En el departamento de San Javier, en pleno monte de Traslasierra, Santos Becerra habita una casa levantada con sus propias manos. A sus 67 años, este poblador rural demuestra que la autonomía edilicia y alimentaria es posible mediante el oficio artesanal, la disciplina diaria y un conocimiento profundo de la tierra.
Aprendió el oficio a los 13 años mientras trabajaba como peón y completaba la escuela primaria. Décadas después, este conocimiento le permitió erigir su vivienda sin depender de materiales industriales, combinando su rutina con una huerta de maíz y zapallos que sostiene su alimentación diaria.
El secreto del barro: moldeo invernal y cocción a 800 grados
La durabilidad del adobe artesanal responde a un proceso físico y de planificación climática. Durante los meses fríos, Becerra mezcla la tierra en los pisaderos con pala, moldea cada pieza a mano y acumula los bloques secos para evitar la exposición al fuego durante el invierno. Al llegar el verano, enciende el horno playero hasta alcanzar los 800 grados. Esta cocción paulatina otorga una densidad estructural que aísla térmicamente la vivienda y garantiza la firmeza del material frente al paso del tiempo.
Para movilizar la producción y realizar labores del campo, Santos incorporó un tractor Deutz 70 y un acoplado. En su cocina prefiere el fuego a leña y utiliza una histórica batea de madera heredada de sus padres para conservar los alimentos.
Autonomía y permanencia en el monte
Padre de cinco hijos, Becerra eligió quedarse en San Javier mientras la mayoría de su familia emigró a centros urbanos. Entre sus surcos y sus hornos, sostiene una cultura rural de autosuficiencia que demuestra el valor del trabajo manual en el territorio.