Una gambeta más te pido, gordo. Una más para eludir la tristeza, que nos enfrenta como si fuera el "Vasco" Goikoetxea. Dejá que la pelota llegue furiosa a tu zurda mágica y amansala; contale cosas lindas; decile casi susurrando que de chiquito la perseguiste por canchitas inhóspitas; contale de aquella tarde en que te colaste en el patio del vecino para recuperarla y un verdugo de dientes afilados y ojos desconocidos te dejó una marca imborrable en la pantorrilla. Dale, animate. Volvé a ser ese chiquillo aviador corriendo por las calles del barrio, con los brazos abiertos, soñando el festejo de algún gol que en un tiempo se volverá inolvidable.
¡Emocioname gordo, dale, te lo pido! Ayudame a recuperar la nostalgia de las cosas que se perdieron en baúles que ya no vamos a encontrar. Por que vos y yo sabemos que no hay mapas para llegar a esos baúles. Alguien decidió romperlos el día que perdimos la inocencia. Quizás fue aquel 30 de junio de 1994 o cuando dejaste de salir en las tapas de El Gráfico, que se yo; pero desde entonces pocas cosas interesantes nos suceden.
Dale una gambeta más, gordo, ¡por favor! Ponele el cuerpo a esos que llegan a romper, a evitar la construcción de un futuro mejor. Deciles que vos lo vas a impedir, como siempre hiciste con los que arremetieron contra los débiles. Fruncí el ceño, acobardalos; que no se atrevan de nuevo. Volvé a dejarlo solo al "Cani", de frente a un Taffarel verde que sabe su destino de simple testigo ante la grandeza de un cielo celeste y blanco. Volvé a ser ese pajarito que se refleja en el charco de aquella calle embarrada, convertida en un lodazal donde aprendiste que la redonda es una extensión más de tu cuerpo; ese que golpearon durante años, ese que aguantó cuando ya nadie más podía aguantar; ese que me gustaría abrazar ahora mismo, cuando ni el fútbol es una excusa para evitar las lágrimas.
Dale gordo, te lo imploro; regalame una sonrisa más. Una sola. Dejame volver a las siestas perdidas delante del viejo Telefunken. Ahí te vi protagonista de una inolvidable lección de desparramos, donde conitos blancos te veían pasar en medio de un azul vengador, como una flecha directa al corazón de los que nos golpearon con el peor de los castigos.
Te extraño, gordo hermoso. Te extraño tanto como extraño a mis abuelos. ¡Que me importa que hablen de tu vida privada como si cargaran cientos de piedras en los bolsillos! Te extraño y extraño mi infancia, mi baldío, las esquinas sin relojes y tus goles. Ojalá no dejes de gambetear nunca. Ojalá…