En respuesta a la inquietud de un lector y para ampliar el contenido de la nota “Los errores que se escuchan”, voy a referirme a los vocablos ‘legaña’ y ‘lagaña’, ‘*engarilla’ y ‘angarilla’, ‘destornillar’ y ‘desternillar’ y, finalmente, ‘*absentismo’ y ‘ausentismo’.
¡Cuántas veces hemos visto llegar a una persona con cierta afección en sus ojos, como producto de alguna enfermedad pasajera o después de haberse levantado! Entonces, unos dicen que tiene ‘lagañas’ y otros, ‘legañas’. El diccionario académico registra ambas formas: si buscamos ‘lagaña’, nos remite a ‘legaña’ y nos la define como un “humor procedente de la mucosa y glándulas de los párpados, cuajado en sus bordes o en los ángulos de la abertura ocular”.
A la inversa, el Diccionario integral del español de la Argentina consigna, bajo la entrada ‘legaña’ el significado “lagaña’ y, en la definición de este vocablo, nos dice que se trata de una “secreción amarillenta producida por las glándulas sebáceas de los párpados, que se deposita en los ángulos internos de los ojos o en las pestañas, generalmente durante el sueño o por alguna afección”. Da como derivado el adjetivo ‘lagañoso’, que explica como “quien tiene lagañas”.
El Diccionario de americanismos registra, además, ‘lagañiento’ y ‘legañiento’ como sinónimos de aquel adjetivo. Vemos que en el vocabulario popular alternan las dos formas, con ‘a’ y con ‘e’: por ejemplo, en la asociación de seres naturales, se llama, con ingenio, ‘lagaña de perro’ a una planta, que puede alcanzar hasta tres metros, con flores vistosas dispuestas en racimos en los extremos de las ramas, de pétalos ovados de color amarillo.
En el ámbito fraseológico, se dice “no ser cualquier lagaña de mico” para señalar que algo no es vulgar ni de poco valor; más bello es el refrán “Hay ojos que de legañas se enamoran”, para significar que algunas personas no miran lo físico del objeto de sus amores, sino lo interior del corazón. La memoria atesora, según advertimos, formas con ‘a’ y con ‘e’.
Llega un obrero a trabajar en nuestra casa y nos pide una *‘engarilla’ para transportar el material; no creo oportuno corregir su modo de hablar, pero comento, luego, a mi familia, que la forma correcta es ‘angarilla’. Cuento que el término se originó en el diminutivo “angariellae”, del latín “angaria”, que significaba “servidumbre que tenían los súbditos para con el príncipe, que consistía en facilitar las caballerías para las cargas y postas”.
Ese valor original de “transporte y carga” se ha transmitido a las ocho acepciones que se registran en el diccionario. Existe, en este sentido, el verbo ‘angarillar’, con el valor de “poner angarillas a una cabalgadura”. También, el Diccionario de americanismos consigna la locución ‘mover la angarilla’, con el sentido de “bailar, seguir con el cuerpo el ritmo de la música”.
En un aviso televisivo, se nos aconseja que cuando nos duela el cuerpo, que sea de risa y no por padecer algún dolor. Ese dolor provocado por la risa se vincula al verbo ‘desternillar’, con la vocal ‘e’: veamos por qué. El verbo ‘desternillarse’ significa “romperse las ternillas” y “reírse mucho, sin poder contenerse”.
El vocablo está formado por el prefijo ‘des-‘, que equivale, en este caso, a “fuera de”, y el sustantivo ‘ternilla’, que designa a un cartílago del cuerpo humano; en efecto, cuando reímos a carcajadas, durante mucho tiempo, ¿no sentimos un ligero dolor en los costados del cuerpo? Ahí, hemos logrado que las ternillas se alteren. ¡Qué cosa tan diferente es ‘destornillar’ algo, que significa “quitar los tornillos de un objeto”! Esta forma es preferida en América, mientras que en España se prefiere ‘desatornillar’.
Una vez más insisto en el valor del aprendizaje de las lenguas clásicas; quienes tuvimos la suerte de conocerlas desde nuestra adolescencia no concebimos otro modo de encarar el conocimiento de las palabras que hacerlo desde su origen: se plantea, en la pregunta inicial, la legalidad de ‘ausentismo’ frente a la forma *’absentismo’.
Tanto una forma como la otra se vinculan al adjetivo ‘ausente’ y al sustantivo ‘ausencia’; ellos derivaban, respectivamente, del latín “absens” y “absentia”, voces relacionadas con el verbo “absum” (“estar lejos de”, “estar ausente”), en el cual el valor de separación, de lejanía, de distancia lo daba “ab”, preposición que servía, precisamente, para indicar esos matices.
Al pasar al español y para facilitar la pronunciación, la ‘b’ se cambió en ‘u’ y hoy, entonces, decimos ‘ausente’ y ‘ausencia’, mientras que, en inglés, se conserva la ‘b’ y se dan las formas “absent” y “absence”; otro tanto ha ocurrido en francés donde, para esas mismas formas, aún pervive la ‘b’ etimológica. Concluimos, entonces, que para nosotros es ‘ausentismo’ y no *’absentismo, no porque no seamos fieles a la etimología, sino por evolución fonética del vocablo original.