Ego, irrealidad y una pizca de perversión

¿Liberación de qué? ¿Acaso Estados Unidos ha sido en el último siglo un país abusado, expoliado y sometido por el resto del mundo pero, particularmente, por las democracias noroccidentales que han sido sus principales aliadas y mayores socias comerciales?

De ahora en más, el 2 de abril será en los Estados Unidos, por obra y gracia de Donald Trump, el “Día de la Liberación”. ¿Por qué? Porque ese día del año en curso, el presidente conservador levantó el muro arancelario que inaugura una era de proteccionismo.

El concepto que, por ejemplo, debiera denominar a la aprobación de la decimotercera enmienda que abolió la esclavitud en 1865, es usado por el magnate neoyorquino para llamar al día en que destruyó con un bombardeo de aranceles el sistema internacional de libre comercio que rigió durante el siglo transcurrido desde la Segunda Guerra Mundial hasta que estampó su larga y ampulosa firma con fibra negra en el decreto residencial.

Un toque de perversión aparece en el sintagma nominal con que Trump bautizó su guerra comercial contra el mundo.

“Día de la Liberación” es como se llamó al 8 de mayo de 1945, porque fue cuando capituló el III Reich. Ese día se apagaron los hornos crematorios de los campos de concentración y se desintegró el régimen que ocupó media Europa y exterminó millones de personas.

Día de la Liberación evoca la apertura de las rejas de Auschwitz, Bergen Belsen, Treblinka, Dachau, Buchenwald y otros siniestros espacios donde imperó el mal absoluto. Evoca el fin de la industrialización del asesinato. El momento en que se detuvo el genocidio cometido por el supremacismo racista de Hitler.

También hay algo absurdo en la forma con que Trump bautizó su patada al tablero del comercio mundial. Absurdo porque deforma la realidad visible.

Ya había llamado de ese modo al día que derrotó a Kamala Harris en las urnas. También al día que asumió su segundo mandato y ahora lo proclama, en voz suficientemente alta como para que quede grabado en la historia, como nombre de la fecha en que levantó una muralla arancelaria.

¿Liberación de qué? ¿Acaso Estados Unidos ha sido en el último siglo un país abusado, expoliado y sometido por el resto del mundo pero, particularmente, por las democracias noroccidentales que han sido sus principales aliadas y mayores socias comerciales?

El argumento de Trump incurre en el absurdo, porque parece describir un país que sufre la explotación que le imponen los demás países del mundo, en especial aquellos que estuvieron en su misma trinchera en las dos guerras mundiales y en la Confrontación Este-Oeste. Como sanguijuelas, europeos, canadienses, japoneses y surcoreanos, pero también chinos y tantos otros, succionaron sus riquezas hasta hacerlo languidecer. Una descripción desmentida por el sentido común y por la realidad visible.

En el período durante el cual, según el relato trumpista, Estados Unidos fue estafado y vampirizado por el enjambre de bribones que componen la comunidad internacional, en especial los “parásitos” que integran el bloque noroccidental, la realidad evidente muestra que ocurrió lo contrario: Estados Unidos alcanzó el rango de superpotencia, además de ganar las carreras armamentista y espacial, desarrollar más que ningún otro país su economía y construir la sociedad más opulenta del planeta.

Banaliza y deforma la noción de comunismo al considerar que liberó a los norteamericanos de los “gobiernos comunistas” del Partido Demócrata. Aún más, nombrando como hizo al día del lanzamiento de su guerra arancelaria, banaliza la mayor guerra de exterminio de la historia.

Es probable que el nuevo orden económico que impulsa Trump con sus aranceles provoque caos en los mercados y recesión global, sin lograr el fortalecimiento de la economía norteamericana que promete el líder ultraconservador. El nuevo orden económico mundial desglobalizado acaba de empezar, con políticas arancelarias que tienen un antecedente: el presidente William McKinley implementó un proteccionismo similar a fines del siglo 19 y principios del siglo 20. Sus resultados fueron buenos en el corto plazo, pero las contraindicaciones que aparecieron en el mediano plazo, aunque su impulsor no pudo verlas porque fue asesinado en 1901.

Trump también admira a McKinley por el expansionismo, ya que anexionó las islas Hawaii, además de ocupar Guam y Puerto Rico en la guerra contra España, inspirándose en James Polk, antecesor que anexó Texas, California, Utah, Nuevo México, Arizona, Nevada y partes de Wyoming y Colorado, además de comprar Óregon a los ingleses.

Lo evidente es que el sintagma nominal elegido para este sismo que sacudirá la economía mundial, es una muestra de superficialidad con rasgos de perversión, que también intenta anunciar un cambio de sistema político en Estados Unidos.

El nuevo orden económico y geopolítico requiere que Trump continúe gobernando después de este segundo mandato, a pesar de la enmienda que lo prohíbe. Ergo, depende de que el líder ultraconservador pueda degradar en autocracia la democracia norteamericana.

Si eso ocurre, es posible que en el futuro se establezca otro “Día de la Liberación”: el que marque el fin de la era Trump.

* El autor es politólogo y periodista.

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