Eficiencia energética: cuando ahorrar energía también mejora la calidad de vida
Donde habitamos y cómo habitamos suele condicionar nuestra forma de vida y comportamiento. Sentimos la falta de satisfacción. Somos seres de una era planetaria en la que los recursos no nos alcanzan. No somos respetuosos con el ambiente y lo abordamos sin elevar una mirada profunda sobre lo que es esencial. Pero, podemos revertirlo. ¿Cómo?
Eficiencia energética: cuando ahorrar energía también mejora la calidad de vida
Decimos muchas veces “mi casa es mi refugio” o “en mi casa hago lo que se me antoja”. Y al mismo tiempo escuchamos “hay que ahorrar energía”, casi como una obligación moral, un límite impuesto desde afuera. Entonces aparece la paradoja ¿cómo puedo ser libre en mi casa y a la vez, tener que restringirme para cuidar los recursos? ¿Por qué primero ahorrar energía y recién después mejorar la calidad de vida, si debería ser al revés? De esa contradicción nace esta reflexión.
Trabajo actualmente asesorando a la Agencia Alemana de Energía (dena) en proyectos que analizan la eficiencia energética en edificios residenciales en toda Alemania. Antes fui investigador del Conicet durante más de quince años, profesor titular de la Universidad Nacional de San Juan y participé en el diseño de edificios institucionales, entre ellos el centro ambiental Anchipurac (“Rayo”), cuyo nombre elegimos en honor a la lengua del pueblo huarpe.
Soy arquitecto de la Universidad Nacional de San Juan, me doctoré en la Universidad Técnica de Braunschweig y hoy resido en Berlín con mi familia. Traigo estos datos no por vanidad, sino porque esta reflexión no es teórica. Nunca sabemos cómo ni dónde vamos a terminar. Ese es el leitmotiv de esta breve historia entre lo técnico-social y lo cotidiano. Desde el punto de vista técnico, muchas cosas son calculables. Desde el social, casi nada es predecible.
El caos crece…
Las sociedades humanas se construyeron, inicialmente, de forma mayormente ordenada, pero devinieron en manchas, aunque también hubo intentos de planificación: París, Brasilia, La Plata, el Berlín de posguerra, San Juan después del terremoto de enero de 1944, etc.
Días de mucho calor en Mendoza
El calor se siente con intensidad en enero
LA
Cada vez que la historia llega a un punto de inflexión, por guerras, catástrofes o crisis, aparece una solución tecnológica. Arte y ciencia al servicio de la humanidad. Pero, lo que queremos controlar se desordena, se desmorona y se reorganiza bajo nuevas formas, producto de combinaciones interminables de variables. Los problemas técnico-sociales son multivariables. Y el ahorro de recursos junto con la calidad de vida, en términos arquitectónicos, es un problema profundamente multivariable. Durante años estudiamos esto con el equipo de “Eficiencia energética” en la Universidad Nacional de San Juan.
Para poder analizar el problema tuvimos que restringir grados de libertad e identificar las variables más determinantes: temperatura del aire, temperatura radiante de las superficies, humedad relativa, movimiento del aire y la cantidad de energía. Si una sube, otra baja. Si dos bajan, las otras pueden subir. O pueden no hacerlo. Un verdadero trabalenguas. ¿La solución? Aceptar el caos. Sumar otro caos aún más complejo: el ser humano. Cada persona tiene una enorme capacidad de adaptación térmica. Por eso el “confort” único no existe. En mi tesis doctoral encontré que el confort promedio en Alemania se daba a 23,3 °C. Pero en la Antártida hay poblaciones adaptadas a 12,7 °C y en Singapur la gente vive cómodamente a 30 °C. No es locura: es adaptación. El ser humano es una máquina térmica extraordinaria, capaz de combinar procesos fisiológicos, hormonales y neuronales para mantener la temperatura corporal cerca de 36,8 °C.
Sabemos bastante sobre cómo lo hace, pero no hemos logrado reproducir esa eficiencia con modelos simples ni con inteligencia artificial. La naturaleza o para algunos, Dios, diseñó un sistema imposible de copiar. Durante mucho tiempo, la solución al problema del confort fue simple: más energía. A fines del siglo XX, Carrier inventa el aire acondicionado. La bomba de calor, basada en el ciclo de Carnot, permite extraer energía de un lugar para llevarla a otro. Las heladeras enfrían adentro y calientan atrás; por eso siempre están tibias en la parte posterior. Pero cuando las ciudades crecieron y empezamos a exigir energía todo el día, todos los días, las centrales debieron producir casi permanentemente, mayormente con combustibles fósiles. El recurso empezó a escasear. El precio subió. Y la desigualdad se hizo visible: quien puede pagar, climatiza; quien no, pasa frío o calor. Desde los años setenta el mundo reacciona: energías solares, eólicas, geotérmicas, mareomotrices. También energía nuclear, sin emisiones directas, pero con residuos peligrosos. Alemania, por ejemplo, decidió cerrar gradualmente sus centrales nucleares mientras aumenta la participación renovable.
El ser humano es una máquina térmica extraordinaria, capaz de combinar procesos fisiológicos, hormonales y neuronales para mantener la temperatura corporal cerca de 36,8 °C. Sabemos bastante sobre cómo lo hace, pero no hemos logrado reproducir esa eficiencia con modelos simples ni con inteligencia artificial. La naturaleza o para algunos, Dios, diseñó un sistema imposible de copiar.
El problema energético hoy no es solo técnico: es económico, político y social. Los conflictos entre potencias también se explican por el control de recursos. Y mientras tanto, el caos sigue creciendo. Después de décadas de investigación y de trabajo técnico, mi conclusión es incómodamente sencilla: la eficiencia energética empieza por el comportamiento humano. No por el equipo más caro. No por la tecnología más sofisticada. Sino por decisiones cotidianas. Las mismas que aplico en mi propia casa: disfruto del sol. Sombreo desde afuera, con postigos o árboles en verano.
Eficiencia energética: cuando ahorrar energía también mejora la calidad de vida
Eficiencia energética: cuando ahorrar energía también mejora la calidad de vida
Universidad Nacional de San Juan
El sol que no entra no hay que sacarlo con aire acondicionado. En invierno al revés. Ventilo en verano, casa cerrada de día y abierta de noche. En invierno, al revés, con ventilaciones cortas, no más de cinco minutos. Uso climatización sólo si es necesario programo la calefacción y aire acondicionado. Si salgo, se apagan. El mejor kilovatio es el que no se consume. Pinto de blanco los techos y superficies expuestas con colores claros que reflejan radiación solar y reducen notablemente la carga térmica en verano. Es barato y muy efectivo. Me visto según la estación con ropa liviana en verano, ropa aislante en invierno. Muchas veces intentamos climatizar la casa para compensar una mala elección de vestimenta.
Me alimento con comidas livianas en verano y más calóricas en invierno.
El metabolismo también regula temperatura. Nada de esto reduce calidad de vida. Al contrario, mejora la relación con el espacio, con el clima y con el propio cuerpo. Entonces volvemos al inicio. ¿Puedo hacer lo que quiero en mi casa y, al mismo tiempo, ahorrar energía? Sí. Porque hacer lo que quiero no es derrochar, sino vivir mejor. Y vivir mejor no es consumir más, sino entender cómo funciona el lugar que habito. Mi casa es mi refugio. Y también es mi pequeña contribución a un problema global. El orden no vence al caos, pero lo puede domesticar un poco. En esa tarea, la arquitectura, la ciencia y la vida cotidiana no están en veredas opuestas, están en el mismo camino.
*Ernesto Kuchen es sanjuanino. Arquitecto (UNSan Juan), doctor (TU-Braunschweig), investigador independiente (Conicet). Asesor experto (Agencia Alemana de Energía, dena). Residencia actual: Berlín, Alemania.
(**) La foto del autor de esta nota fue tomada por la fotógrafa Silke Reents