Hoy voy a contar la ciencia detrás del snack crocante que conquistó a millones, revelada en una investigación argentina.
No todo lo crocante es frito. Los palitos de maíz se cocinan por extrusión, una técnica que usa calor y presión en lugar de aceite. En pocos minutos transforma harinas simples en snacks livianos y nutritivos.
Hoy voy a contar la ciencia detrás del snack crocante que conquistó a millones, revelada en una investigación argentina.
¿Te ha pasado? Estás en casa, mirando una serie, o tal vez en un picnic, y abrís una bolsa de palitos de maíz. Ese aroma, ese sonido crujiente que te invita a seguir comiendo... es irresistible. Y en ese momento, casi sin pensarlo, te decís: "Esto debe estar frito". ¿verdad?
Sin embargo, la Ciencia tiene otra historia que contar y que va a sorprender. La verdadera historia es mucho más interesante y se parece más a una “explosión controlada” que a una fritura. Detrás de esos snacks crocantes y livianos no hay una sartén llena de aceite, sino una tecnología mucho más interesante y sofisticada: la extrusión.
Imagínense un proceso superrápido y a alta temperatura. Eso es la extrusión, una técnica que permite cocinar el alimento en unos minutos. Lo bueno de este método no es solo su eficiencia; además ayuda a conservar mejor los nutrientes y eliminar cualquier “bichito”(por ejemplo, enzimas o microorganismos) no deseado. Por si fuera poco, es el mecanismo perfecto para crear lo que se conoce como “alimentos de interés social”: productos accesibles, de consumo masivo y con un valor nutricional mejorado.
De hecho, mi trabajo demostró algo fascinante: estos palitos pueden ser mucho más que un simple snack. Pueden transformarse en vehículos de nutrientes, fortificados con hierro, zinc o calcio, ¡y sin perder ese sabor y textura que tanto nos gusta!
Si bien se elaboran con sémola de maíz, "el agregado de sémola de soja al maíz no solo mejora el valor proteico sin afectar los atributos sensoriales, sino que también incrementa el aporte de minerales".
¿Qué significa esto? Que tenemos en nuestras manos una herramienta poderosa para ayudar a combatir deficiencias nutricionales comunes, como la anemia, usando un alimento que es popular y barato.
Se debe pensar así: todo empieza con harina de maíz (mezclada con soja es mejor) y un poquito de agua. Esa mezcla se introduce en una máquina llamada extrusora (una especie de jeringa gigante y tecnológica). Ahí dentro, un tornillo sin fin empuja la masa bajo mucha presión y con un aporte de calor (unos 180 °C) durante apenas unos minutos.
La extrusión es una técnica que permite cocinar el alimento en unos minutos. Lo bueno de este método no es solo su eficiencia; además ayuda a conservar mejor los nutrientes y eliminar cualquier “bichito”(por ejemplo, enzimas o microorganismos) no deseado. Por si fuera poco, es el mecanismo perfecto para crear lo que se conoce como “alimentos de interés social”: productos accesibles, de consumo masivo y con un valor nutricional mejorado.
Acá es donde ocurre la "magia": el almidón del maíz se transforma en una especie de gel caliente. Cuando esa masa sale por la boquilla de la máquina y se encuentra de repente con la presión normal del aire... ¡Pum! El agua se convierte en vapor instantáneamente y expande la masa, creando esa estructura llena de aire que es tan liviana y crujiente.
Como ves, en todo este proceso no hubo aceite ni fritura. El color dorado y la textura se los debe únicamente a la presión, la temperatura y la humedad. Es decir, se cocinan "por dentro", no se fríen "por fuera". El ligero baño de aceite y la sal a veces vienen después, en un tambor mezclador, para darle sabor.
Es una combinación de factores. Por un lado, su apariencia dorada y su crocanticidad nos recuerdan inevitablemente a unas papas fritas. Por otro, tenemos una asociación cultural casi automática de lo crujiente con lo frito.
Pero ahora el usuario sabe la verdad: ese "crunch" tan satisfactorio no viene del aceite, sino del vapor de agua que, al salir de la extrusora, se evapora rápidamente “inflando” la masa y creando esa estructura porosa y liviana de miles de burbujas de aire (alvéolos). Te cuento un secreto, cuanto mejor cocido está el palito de maíz, mejor es ese “crunch”.
La investigación no se conformó con explicar el proceso. Dio un paso más y se preguntó: ¿podemos mejorar su valor nutricional? ¿Podemos crear un snack que, sin dejar de ser rico, ayude a combatir problemas como la anemia?
El desafío no era menor. ¿Cómo hacerlos más nutritivos? ¿Podemos agregar minerales como el hierro o el zinc sin que queden con un sabor metálico o una textura desagradable? La solución fue ingeniosa: incorporar soja a la mezcla. Esto no solo mejoró la calidad de las proteínas, sino que aportó minerales de forma natural.
Aquí la cosa se puso complicada. Agregar minerales es una cosa; asegurarse de que nuestro cuerpo los pueda aprovechar es otra muy distinta.
Se probaron diferentes tipos de compuestos de hierro y distintas sustancias que ayudan a absorberlo (llamadas "promotores"). Los resultados fueron fascinantes:
Cada ingrediente nuevo cambiaba la textura final. Por ejemplo, las versiones con calcio quedaban más duras y menos infladas. Lograr el equilibrio perfecto entre el aporte nutricional y esa textura que nos hace imposible comer solo uno, es un trabajo de alta precisión.
La próxima vez que el lector disfrute de estos palitos tendría que recordar esta historia. No está comiendo un producto frito, sino el resultado de un sofisticado proceso científico y tecnológico llamado extrusión.
Detrás de su simplicidad hay años de investigación que buscan, no solo satisfacer un antojo, sino también nutrirnos mejor. Estos trabajos derriban mitos y nos muestran que, a veces, lo que parece magia en nuestra boca es, en realidad, pura ciencia al servicio de un buen snack.
*La autora es magister en Ciencias y Tecnología de los Alimentos. Esta nota está basada en la tesis de Maestría en Ciencia y Tecnología de Alimentos de la autora, titulada: “Evaluación de las propiedades físicas y disponibilidad de minerales de expandidos fortificados, elaborados en base a maíz y soja” (Lassa, M.S. 2008).
Producción y edición: Miguel Títiro - [email protected]