13 de septiembre de 2013 - 22:28

El choque EEUU vs Rusia excede a Siria

Con distintos objetivos, la Casa Blanca y el Kremlin han revoleado, en el ring de Siria, el espectro terrorista de Al Qaeda.

El actual choque entre EEUU y Rusia, menos que un remedo de la Guerra Fría según postula la sencillez de algún análisis, desnuda la emergencia de una puja inesperada sobre quién está a cargo realmente de la crisis en Siria y el resto de la región. Es un bucle extraordinario de la historia que fuerza una paridad técnicamente inexistente entre estos competidores del pasado, ahora compartiendo la misma vereda del capitalismo.

Hay dos aniversarios estos días que pueden ayudar a explicar los enredos de la coyuntura. Ambos suceden, por cierto, mientras un solitario Washington pone una obligada reversa en su ofensiva sobre la dictadura siria y Moscú se regodeaba sin miramientos de la impotencia del gigante americano.

La Casa Blanca y el Kremlin han revoleado en ese ring el espectro terrorista de Al Qaeda. Uno para defender el bombardeo sobre el país árabe con el argumento de que de no hacerlo alimentaría ese peligro ominoso, y el otro para profetizar un fanatismo ultraislámico aluvional si se cruza la línea hacia una intervención occidental.

Esa amenaza se hizo más presente por la memoria del atentado del 11 setiembre de 2001 en Nueva York, del que se cumplieron 12 años el pasado miércoles. Ese ataque, que fue atribuido a la red que creó el multimillonario saudita Osama bin Laden, ha sido en EEUU, y parte de sus aliados, el gran argumento para permitir una intromisión sin precedentes del Estado en los asuntos de la gente.

El pretexto de la seguridad, que hoy se advierte con escándalo por los excesos del espionaje, ha mantenido vivo el corpus agazapado de un enemigo vidrioso e imposible de ser atrapado. Pero sucede que no hay tal red Al Qaeda ni un cuartel con mando centralizado, según determinaron las organizaciones de inteligencia globales, entre ellas las británicas y norteamericanas. Se trata, en cambio, de una marca reivindicada por grupos extremistas que carecen de contacto entre ellos lo que torna aún más difícil su persecución.

De ahí que cuando se alude a la existencia de Al Qaeda en el campo de batalla sirio, de lo que se trata es de grupos ultraislámicos como el poderoso Frente Al Nusra; el Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS) o la Brigada Ahrar al-Sham, resueltos todos a crear un gran califato entre ese país y Líbano y el resto de la región.

El modelo de poder imaginado por estos integristas, con cuyos teóricos no es difícil hablar en el norte del Líbano, donde reside parte del corazón del salafismo, es el mismo que rige en países como Arabia Saudita, un aliado carnal de EEUU y resuelto proveedor de ayuda a los rebeldes sirios, particularmente islámicos y enfrentados con los laicos que fueron quienes iniciaron esta revuelta hace dos años y medio.

El califato es un régimen feudal cuasi monárquico claramente antidemocrático que se basa en el ejercicio de un estricto control sobre la población y la perpetuidad del mando que se asume como indiscutible e infalible. El ultraislamismo enreda la religión con la política premeditadamente, para garantizar ese disciplinamiento que, en sus extremos, prohíbe la música, el deporte y cualquier alternativa social que aleje al sujeto de la línea marcada. El resultado tiene rasgos nítidos del fascismo que la humanidad soportó el siglo pasado.

La otra fecha significativa de estos días sucederá mañana cuando se cumpla el quinto aniversario de la bancarrota del centenario banco Lehman Brothers que disparó a nivel global la crisis que envolvía a EEUU desde un año antes. Ese día cambió el mundo y, para muchos académicos, marcó el inicio real económico y político del presente siglo.

Fue el momento en que Washington sufrió un recorte abismal de su poder debido a los rojos súbitos que agredieron su economía. Esa nueva configuración, que está en la base de la actual crisis europea y del nuevo lugar de China en el espectro de poder global, no sólo explica que Barack Obama haya llegado a la presidencia de su país, sino las limitaciones objetivas del imperio para configurarse en un real hegemón.

El impacto social que esos desequilibrios originaron y su proyección en protestas y rebeliones, es lo que, según muchos analistas, pesquisan las agencias de inteligencia allí y en todo el planeta detrás de la máscara de la seguridad.

Esa nueva realidad de limitaciones es la que con aspereza y brutalidad enrostra el líder del Kremlin, Vladimir Putin, a su colega norteamericano, como si tuviera derecho a hacerlo. La columna que el presidente ruso publicó el jueves en The New York Times es una pieza maestra de lengua afilada que se abusa del fallido de Obama de destacar la “excepcionalidad” norteamericana para atribuirse el derecho eventual a intervenir en Siria.

Putin, al caracterizar de peligrosa esa auto reivindicación, que es un concepto complejo que enlaza con la idea del “destino manifiesto” presente en los orígenes mismos de EEUU o que sintetizó Madeleine Albright en la tesis de “la nación indispensable”, mordió la yugular del orgullo nacional norteamericano que se implica a sí mismo en una misión redentora para convertir al resto del mundo a su excepcionalismo.

Quizá por ello, con ánimo guerrero, la última edición de The Economist llama a Obama a bombardear, advirtiéndole que no pierda de vista que está frente a uno “de esos episodios que definirán el lugar de América en el mundo”. Acierta en algo nítido. El enorme peligro de la hora es que, efectivamente, lo que sucede es mucho más que Siria.

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