Protegida por un largo abrigo negro y una pañoleta que le cubre la cabeza, una madre baja del tren con sus tres niños en la estación de Lviv. Forman parte de los centenares de familias tártaras ucranianas que huyeron de la Crimea controlada por las fuerzas rusas y hallaron refugio en ese bastión nacionalista del Oeste ucraniano.
"Mientras los soldados rusos estén en Crimea, tendré miedo por mis hijos", de 2 a 5 años de edad, explicó esta madre, antes de agregar: "Aquí me siento segura".
El avance progresivo de las fuerzas rusas desde fines de febrero hunde en la angustia a los tártaros, minoría musulmana de la península, deportada en Siberia y Asia Central bajo Stalin y que sólo pudo regresar tras la caída de la Unión Soviética en 1991.
En Lviv, los tártaros fueron recibidos por Petro Kolodiy, presidente del consejo regional. "Lviv les tiende la mano", dijo a los recién llegados.
La población local también recibió con los brazos abiertos a unos 500 habitantes de Crimea, y los propietarios de hoteles los alojaron gratuitamente.
"Cuando era niño, mi abuela me contó que Lviv recibió a ucranianos del Este durante la gran hambruna (1932-1933) y compartió con ellos las últimas migas de pan", dijo Kolodiy.