Una descarga de derrotas políticas apagó demasiado pronto las esperanzas de la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, de rescatar su gobierno y dejó en manos del Congreso el futuro de su segundo mandato.
Una descarga de derrotas políticas apagó demasiado pronto las esperanzas de la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, de rescatar su gobierno y dejó en manos del Congreso el futuro de su segundo mandato.
Sacudida por fallos simultáneos en dos tribunales, su ya debilitada presidencia, sacudida por escándalos de corrupción y una crisis económica que han diezmado su popularidad, se astilló aún más y ahora debe esperar a que un Parlamento fragmentado le tienda un puente.
Pero el Congreso no ha sido fuente de buenas noticias para la mandataria de la potencia emergente que recibirá el año próximo los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. Bajo presión constante desde que comenzó su segundo mandato hace 9 meses, Rousseff ha puesto en armas a adversarios, aliados y hasta a parte de su propia tropa, disconforme con el ajuste fiscal ortodoxo que impulsa.
Mientras tanto, la amenaza de un juicio político cobra cada vez más fuerza en huestes opositoras como el PSDB (centro), al que derrotó en octubre pasado en una ajustada segunda vuelta y que, ya sin dobleces, busca someterla a un juicio político.
Fragilizada por una crisis económica y por las chocantes revelaciones de una red de corrupción en la estatal Petrobras que riegan a su Partido de los Trabajadores (PT, izquierda), Rousseff vio cómo el apoyo a su gobierno se desbarrancó a 10%.
El deterioro trajo de vuelta la figura del ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2010), que se involucró en una reforma que cedió espacio en el gabinete a su socio el PMDB (centro) para ganar sustentabilidad y neutralizar una eventual votación pro juicio político.
Pero como si no hubiera sido suficiente con los fallos adversos, los diputados de la “nueva alianza” decidieron no dar quórum para decidir si mantenían una serie de vetos presidenciales considerados clave para que el plan de ajuste del gobierno sea exitoso. La mayoría de los “brazos caídos” fueron de la base aliada.
Quizá la figura que mejor condense el presente político de Brasil sea la del polémico y carismático presidente de la Cámara baja, Eduardo Cunha. Este conductor radial, que conmemoró haber obtenido su cargo con un rito de iglesia evangélica, fue acusado de cobrar un soborno de 5 millones de dólares para facilitar un negocio en Petrobras y la Justicia le congeló cuentas personales en Suiza. Tras la revelación, se declaró opositor -pese a que milita en el PMDB aliado a Rousseff-, y denunció un plan para debilitarlo.
El juego está abierto y las predicciones abundan pero, más allá de como termine saldándose esta inesperada crisis de la séptima economía del mundo, hay un tema en el que hay coincidencia: Rousseff luchará por su mandato y por el PT, que lideró un proceso que sacó a 40 millones de personas de la pobreza.