18 de octubre de 2026 - 08:08

Los últimos días de Roca: la despedida que narró Los Andes y conmovió al país

Una enfermedad pulmonar terminó con la vida del expresidente. La crónica publicada por Los Andes el 21 de octubre de 1914 permite seguir el traslado de sus restos a la Casa de Gobierno.

En julio de 1913, Julio Argentino Roca encontraba en las cartas a sus amigos un espacio para hablar de aquello que lo inquietaba. Había gobernado dos veces la Argentina y ahora observaba el paso del tiempo, la llegada de la Ley Sáenz Peña había modificado por completo el juego político y hacía tiempo estaba a un costado de la vida pública. El 8 de ese mes escribió a su gran amigo Eduardo Wilde: «¿Qué es de mi vida? Hago, mi querido doctor, lo que hace usted: vivir sobre las cenizas de nuestras cosas muertas». Parecía presentir que, pocos meses después, ambos serían parte de esas mismas cenizas.

Ese mismo año, al acercarse su cumpleaños número setenta, dejó por escrito una reflexión sobre su propia muerte: «Es buen trecho de permanecer sobre la tierra, y cuando quiera puede venir la muerte, sin encontrarme en pecado ni remordimientos. Tenemos que morir, como todo lo creado. ¡Qué hacerle! Sólo Dios es eterno...».

Pasó algo más de un año. La mañana del 13 de octubre de 1914, Roca salió a caminar algunas cuadras por Buenos Aires. Días más tarde, la prensa reconstruyó aquella jornada con detalle. Regresó a la hora de almuerzo y luego se quedó dormido en el sillón de su despacho. No se sentía muy bien.

Todavía tenía pendiente algo: se acercaba el cumpleaños de uno de sus nietos y quería hacerle un regalo. Roca sentía verdadera devoción por sus nietos. Pese al malestar y el frío, volvió a salir ese mismo día para comprar el obsequio. Al regresar a casa sufrió un violento ataque de tos. Su familia llamó al médico Luis Güemes, nieto del caudillo de la Independencia. Aquella jornada terminó con una preocupación muy distinta de la que había motivado su salida.

La enfermedad pulmonar tuvo un desenlace fatal. El 19 de octubre, seis días más tarde, Julio Argentino Roca murió en Buenos Aires. Tenía 71 años. Al día siguiente, sus restos fueron trasladados desde su residencia hasta la Casa de Gobierno.

El último cumpleaños de Roca. Julio Argentino Roca junto a sus invitados, durante la celebración de sus 71 años, cumplidos el 17 de julio de 1914. Tres meses después, el 19 de octubre, fallecería en Buenos Aires. Fotografía publicada en Caras y Caretas el 25 de julio de 1914, restaurada digitalmente.

El último cumpleaños de Roca. Julio Argentino Roca junto a sus invitados, durante la celebración de sus 71 años, cumplidos el 17 de julio de 1914. Tres meses después, el 19 de octubre, fallecería en Buenos Aires. Fotografía publicada en Caras y Caretas el 25 de julio de 1914, restaurada digitalmente.

Los Andes publicó la crónica de ese traslado el 21 de octubre de 1914. Bajo el título «La muerte del general Julio A. Roca», una información fechada en Buenos Aires el día 20 describía la despedida. «Imponente acto», anunciaba uno de sus subtítulos. Otro destacaba la «Enorme multitud aglomerada para presenciar el paso del convoy».

Desde temprano, el público había comenzado a reunirse en la Plaza de Mayo y sus inmediaciones. Los comercios cerrados y las luces enlutadas componían el escenario que registró el diario:

«La clausura completa de las casas de negocios situadas en las adyacencias y el enlutamiento de los focos del alumbrado daban un aspecto triste a ese sitio, a pesar de la extraordinaria animación que ofrecía con la presencia de tan crecido gentío».

Después de las dos y media llegaron las fuerzas destinadas a rendir honores militares. La policía intentaba contener la concurrencia. Los Andes describía el ánimo de quienes esperaban:

«La multitud se mostraba silenciosa y profundamente afectada con la sensible pérdida que acaba de sufrir el país».

Frente a la residencia de Roca también se habían congregado numerosos vecinos. Cuando llegó la hora del traslado, sacaron el féretro y lo colocaron en la carroza. Familiares y figuras públicas participaron de ese momento:

«El ataúd se hallaba envuelto en una rica bandera de seda y fue transportado hasta la carroza por los señores Julio A. Roca, Silvestre de Marchi, Luis Castells, Luis Uriburu, Gregorio Soler, contraalmirante Rafael O. Blanco, Juan Martín, general Pablo Riccheri, Segundo Roca, Benito Villanueva -legislador mendocino- y Marcos Aurelio Avellaneda.

Apenas apareció en la calle las fuerzas que debían acompañar al cortejo y que se hallaban formadas a uno y otro costado de la casa, presentaron las armas en tanto que el inmenso público apiñado en las proximidades se descubrió con respetuoso silencio».

Luego comenzó la marcha. Detrás de la carroza iban las banderas militares y la comitiva. A los costados, cadetes y granaderos acompañaban los restos:

«Momentos después la columna se ponía en marcha, seguida de las tropas de referencia y escoltada en sus costados por una doble hilera de cadetes del Colegio Militar y Escuela Naval y soldados del regimiento de granaderos a caballo».

El cortejo avanzó hacia la Casa de Gobierno. En la plaza, la espera terminó con una señal que el diario conservó en su relato:

«Un poco después de las tres p. m., un prolongado toque de clarín anunció la proximidad del convoy y un gran movimiento de expectativa se produjo entonces entre la enorme masa popular que llenaba la plaza de Mayo y las veredas que la circundan».

La despedida de Roca en Los Andes. La edición del 21 de octubre de 1914 relató el traslado de los restos del expresidente a la Casa de Gobierno, realizado el día anterior, y describió la multitud que se reunió para acompañar el cortejo fúnebre.

La despedida de Roca en Los Andes. La edición del 21 de octubre de 1914 relató el traslado de los restos del expresidente a la Casa de Gobierno, realizado el día anterior, y describió la multitud que se reunió para acompañar el cortejo fúnebre.

El presidente Victorino de la Plaza y sus ministros salieron a recibirlo junto al pórtico de la calle Rivadavia. Descendido el ataúd funcionarios y familiares tomaron los cordones que pendían de sus costados. Lo acompañaron hasta el salón de recepciones, preparado como capilla ardiente.

«Mientras los granaderos escalonados en el hall y las escalinatas presentaban las armas, al paso de la comitiva, desde afuera llegaba el eco de las marchas fúnebres ejecutadas por las bandas de música».

Colocaron el féretro sobre el túmulo. Después se retiraron los acompañantes y la comitiva oficial. Cuando el recinto quedó despejado, permitieron entrar al público. La jornada continuó con aquel desfile que cerraba la información de Los Andes:

«Una enorme multitud ha desfilado todo el resto de la tarde por delante del catafalco, ávida de contemplar por última vez el cuerpo del eminente ciudadano que acaba de bajar al sepulcro».

Así terminó aquel 20 de octubre: con los ciudadanos pasando ante sus restos en el edificio donde había ejercido la presidencia. A la mañana siguiente, los lectores mendocinos pudieron seguir la despedida en Los Andes. Hoy, esas páginas conservan los gestos de una jornada de duelo y permiten reconstruir, paso a paso, el último regreso de Roca a la Casa de Gobierno.

La bandera que acompañó a Roca

Cuando los restos de Julio Argentino Roca fueron trasladados a la Casa de Gobierno, el ataúd estaba envuelto en una bandera de seda. Así lo registró Los Andes el 21 de octubre de 1914. Las crónicas de otros medios agregaron un detalle: la enseña enlutada había sido colocada sobre su mortaja.

La bandera expresaba un homenaje de la Nación. Sin embargo, su presencia en una despedida no es un privilegio exclusivo de presidentes y expresidentes. También integra honras fúnebres de militares, miembros de fuerzas de seguridad y veteranos de Malvinas, conforme a las disposiciones correspondientes. Existen, además, normas locales que contemplan su uso para autoridades civiles.

Conviene distinguir ese homenaje de la sepultura del paño junto con el cuerpo. Algunos protocolos argentinos disponen retirarlo antes de la inhumación y entregarlo a los familiares. La ordenanza de Puán, por ejemplo, establece que la bandera que cubre el féretro de un veterano sea doblada y entregada a sus deudos como reconocimiento.

Esas disposiciones actuales no permiten reconstruir lo sucedido en 1914. En el caso de Roca, las fuentes documentan la bandera durante su despedida; todavía falta un testimonio que determine si fue retirada o permaneció con sus restos al depositarse el ataúd en la bóveda.

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