La enóloga mendocina Gabriela Celeste se convirtió, con los años, en un nombre propio dentro del universo vitivinícola. Su vida profesional tuvo un hito que es muy difícil de eludir: el enólogo francés considerado como el más influyente del mundo, Michell Roland, fue su maestro y mentor. Con el tiempo, se convirtió en la heredera de su legado.
Considerada una adelantada a su época, muy activa dentro del sector industrial, creadora de un portal de formación llamado Vanguardvid y socia fundadora y directora del prestigioso laboratorio y consultora vitivinícola, Eno (en sus inicios junto a Michel Rolland y Pascal Chatonnet).
En una entrevista exclusiva con Los Andes habló sobre la vitivinicultura mendocina, el Malbec, el agua y el cambio climático como también de la crisis vitivinícola.
—¿En qué lugar del mapa mundial ubicarías hoy a Mendoza como región productora de vinos?
—Creo que Mendoza está en un buen lugar, quizás con ventajas respecto de otros países del Nuevo Mundo, porque tiene excelentes condiciones naturales combinadas con la tradición de nuestras familias inmigrantes. Tenemos viñedos situados en terruños que aún hoy estamos descubriendo, que no requieren numerosos tratamientos fitosanitarios para dar uvas de excelente calidad; vamos experimentando distintas maneras de hacer el vino y con una misma uva podemos tener diferentes estilos de vino; eso nos da innovación y calidad. La rentabilidad y la capacidad exportadora podrían mejorarse si se ajustaran ciertas variables (macro) que no dependen sólo del productor. Y la construcción de marca que se ha hecho hasta ahora, sin dudas es una gran cosa que nos muestra al mundo como productores de vino, sobre todo de Malbec.
—¿El Malbec sigue siendo la principal ventaja competitiva de Mendoza o existe el riesgo de que se convierta en una especie de "techo" para la diversificación de la identidad vitivinícola?
—Creo que el Malbec sigue siendo la principal ventaja competitiva de Mendoza a nivel vitivinícola. Es un cepaje tan versátil y maravillosamente adaptado a nuestro medio, que por ahora no tiene competencia de varietales. Los otros cepajes pueden adaptarse bien a una zona u otra, pero el Malbec se adapta prácticamente a todas. Según el terruño donde se cultive, dará distintas características, pero todas ellas satisfactorias. Según la mano del enólogo dará distintos perfiles de vino, pero todos ellos con un mercado posible para venderlos. Me parece que todavía estamos lejos de encontrar ese "techo" para la diversificación.
—Mendoza tiene una enorme diversidad de terruños, alturas, suelos y microclimas, ¿deberíamos pasar definitivamente de "Malbec de Mendoza" a una comunicación mucho más territorial?
—Yo creo que se va haciendo eso de poner relevancia en los diferentes terruños, alturas y suelos; al menos en el mercado interno se ve bastante. Igualmente, aun debemos ir unidos a la marca "Malbec de Mendoza" que es la punta de flecha para el mercado internacional. Pensemos que muchos consumidores potenciales ni siquiera nos conocen y es más probable que escuchen hablar del vino argentino de Mendoza que de un terruño mendocino en particular. Pero de a poco se escucha a ciertos extranjeros que piden un Malbec de Gualtallary o uno de Chacayes.
—Hay una variable que atraviesa todo el futuro de Mendoza: el agua. ¿Hasta dónde puede crecer la vitivinicultura mendocina sin replantear su modelo productivo?
—En Mendoza no hay chance de crecimiento sin agua. Creo que es fundamental replantear el uso del agua para las diferentes actividades, incluyendo la vitivinicultura. Nuestro modelo de las acequias está muy bien dentro de las fincas como elemento de marketing, pero para la conducción del agua desde su origen hasta su lugar de utilización debe hacerse entubado o protegiendo los cauces para evitar contaminación y pérdidas por lixiviación. La eficiencia hídrica, podría ser un argumento comercial para el caso de los vinos mendocinos.
—En un contexto internacional de cambio climático, ¿qué decisiones está tomando hoy una bodega inteligente que hace cinco o diez años no eran prioritarias?
—Todavía no estamos concientizados del todo, del grave problema que deberán enfrentar las nuevas generaciones. La tendencia mundial de una bodega inteligente es producir 1 litro de vino con el gasto de 1 litro de agua. Hoy estamos alejados de ese objetivo, pero todos debemos poner nuestro esfuerzo para lograrlo.
También en el viñedo debemos eficientizar el uso del agua. Evitar los riegos por inundación como se hacía antiguamente, incorporar tecnología en la medida de lo posible, mantener limpios los cauces para evitar derrames. Como dije, lo mejor quizás sería entubar aquellos cauces que pasan por zonas urbanas.
—¿Qué lugar ocupa la tecnología en la vitivinicultura que viene? Inteligencia artificial, sensores, imágenes satelitales, datos climáticos, automatización, trazabilidad...
—Creo que para otros cultivos hay un uso de todas estas tecnologías que se van difundiendo y se utilizan mucho, sobre todo, en cultivos extensivos y con muy buenos resultados. Pero en viticultura cuesta más implementar todo eso y el cambio se ve lentamente.
También influye la grave crisis vitivinícola que se está atravesando y que impide que los cambios se produzcan rápidamente. Si la venta de uva no tiene un precio sostenido, es imposible para el productor, grande o pequeño, programar todos estos cambios tan necesarios y que nos traerían beneficios a todos.