conserva una nitidez particular.
La autora reconstruye las celebraciones, los encuentros y las actividades de una familia que tuvo como núcleo a sus abuelos maternos, un pediatra y una profesora de piano que tuvieron nueve hijos y veinte nietos. La infancia y la adolescencia funcionan así como una especie de territorio común. La escuela primaria, la secundaria, los años de facultad y los primeros pasos en el amor forman parte de una educación sentimental que Fúnes recupera desde el detalle cotidiano.
Uno de los mecanismos más interesantes del libro aparece cuando los recuerdos conservan una continuidad que la autora decide respetar. Funes lo explica a partir de una historia particularmente significativa: “Por ejemplo, cuento cuando decidimos ser una pareja con mi mejor amigo, que fue mi novio y ahora es mi marido, y un accidente de auto que tuvo él dos días después. Entonces esas dos están juntas, una detrás de otra”.
La escritura de Fúnes también plantea una reflexión sobre el acto mismo de recordar. Las historias no aparecen como simples documentos de un pasado familiar, sino como una forma de preservar aquello que el paso del tiempo amenaza con borrar. En el cierre del libro, la autora sintetiza esa relación entre escritura y memoria: “La escritura fue un modo de bordar esos recuerdos con cuidado, para que existan eternamente, para que no se evaporen en la neblina de los problemas superficiales que confunden, que nos alejan de lo imprescindible: las diversas clases de amor, el otro”.
La literatura aparece, entonces, como una forma de resistencia frente al presente. Para Fúnes, escribir y leer no son actividades aisladas del mundo, sino espacios desde los cuales es posible ampliar la mirada sobre los demás. “En la época de odio extremo que vivimos la literatura nos salva. Porque nos ayuda a entender otras formas de pensar, de sentir, vivencias distintas, otros mundos”.