24 de noviembre de 2013 - 00:13

Visita al mítico bar del corazón de Alvear Oeste

El de Bassino es el referente obligado de este sector de la ciudad. Está abierto desde hace siete décadas y lo conservan casi intacto.

El auge del tren y una economía floreciente vieron surgir al mítico bar de Bassino a mediados de la década del 40 en el corazón de Alvear Oeste.

Ubicado estratégicamente a mitad de camino entre la plaza del pueblo y la estación del ferrocarril, el majestuoso edificio nunca ostentó un letrero que lo identificara, pero tampoco hizo falta.

Su altura imponente propia del modernismo arquitectónico, al que muchos mayores aún consideran como un estilo que jamás fue superado, y las amplias vidrieras que abarcan las calles Santa Fe y Laprida siempre dejaron a la vista un espacioso salón de dos alas repleto de mesas de billar y pool, metegoles de pesada fundición y un mobiliario de estilo inglés que haría temblar de emoción al tanguero más malevo de arrabal, o mejor dicho, del barrio de La Boca.

Porque el bar está repleto de banderas, afiches y fotos de todos los tamaños de Boca de distintas épocas, y los mayores todavía recuerdan cómo se podía festejar hasta desgañitarse un gol del club de la Ribera en los partidos que oían por la radio, pero jamás gritar uno del acérrimo rival, River Plate, que sólo logró colarse en ese santuario a través de algunas tapas de la revista El Gráfico que los Bassino coleccionaron durante años y que aún hoy permanecen en una de sus vitrinas, custodiados por pesadas carameleras de vidrio.

El lugar tampoco tuvo jamás un nombre propio, siempre fue conocido a secas como el bar "de Bassino" y 67 años después de su inauguración, el apellido de la familia se convirtió en equivalente inconfundible de Alvear Oeste. Claro que no le faltaron fundamentos para ello, porque nunca hubo otra persona que no fuera un Bassino detrás de la enorme barra de madera que luce una cafetera express de acero inoxidable que es la envidia de los coleccionistas.

Construido por orden de Raimundo Bassino, abrió sus puertas por primera vez en 1946 y desde entonces fue atendido por los hermanos Armando "El Ñato" y Miguel Bassino, que se turnaban para que el bar recibiera parroquianos desde la mañana y hasta la una de la madrugada, aunque muchas veces las reuniones ameritaron que el amanecer los sorprendiera entre música, billar, truco, chinchón y el humo de los cigarrillos -no prohibidos en aquella época- que reposaban sobre los ceniceros incrustados en las mesas.

Siete décadas más tarde, el tiempo parece no haber pasado. Todo sigue impecable y desde los muros, Carlos Gardel le guiña un ojo a Libertad Lamarque, "El toro salvaje de las pampas" Luis Ángel Firpo cruza gestos amenazadores con Pascual Pérez y el más grandote "Ringo" Bonavena, mientras que desde el fondo y haciendo gala de su sangre fría, José Manzano acelera a fondo su potente Torino.

No hace falta aclarar que los Bassino eran fanáticos del deporte y admiraban a los grandes artistas argentinos, y sus hijos, Nora y Miguel, que hoy tienen a cargo el mítico bar, así lo respetaron.

Aunque los años se ensañaron con la estructura, la buena construcción de los hermanos pampeanos Juan y Pablo Siri supo resistir de pie sus embates, y la voluntad de los herederos logró recuperar en gran parte al edificio para que luzca casi como en sus mejores épocas, sabedores de que cada fragmento de ese bar es sangre de sus venas y parte de la historia de todo un pueblo, que pasó por allí durante generaciones y que hoy se resiste al olvido.

Para los curiosos que sean culpables del pecado de no conocerlo aún, el bar sigue abriendo sus puertas al público como siempre -hoy lo atiende Norita- y aunque cierre temprano, su aire invita a respirar el de otras épocas, a tomarse una copita de caña y escuchar a todo volumen un buen tango.

Enmarcado en madera labrada casi con seguridad a mano, pasó por varias de las paredes del establecimiento y hoy domina el ala oeste el afiche del Boca Juniors campeón de 1934.

Pretendido por un sinnúmero de hinchas, los Bassino jamás cedieron a las súplicas o incluso algunas generosas ofertas económicas para desprenderse de él. "Mientras esté el bar, va a estar acá", recuerda haberle oído decir muchas veces a su padre Nora Bassino.

Lo que nunca esperó Miguel fue la llegada de "un señor que no era de Oeste", según el relato de terceros. Nadie recuerda con exactitud su nombre o el año, y es muy difícil comprobar el rigor histórico, pero todos coinciden en la profunda emoción del dueño al contar la anécdota y vale la pena reproducirla.

"El hombre era bastante mayor, pidió una bebida y se sentó largo rato sin decir nada, hasta que se acercó al póster y le preguntó al dueño: '¿Usted es hincha de Boca?' Ante la obvia respuesta, se limitó a sacar su libreta de enrolamiento y parándose al lado del cuadro, señaló a uno de los integrantes del plantel en la fotografía y dijo: 'Yo soy ése'."

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