9 de junio de 2019 - 00:00

Super héroes de barro - Por Maxi Salgado

Los deportistas no son cuidados en su formación y terminan siendo víctimas de personajes en los que son convertidos por el propio negocio.

Jugadores que se sienten semidioses y, acostumbrados a su impunidad, se creen con derecho a maltratar y abusar de mujeres, árbitros que aprovechan sus influencias y siguen queriendo corromper a menores. El aburgesamiento gangsteril del deporte sigue ganando terreno y ya ha infectado a todos los ámbitos. Por ahí, en el fútbol se amplifica más por la dimensión de los personajes, pero ninguna actividad parece estar exenta de estas situaciones de cohecho y delitos.

Las calamidades del deporte industria pasan a ser comunes y ya nadie se sorprende de que mientras la redonda se toma vacaciones, los protagonistas pasan a ser actores principales de los programas de policiales y de espectáculo.  Ya nada los distingue a los unos y a los otros. Hay delincuentes expuestos al allanamiento policial en el profesionalismo y en el amateurismo. Y ya llega a ser un tema monótono y aburrido que hacen que se los olvide rápidamente.

Y lo que se olvida con facilidad es la importancia que debe ponerse para cuidar a los jóvenes que alguna vez encontraron en el deporte la posibilidad de desarrollarse como personas. No es casualidad que en los casos más “escandalosos” siempre aparezcan esos ídolos que venían de una cuna humilde, como es el caso de Neymar, como fue el caso de Tiger Woods en algún momento. Cómo pasó hace tiempo con Monzón, justamente de quien se está por estrenar la serie que cuenta cómo fue su historia.

Tampoco es casualidad que las personas a las que las redes de protistución que están representadas por el árbitro que fue detenido esta semana en Rosario y que es el mismo que estuvo involucrado en el caso de los chicos de Independiente de Avellaneda, sean aquellos que viven en pensiones y que han dejado su familia en búsqueda de un futuro venturoso. Ahí es donde los extremos se juntan.

Los clubes, cada vez más preocupados en conseguir títulos que le abulten las cuentas bancarias, deben volver a darse cuenta que sin materia prima no habrá más producto para vender. Debe estar primero la persona y después el jugador. Porque de que sirve que Neymar se haya cansado de decir que su historia cambió gracias a la ayuda de una iglesia pentecostal y hasta que tenga una fundación que ayuda a los niños carenciados en Brasil, si después se convierte en el anti ejemplo para los tiempos que corren y saca el animal machista que lleva adentro.

La propia industria, a la que sólo le importa vender que los ídolos deportivos son super héroes, termina desechando a esa gente que elevó hasta ese categoría.

Porque hoy le pasó a Neymar, pero la lista es muy larga y en ella podemos incluir a Woods, a Pistorius (el atleta australiano amputado que terminó matando a su pareja), Michael Phelps (el nadador norteamericano al que lo filmaron fumando marihuana) o Lance Armstrong (el ciclista más laureado del siglo y a quien se lo vendió como ejemplo por vencer a un cáncer, pero se lo desechó cuando asumió que había usado sustancias dopantes). Se les pide ser máquinas, pero se los castiga cuando demuestran que son seres humanos, con los mismos problemas que cualquiera de nosotros.

“Debemos olvidarnos de la ética, porque el hombre ético, pese a no haberse extinguido, está en vías de eso”, decía un dirigente hace un tiempo. Me resisto a creer que eso sea cierto. Aunque es real que la corrupción se levanta y se acuesta todos los días con nosotros. Con la salvedad de que lo acostarse es un metáfora, porque en realidad, ella no duerme nunca y si está en el medio, nada importa lo que hay que hacer para conseguir los objetivos. El deporte debe ser salud, no antro de perdición. Luchemos para que nuestros hijos, nativos de esta sociedad complicada, nos llamen a vivir otra realidad.

¡Atrévase a soñar!

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