Ir a la oficina a horario, sentarse frente a la computadora sin hacer nada y esperar la hora de salida. Aunque puede parecer algo imposible de que suceda -ni siquiera un día-, esa fue la rutina de una mujer durante un año. Lo más llamativo es que nadie de la empresa se dio cuenta que no tenía ninguna tarea.
Su nombre es Leyla Kazim y contó que decidió poner a prueba qué tan necesario era su puesto cuando comenzó a sospechar que su trabajo no tenía utilidad. Al principio imaginó que duraría apenas unos días, pero se terminó extendiendo durante un año completo sin que recibiera cuestionamientos.
Según relató en un artículo publicado en sus redes sociales, todo comenzó cuando notó que su nuevo jefe no tenía demasiado claro cuáles eran sus funciones ni las del equipo que dirigía. "Desarrollé la sospecha de que mi puesto era irrelevante e inútil. Además, mi nuevo responsable parecía tener muy pocas habilidades de gestión y ni siquiera conocía mi función", detalló.
Para mantener oculta su “estrategia”, creó una hoja de cálculo llena de datos sin importancia que, vista desde lejos, daba la impresión de ser un documento de trabajo complejo. "Los resultados cambiaron para siempre mi enfoque profesional", recalcó.
"La gente pasa, ve todo ese texto pequeño y las columnas, y simplemente asume que estoy trabajando", contó con humor. Además, siempre dejaba abierta alguna página relacionada con la empresa para cambiar rápidamente de pantalla si alguien se acercaba.
La insólita forma de cómo fue descubierta
Por mientras, usó el tiempo para organizar viajes y ocuparse de asuntos personales. Con apenas 15 minutos alcanzaba para generar algunos documentos que reforzaban la ilusión de que seguía ocupada. Otro dato que la ayudó fue la “ubicación de su escritorio”.
Estaba frente a una ventana y lejos del paso habitual de sus compañeros. Por eso casi nadie podía ver qué hacía realmente durante la jornada laboral. Ella pasaba totalmente inadvertida por todos, ya que ni al jefe le rendía cuentas.
Lo más insólito es cómo fue descubierta. La historia “envidiable” no terminó ni con un despido ni con un llamado de atención. Fue ella misma quien decidió renunciar al considerar que, si su ausencia pasaba tan desapercibida como su presencia, probablemente su puesto nunca había sido tan indispensable.