Torcidos, siempre torcidos

Íconos de los últimos años de los ‘80 de la escena rock de Mendoza, Kinder Videla Mengele después de décadas presentan su primer disco.

Ahora que

Fito Páez

vive tan asqueado, como si nunca hubiera existido

Luca Prodan

o su “La rubia tarada”, habría que recordarle que, en la misma época, en Mendoza, nacía una leyenda llamada

Kinder Videla Mengele

(1985, Escuela Normal, para los arqueólogos). Es que mientras en la Rosario de Páez era todo paz y amor y pajaritos y florcitas, en la capital del vino algunos pibes estaban al palo del punk rock. Parecía una moda: las crestas de tremendo making off, los delineadores prolijos esparcidos en las miradas, y rigurosos ojos y labios negros. Todo podía pasar en los últimos ochenta en Mendoza. Incluso este grupo de chiflados, gestado en el Guaymallén profundo de Tejada Gómez, los Kinder Videla Mengele. Créase o no, 25 años más tarde los chiflados no parecen nada chiflados.

El punk como movimiento cultural, esto es, una ética, una estética, fue protagonista en un tramo crucial de la fiesta inaugural de los recientes Juegos Olímpicos en Londres. Varios recordarán y fueron millones de personas que lo vieron: cuando el pop-rock acabó, el Estadio Olímpico se rindió a los pies del punk y todo fue Sex Pistols con la célebre versión del “God save the Queen”. Hoy en día, los únicos que se asustan del punk son los propios cultores, acaso azorados por el impacto de un asunto que nunca es menor: “Nuestro mensaje sigue siendo el mismo. Pienso que la gente está todavía un poco confundida: lo que quiere es pararse el pelo y nada más. Nosotros estamos para hacer algo, queremos cambios profundos, porque no puede ser que suceda lo que vivimos día a día, en la música y en la sociedad”, dice Punko, alias Julio Murillo, o al revés, el primer baterista de KVM.

“La propuesta es siempre la misma: independiente y combativa”, han afirmado. Y el disco “Wistu”, un torrente sanguíneo de 21 canciones sin tregua, es un repaso por clásicos (“Las manos de Perón”, “Tirá la piedra”, “Guardatti”) y algunas novedades melange, como “Huayño Punk” o la versión de “Indio hermano”, de Los Jaivas.

Si los recitales y el mito de KVM ha sido una innovación, con idas y venidas, el disco “Wistu” no podía ser menos -ver La Mirada de los otros-. Primero decir que Wistu en voz quechua equivaldría a “torcido”, vocablo que no parece estar lejos ni del espíritu del punk, ni mucho menos de la carrera de KVM. Suele decir Punko: “En nuestras primeras épocas improvisábamos mucho. Para la gente común e incluso la del rock, nuestra música era ruido o basura”. Lo cierto es que el disco va en sentido contrario. “Estamos muy agradecidos al Fana Martínez”, resumen, para hablar sobre el tipo que grabó, mezcló y masterizó el disco.

KVM tuvo una época en la que se llamaba Los Genitales NN. Hasta que en un show, en 1985, en la Escuela Normal, pasó a llamarse como hoy todos los conocen. “Fue muy gracioso. Tocamos en un festival, con varios otros grupos. Y cuando empezamos nosotros la gente se iba yendo de, a poco”, recuerdan hoy, entre risas. No es difícil imaginar a un mendocino asustado. Ni siquiera hoy, en el siglo XXI.

Los Mengele, no obstante, siempre fueron tipos humildes, poco arrogantes. Y prueba de ello es que compartieron escenario, en Buenos Aires, con Todos Tus Muertos, y en Mendoza con Alcohol Etílico, Perfectos Idiotas, La Montaña y La Rebelión. En Chile también, con los Marcel Duchamp. Con otros grupos no pudieron, pero por razones distintas, como sucedió cuando tocaron Los Violadores en la Finca Orfila. Era el cumpleaños de uno de los dueños de la bodega. Debe haber sido no poco bizarro divisar entre las viñas a grupos de punks paseando en sulky, en la previa al show. Y entre ellos a los Mengele, más abocados a los placeres mundanos que a la prueba de sonido. La vida, por entonces, era blanco y/o negro.

La leyenda de los KVM se inició en la prehistoria, cuando Dimi Bass, que hizo el servicio militar con Antonio Murillo (hermano de Egar, Punko y Mito), le regaló un disco de los Sex Pistols y se llevaría de la casa de los Murillo uno de The Police. Antonio compartió el disco con sus hermanos y entonces les rompería la cabeza a varios. Hasta entonces el punk era como una teoría de la física cuántica.

Luego, el cantante, Mito, una especie de nómade o gitano, entre sus tantos viajes y estadías en Buenos Aires, iría a los primeros recitales de Sumo. Y también recibiría de manos de Fidel Nadal un disco de los Dead Kennedys. Y trabaría relación con el difunto Horacio Villafañe, más conocido como Gamexane. El resto es más o menos historia conocida. Y el disco Wistu da cuenta de ello. Como dice Charly, “los amigos del barrio pueden desaparecer, pero los dinosaurios nunca van a desaparecer”.

Wistu es un hito, en varios sentidos. El primero es que se trata del debut discográfico de KVM, luego de 27 años de concepto total de banda: aquel refugio dorado, a veces el único, el contenedor y el disparador. Es, la actual, una etapa más relajada pero exigente. Y ellos dicen definitiva, que es lo que suele pensarse acerca de las cosas que jamás lo son.

De algún modo, este disco parecía necesario, la idea casi de un autotributo, pero siempre generoso, abierto, dentro del caos organizado. Es, claro, una música que resiste. No está nada lejos del disco que siempre soñaron grabar. Honestidad brutal, el alarido de siempre de Ginsberg ("Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura"). Al fin, Pichuco, los KVM no vuelven, si nunca se fueron.

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