Como una prolongación del propio cuerpo llevó el hombre un cuerpo ajeno. Más frío y más noble aún que la diestra traicionera; más misterioso también.
Como una prolongación del propio cuerpo llevó el hombre un cuerpo ajeno. Más frío y más noble aún que la diestra traicionera; más misterioso también.
Más cargado de historias que se cuentan en la oscuridad de una noche, sin prisa, cuando la decencia duerme y velan los compadres. El cuchillo. Heredero de un pasado reciente, tuvo al principio un largo que revelaba sus aspiraciones de sable, su aire de hidalguía, su orgullo hispánico y dieciochesco.
Con el correr del tiempo el filo fue perdiendo en extensión y ganando en coraje (fue de valientes pelear con un cuchillo corto).
Luego se hizo “facón” entre los otros (entre nosotros), entre los parricidas. La libertad andaba cerca. “Criollos revoltosos” dijeron. Costó entender que esa revuelta era un cuchillo extraviado, como un olvido en un cardal “sin dueño”… porque así era, para muchos, la pampa.
La prueba del coraje
Mario López Osornio en su meduloso trabajo "Esgrima Criolla" señala que un cuchillo en mano de un hombre que lo sabe manejar le da valor aunque no lo tenga, o se lo hace surgir del fondo de sus entrañas aunque no lo quiera. Los mismos cobardes se sienten fuertes cuando están armados… Es que el cuchillo crea una defensa, un ataque… o una ilusión.
El cuchillo es, al mismo tiempo, la intimidad. Reprochable exhibición es aquella de sacarlo en vano. La vaina lo contiene y lo retiene, porque una vez que lo tocó el aire, la sangre, lo reclama.
Vistosa empuñadura que se asoma por la espalda, como subrayada por la faja que la sujeta. Se pensaría que se oculta de no ser por ese hábito, por esa transparencia, por ese mango que anticipa condiciones.
El duelo como comprobación de la hombría
No fue aquí la defensa, no admitía esa función. Buscó entre los hombres un destino "más digo" y fue ceremonia, rito ancestral para el que se requería toda una vida de espera. Los días anteriores al desafío fueron un solo "visteo", un juego de niños con palos tiznados que manchaban los rostros en un divertido adiestramiento.
Borges gustaba pensar en el duelo criollo no como incidente, sino como fatalidad, el desafío que desecha la indignidad de una “causa” que lo rebajaría a “contienda”, ése que goza de “la nobleza” de no tener causa, o -mejor aún- de tener por única causa el duelo mismo, la intención franca y presentida de comprobar “quién es más hombre” y una vez sabido, la cuestión quedaba resuelta sin más. Los poemas que integran su obra “Para las seis cuerdas” (1965) ilustran de sobra esta propuesta.
Se preguntaba Borges en su poema “El Tango” (en “El otro, el mismo”, 1964)
"… ¿Dónde estarán aquellos que pasaron,
dejando a la epopeya un episodio,
una fábula al tiempo, y que sin odio,
lucro o pasión de amor se acuchillaron?..."
En este juego de comprobación de la hombría, el encuentro del acero con el cuerpo del otro lo era todo. “Entra hasta el puño; el índice y el pulgar tocan el cuerpo.
Ese contacto que bastaría para perdonar, indica lo consumado sin remedio” dice Martínez Estrada en “Radiografía de la pampa” (1933). Y ya no hay vuelta atrás: la sangre ha resuelto la eficacia del coraje, que es su magnitud.
Sin embargo, no ha sido este tipo de duelo el que puebla la crónica policial, especialmente la urbana. Por el contrario, el duelo a cuchillo “con causa”, ha sido el más frecuente y el que ha tenido un amplio desarrollo en la literatura nacional, y en la letra de tango más específicamente. Más aún: la pelea a cuchillo por causas de mujeres, inunda la poesía de tango, como se verá luego.
El planazo, el hachazo y el barbijo
Más allá de las formas más o menos convencionales de usar el arma blanca contra el adversario, hubo otros modos de atacar que, según testimonios de la época, indicaron piedad, desprecio, humillación o pertenencia.
Existió el “planazo”, golpe desdeñoso demostrativo de la poca importancia que reviste el adversario, por su condición o por su desventaja. José Hernández en el “Martín Fierro” nos lo narra así:
"Un puntaso me largó,
pero el cuerpo le saqué,
y en cuanto se lo quité,
Para no matar un viejo,
con cuidao, medio de lejo,
un planaso le asenté"
La piedad es el motivo. O uno es -o se cree- demasiado hombre, o bien ve en el otro “poca cosa”. El adversario “no merecía el honor del acero”, y le sobraba con un sopapo o con un rebencazo. (“Yo con el cabo 'e mi rebenque tengo 'e sobra pa' cobrarme...” dice el tango “Mandria”).
También existió el “hachazo”. Éste era el golpe de filo que indicaba indulgencia o desprecio. Así hería el peón al patrón y el gaucho al extranjero. Era también el golpe antiguo del caballero al hombre pobre que va a pie.
Dice con picardía Evaristo Carriego en su célebre poema “El Guapo”:
"Nada se le importa de la envidia ajena
ni que el rival pueda tenderle algún lazo:
no es un enemigo que valga la pena…
pues ya una vez lo hizo ca… er de un hachazo"
También se conoció el “barbijo”, ese ataque infamante. El sello perpetuo que, por ser en la cara, era más gravoso por lo inocultable. Pudo ser la señal del perdón pero tuvo otro significado menos piadoso. Como la marca de la hacienda, cumplió con una simbología de la propiedad o de la pertenencia. Es el tajo que deviene cicatriz y que recuerda para siempre ese día, ese encuentro.
El tango “El barbijo” (1929) con música de Andrés Domenech y letra de Jesús Fernández Blanco, es una lúcida descripción de este uso del cuchillo. Allí vemos un “gaucho bravo”, contando en el fogón la historia de su cicatriz que tiene origen -una vez más- en una contienda amorosa que se resuelve con un duelo entre los pretendientes:
"Los ojos pumas
brillaron fieros
y en los aceros
relampagueó.
¡Marcó mi cara
con un barbijo,
pero ni ¡ay! dijo
cuando cayó!"
El gaucho bravo, mirar de tigre,
montó en su pingo color gateao
y al despedirse les dijo a todos:
¡No es por ser maula que me han marcao! ..."
El cuchillo y la traición en el tango
Repasemos algunos títulos donde el duelo a cuchillo no ha sido -como a Borges le gustaba- "incausado" sino que la causa ha sido una de las más frecuentes: un asunto de polleras.
Julio Navarrine describe en “A la luz del candil” (1927), un desdichado escenario de una traición que desembocó en un doble crimen, y un hombre arrepentido que se entrega a la autoridad y suplica el perdón de Dios. El filo desempeña en esta obra un papel de singular importancia: mata y extrae “las pruebas de la infamia” con que el homicida se entrega.
“Brindis de sangre”, con letra de José Suárez, es una muestra de cómo pelear, era, al decir borgeano, “una fiesta”. A pleno mediodía, el cómplice de la traición regresa a la pulpería y se encuentra con su rival. Se reconocen.
Más famoso, el tango “Duelo criollo” (1928) con letra de Lito Bayardo, podría ser perfectamente un argumento de Shakespeare o de una tragedia griega. Tres personas, una traición y tres muertes.
"pero otro amor por aquella mujer,
nació en el corazón del taura más mentao/ que un farol, en duelo criollo vio,
bajo su débil luz, morir los dos."
"… De pena la linda piba
abrió bien anchas sus alas
y con su virtud y sus galas
hasta el cielo se voló."
“El ciruja” (1926) cuya letra le pertenece a Alfredo Marino, dice en una feliz estrofa:
"Frente a frente, dando muestras de coraje, / los dos guapos se trenzaron en el bajo, / y el ciruja, que era listo para el tajo, / al cafiolo le cobró caro su amor."
El cuchillo contra la mujer
El tango no estuvo exento de este terrible desenlace. Ofrecemos algunos ejemplos.
Edmundo Rivero en la pieza de su autoría titulada “Amablemente” -que tan bien sonaba en esa voz tenebrosa y profunda- narra un escenario por demás avieso, con un final donde el ensañamiento y la premeditación ganan su lugar.
Ante la traición, Rivero plantea un esquema ético: el hombre “no es culpable en estos casos”, y la mujer merece la muerte. Luego de encontrar a su mujer en otros brazos, ordena al tercero que se marche, solicita a su mujer, con naturalidad, “unos mates”, cual si nada sucediera. “La chamuyó de pavadas…”, pitó un cigarro…
"Y luego, besuqueándole la frente,
con gran tranquilidad, amablemente,
le fajó treinta y cuatro puñaladas."
“Contramarca” (1930), de Francisco Brancatti, insinúa una similar aberración:
"… y esa flor que mi cuchillo
te marcó bien merecida,
la yevarás, luciendo en el carriyo
pa' que nunca en la vida
olvidés tu traición."
El milagro
En "Virgencita de Pompeya" (Medallita de los pobres), Enrique Maroni, nos cuenta una historia inverosímil y pintoresca. Enfrenta al filo sagrado del puñal, un poder superior: el del milagro religioso.
"¿Y te acordás, Virgencita,
la noche en que Pancho Almada
me tiró una puñalada...
y le rompiste el facón?"
El cuchillo y el suicidio
El cuchillo puesto al servicio del suicidio no ha sido muy frecuente en la poesía del tango pero no ha estado del todo ausente. Veamos por ejemplo el tango "Ofrenda maleva" de Jacinto Font:
"El sudario de la muerta
de blanco se ha hecho punzó,
por la sangre del malevo
que, en duelo de fiera,
se abrió el corazón."
"Te llaman Malevo", con letra de Homero Expósito, aloja el suicidio en una genial metáfora que nos presenta al cuchillo, omnipotente, enfrentando al tiempo, acortándolo… "deshojando la espera": "Dicen que dicen que una noche zurda / con el cuchillo deshojó la espera / y entonces solo, como flor de orilla, / largó el cansancio y se mató por ella."
Ha sido defensa, venganza, orgullo, coraje, pero sobre todo ha representado, una llave y un improbable conjuro a ese misterio que se nombra en voz baja, por respeto: el cuchillo ha sido un anticipo, un relámpago, un rojizo relumbrón de la muerte, que más vale propiciar a tiempo que recibir por descuido. Y el tango es, una vez más, un compendio de estas historias, un espejo de estos deseos, de estos miedos, tan criollos… y tan nuestros.