7 de octubre de 2026 - 10:31

Más de 10.000 olivos rescatados: la cruzada para conservar los ejemplares centenarios de Mendoza

Gabriel Guardia lleva adelante una tarea que comenzó casi como una iniciativa personal y que hoy tiene forma de fundación: rescatar olivos que iban a ser arrancados y encontrarles un nuevo lugar. En ese recorrido habla de las 15.000 hectáreas que Mendoza perdió, de los árboles centenarios que todavía pueden salvarse y de la necesidad de recuperar la olivicultura, pero con otra lógica productiva.

Mendoza tuvo alguna vez 20.000 hectáreas de olivos. Hoy quedan unas 5.000, muchas de ellas abandonadas o sin actividad productiva. Desaparecieron miles de árboles, pero también una parte de la historia agrícola de la provincia. Mientras la olivicultura intenta encontrar una nueva forma de ser rentable, hay quienes se dedican a salvar los ejemplares que todavía pueden tener una segunda oportunidad.

Hay árboles que forman parte de un paisaje y otros que, además, forman parte de una historia. Para Gabriel Guardia, el olivo pertenece a las dos categorías. Su relación con estas plantas comenzó durante la infancia, cuando acompañaba a su abuelo a cosechar aceitunas.

Era una tarea familiar, concreta: subir a los árboles más altos, recoger los carozos que quedaban en el suelo, cargar las aceitunas en una vieja Dodge celeste y blanca para llevarlas a la fábrica. Con los años, aquella actividad dejó de ser solamente un recuerdo de infancia. Guardia continuó ligado al mundo del olivo y terminó convirtiendo esa relación en una forma de vida. “Tuve la suerte de comenzar y seguir toda mi vida en el mismo rubro”, resume.

Para él, además, el olivo no puede ser considerado simplemente un árbol más. Hay una dimensión cultural y simbólica que lo diferencia. “Existen todos los árboles del mundo y el olivo”, dice, y recuerda su presencia bíblica como una referencia que atraviesa buena parte de la historia de la humanidad.

Esa mirada es la que explica una de las tareas que desarrolla desde hace años: rescatar ejemplares que están destinados a desaparecer.

Pero Guardia hace una distinción que considera fundamental. Una cosa es salvar los olivos viejos y otra, muy diferente, recuperar la olivicultura mendocina como actividad económica.

Rescatan de la tala los olivos centenarios de Mendoza. (Gentileza)

Rescatan de la tala los olivos centenarios de Mendoza. (Gentileza)

Dos caminos para una misma planta

Mendoza llegó a tener unas 20.000 hectáreas de olivos. Según los números que maneja Guardia, unas 15.000 fueron taladas. De las aproximadamente 5.000 hectáreas restantes, además, no todas se encuentran activas ni reciben los cuidados necesarios.

La explicación, sostiene, está en una ecuación económica que durante años dejó de cerrar para muchos productores. Los olivares tradicionales fueron plantados con grandes distancias entre plantas, en muchos casos de seis u ocho metros.

Son árboles que necesitan poda, riego y fertilización y que, con el paso del tiempo, pueden producir cada vez menos. Para el productor, mantenerlos se vuelve costoso y poco rentable.

“Con los olivos tradicionales viejos no vamos a recuperar la económica”, sostiene Guardia. Para explicar la diferencia utiliza una comparación con otra actividad emblemática de Mendoza: “Es como querer recuperar la vitivinicultura con el parral de la casa”.

Por eso plantea dos luchas simultáneas. Una es económica: recuperar la producción mediante nuevas plantaciones, sistemas intensivos, riego por goteo, cosecha mecánica y mayor productividad por hectárea.

La otra es cultural: evitar que desaparezcan los ejemplares centenarios. “Son dos luchas que llevo a la par y conviven”, explica.

Guardia también cuestiona la idea de que durante los años 90 haya existido un ataque organizado contra el olivo y el aceite de oliva. Su lectura es diferente.

Considera que los diferimientos impositivos aplicados en provincias como San Juan, La Rioja y Catamarca permitieron que la olivicultura nacional se desarrollara. El problema, sostiene, fue que Mendoza quedó afuera de ese proceso.

En aquellos años, recuerda, Mendoza era la principal provincia olivícola del país y existía una mirada despectiva sobre las posibilidades productivas del norte argentino.

Se decía que allí hacía demasiado calor, que no había suficiente agua o que la aceituna no iba a funcionar. La historia, sostiene, terminó demostrando lo contrario.

“Los diferimientos impositivos salvaron la olivicultura nacional”, afirma. Para Guardia, Mendoza no supo acompañar ese cambio ni reconvertirse frente a la aparición de una olivicultura más moderna y eficiente.

Rescatan de la tala los olivos centenarios de Mendoza. (Gentileza)

Rescatan de la tala los olivos centenarios de Mendoza. (Gentileza)

Cuando un olivo se convierte en un problema

El rescate de un olivo comienza, muchas veces, cuando una finca deja de ser rentable. Guardia cuenta que recibe consultas de personas que heredaron los olivares de sus padres y no saben qué hacer con ellos.

Son árboles que forman parte de la historia familiar, pero que ya no representan una fuente de ingresos. A veces son robados, otras veces utilizados como leña o simplemente quedan abandonados.

El problema se repite: el propietario tiene que mantener una finca que no produce lo suficiente y, al mismo tiempo, enfrenta riesgos y costos.

Entonces aparece la decisión de arrancar los olivos para plantar otra cosa o lotear el terreno. “Hasta este preciso momento se están arrancando olivos en algún lugar”, advierte.

Durante un tiempo Guardia intentó hacerse cargo personalmente del rescate. Pero trasladar un ejemplar grande no es una operación sencilla ni barata.

Un olivo puede tener entre 2.000 y 3.000 kilos de raíz y tierra, además del tronco. Para extraerlo hacen falta retroexcavadora, camión, grúa y mano de obra.

Por eso cambió el sistema. Cuando aparece una plantación que debe ser desmontada, la situación se difunde y comienza la búsqueda de quienes puedan recibir los árboles.

Una persona puede querer uno para su casa; una inmobiliaria, varios ejemplares para un desarrollo; una bodega, los más grandes y antiguos.

La operación conecta a quien necesita sacar los árboles con quien quiere conservarlos. El propietario se ahorra parte del costo de retirar los olivos y quien los recibe absorbe el traslado.

La fundación, explica Guardia, no cobra por el árbol. El mecanismo permitió rescatar, según sus cálculos, más de 10.000 ejemplares.

No existe todavía un inventario preciso porque durante años el trabajo se hizo de manera informal y a través de contactos. Ahora, con la Fundación La Guardería de Olivos constituida formalmente, buscan ordenar esa tarea y ampliar su alcance.

La fundación fue autorizada a funcionar como persona jurídica por la Dirección de Personas Jurídicas y Registro Público de Mendoza en mayo de 2025.

Un lugar para los árboles que no tenían destino

Uno de los proyectos es la creación de espacios donde puedan permanecer los olivos que son rescatados pero todavía no tienen un destino definitivo.

Guardia menciona un acuerdo con la Municipalidad de Guaymallén para que vecinos que necesiten retirar un olivo puedan hacerlo y, mediante el municipio, trasladarlo a un espacio público.

La idea es extender este tipo de acciones y aprovechar también espacios públicos para conservar árboles que, de otro modo, serían arrancados.

El rescate tiene además una dimensión ambiental. La Fundación La Guardería de Olivos comenzó a trabajar con certificados de conservación y secuestro de carbono para quienes participan del rescate de ejemplares.

En la documentación de la organización se establece una estimación de 0,57 toneladas de dióxido de carbono fijadas por olivo adulto por año.

Pero incluso una tarea que puede parecer sencilla —sacar un árbol de una finca y llevarlo a otro lugar— necesita recursos.

La fundación funciona sin fines de lucro y Guardia cuenta que muchas veces el trabajo se realiza intercambiando especies o mediante colaboraciones.

También utilizan la venta de un aceite de oliva propio para financiar parte de los movimientos necesarios para rescatar y mantener los ejemplares.

Recientemente, por ejemplo, recibieron un grupo de olivos que debía ser retirado para permitir una nueva plantación. Los árboles fueron trasladados y ahora se mantienen allí mientras se busca su destino.

Rescatan de la tala los olivos centenarios de Mendoza. (Gentileza)

Rescatan de la tala los olivos centenarios de Mendoza. (Gentileza)

El olivo como señal de futuro

El regreso del olivo que observa Guardia no se limita a la producción. También lo relaciona con una mayor preocupación por la alimentación y con la búsqueda de productos menos procesados.

En ese contexto, el aceite de oliva ocupa un lugar particular. Para Guardia representa justamente lo contrario a una alimentación basada en productos ultraprocesados: un alimento asociado con lo simple, lo natural y lo conocido.

Pero su mirada sobre el futuro vuelve a la producción. Mendoza no recuperará las miles de hectáreas perdidas solamente conservando los árboles antiguos.

Para volver a tener una olivicultura fuerte, sostiene, habrá que invertir en nuevos sistemas productivos y hacer que producir aceitunas vuelva a ser rentable.

Mientras tanto, los árboles centenarios plantean otra pregunta. ¿Qué hacer con ellos cuando dejan de ser rentables pero todavía representan una parte de la historia de una familia, de una finca y de una provincia?

La respuesta de Guardia es concreta: intentar que no terminen convertidos en leña.

Rescatarlos, trasladarlos, encontrarles un lugar y mantenerlos vivos.

Porque para recuperar la economía del olivo habrá que plantar nuevos árboles. Pero para conservar una parte de la historia de Mendoza, primero hay que evitar que desaparezcan los que ya llevan más de un siglo en pie.

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